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Diario Córdoba

Antonio Gil

PARA TI, PARA MÍ

Antonio Gil

Un grito en la noche. «¡Estamos salvados!»

La salvación está ya ganada de antemano: es un regalo que se nos concede y que, de nuestra parte, solo exige el aceptarlo

¡Cuántos incendios, desgracias, gritos y desgarros en una Naturaleza que se estremece, cuyos gemidos nos soliviantan a todos, mientras continúan las «encrucijadas vivientes» de una sociedad que lucha por «solucionar problemas» y «salvarse de naufragios»! En este tiempo de adelantos y seguridades, todo parece cogernos «desprevenidos», todo parece «invadirnos por sorpresa». Temerosos todavía por la pandemia que no cesa, el fuego de los campos en este tórrido verano, el desaliento y el desgaste que se multiplica con las desgracias, puede llevarnos a un «pesimismo vital», camino de mil fracasos. Por eso, me ha impactado tanto el grito de un cardenal, Cristóbal López, arzobispo de Rabat, que ha retumbando en la noche de este mundo azotado sin piedad por la misma humanidad que lo habita, proclamando con entusiasmo: «¡Estamos salvados!». Desde la orilla de su fe ardiente y de su humildad sencilla, nos ha confesado que a muchos de su generación les habían inculcado que tenían que hacer buenas obras y portarse bien para «ganarnos el cielo». «La vida aquí en la Tierra, subraya el arzobispo, sería un tiempo para ir acumulando puntos y tener los suficientes en el momento de la muerte, para poder así exhibir nuestra cuenta corriente de obras buenas, cuyo saldo «ameritaría» la salvación eterna. De fondo, estaba la idea de que la salvación se ganaba con el esfuerzo personal, una especie de pelagianismo que el papa Francisco ha criticado varias veces». A continuación, en su espléndido articulo en ‘Vida Nueva’, el cardenal, evocando un versículo del salmo 50, «-Devuélveme la alegría de tu salvación»-, desgrana esplendorosamente su «grito en la noche», con estas palabras: «Sí, porque es Dios quien nos salva, y no en atención a nuestros méritos, sino simplemente porque Él quiere, o mejor, porque Él nos quiere. Es Cristo quien, por su vida, muerte y resurrección, nos acerca ese gran regalo de un Dios que es Padre de todos y que quiere reunir a todos sus hijos alrededor de su mesa. Así que para salvarse no es cuestión de hacer esto o aquello: la salvación está ya ganada de antemano: es un regalo que se nos concede y que, de nuestra parte, solo exige el aceptarlo». ¡Cómo refrigeran nuestras almas y nuestras vidas estas palabras del cardenal arzobispo de Rabat, todo «un grito de esperanza» en la noche de un mundo en tinieblas, en las entrañas de una humanidad herida y sufriente, que se desangra por sus cuatro costados! Entonces, podríamos preguntarle, si la lucha, el esfuerzo por hacer el bien y por evitar el mal, ¿ya no son necesarios? El propio arzobispo nos ofrece la respuesta: «Claro que sí, pero no hacemos el bien y evitamos el mal ‘para salvarnos’, sino ‘porque estamos ya salvados’». Es decir, nos esforzamos por vivir aquello que ya somos. ¿Somos hijos de Dios? Pues vivamos como hijos suyos que somos. ¿Somos todos hermanos? Pues esforcémonos en vivir como tales. ¿Somos hijos de la luz y del día? Pues a intentar vivir luminados por el Sol que nace de los alto... Y a luchar por no andar en las tinieblas de la muerte. ¿Estamos salvados? ¡Sí!, por la gracia de Dios. Y una dimensión de nuestra vida cristiana consiste en experimentar la alegría de estar o de ser salvados». El mundo, tan cerca y tan lejos, que podemos contemplar en la pantalla del móvil y, a la par, olvidarnos de sus dramas y tragedias, necesita escuchar «gritos de esperanza» que nos abran a la verdadera «salvación». Porque, como decía el poeta Luis Ramoneda, «Dios está en el dolor de nuestro corazón», y Blas de Otero, «está en el amor que brota en mi costado abierto».

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