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Diario Córdoba

Miguel Ranchal

Pues sí, la de Merimée

Los comensales peleándose por los extremos cuando el centro de la mesa ofrecía un opíparo festín

Es imposible construir el arquetipo de la España romántica sin Andalucía. El tópico se retroalimenta en la abrumadora influencia de los viajeros del XIX: la bujía de la lumbre en enriscadas cuevas, un improvisado trébede donde colocar el puchero que da de comer a la cuadrilla; facas afiladas en la piedra y mantas alpujarreñas que lo mismo combaten el relente que se empuñan en el brazo, cual gladiadores reciarios, en una riña que no será a primera sangre. Las acémilas preparadas para emboscar a las tropas napoleónicas o a los señoritingos. Y Córdoba o Ronda aguardando la cara de una buena noche, con sus tabernas y sus amoríos; o la cruz, con el redoble ensogado en el patíbulo.

A pesar de la decisión estratégica de que la línea fundacional del AVE virase hacia Sevilla, Despeñaperros mantenía la estampa del hecho diferencial. En la Comunidad andaluza, bastión era un sustantivo férreamente vinculado al socialismo. Un binomio casi indisociable, porque a pesar de las pinzas y del desgaste, la alternancia en el Gobierno andaluz parecía una quimera fruto, a la luz de foráneos politólogos, del ADN sureño y de una suerte de fidelización electoral. La sombra de Felipe era alargada. Su carisma y Francia en primera convocatoria -Suresnes, por más señas- iban a contribuir a que a España no la conociese ni la madre que la parió. Pero las cosas cambiaron cuando menos se esperaban, presentando el PP a un paladín imberbe que en 2018 alcanzó unos resultados canijos, pero suficientes. Ahora Juanma casi es una marca electoral, que tienta a buscar en los carteles el logo pepero cual si escudriñásemos a Wally.

Moreno Bonilla ha recuperado la exaltación del hombre tranquilo, con una mezcla de James Stewart boquerón y un Macron decodificado de arrogancia. La ingratitud se la ha llevado Ciudadanos, pero eso de los votos se acerca a los gustos, cuando te machacan al decirte que te quieren como a un hermano. El PP de Bonilla se ha hartado en el banquete de esta España de aspavientos, los comensales peleándose por los extremos cuando el centro de la mesa ofrecía un opíparo festín. Espadas posiblemente lo sabía, pero su vocación moderada no la ha dado ni para tentempiés. Ahora la izquierda se tienta las ropas; las municipales que musitan un «sálvese quien pueda» y las arengas con el riesgo de convertirse en un miserere. No puede darse por acabado a un político que ha certificado siete vidas, pero hoy es difícil pergeñar cómo articulará el partido socialista el post sanchismo. Este podría ser el epitafio de tanto presentismo.

Francia en segunda convocatoria. A expensas de comprobar si la izquierda española necesitará invocar a un Melenchon, las andaluzas han sido segundas o terceras vueltas para bajarle los humos a la extrema derecha. Bonilla ha tenido los arrestos de no cederle las maracas a Ayuso y, sin pudores, comerle la tostada al centro izquierda, necesitado de que los extremismos no zarandeen la coherencia. Este revolcón merece un auténtico examen de conciencia, y no que Adriana Lastra despache los resultados con un tono displicente y desabrido.

Los viajeros románticos se extasiaron con el folclore, pero ahora los tópicos se desvanecen con tantas mímesis galas. El 19 de junio abre la escotilla a mayorías pivotantes. Y aunque Carmen Sevilla cantase que ella era la Carmen de España, hasta los mitos se han vuelto pragmáticos, y puede que ahora sea la de Merimée.

 ** Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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