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bilbao / corridas generales

Oficio, temple y arrojo entre 'miuras'

 

Octavio Chacón, valiente, durante la faena ante uno de sus toros, en la tarde de ayer en la plaza de Bilbao. - EFE MIGUEL TOÑA

Paco Aguado (Efe)
27/08/2018

Ganado: cinco toros de Miura (el 6º como sobrero) y uno de Salvador Domecq (5º), que como segundo sobrero sustituyó a otro de los titulares devueltos por inválidos. Corrida de gran alzada y esqueleto, aunque sin cuajo, y de juego pésimo y sin fuerza.

Octavio Chacón: estocada desprendida (ovación); estocada honda (oreja), y pinchazo y estocada (ovación), en el que mató por Leal.

Pepe Moral: estocada tendida desprendida (ovación); pinchazo, metisaca en los bajos y estocada (vuelta al ruedo).

Juan Leal: estocada tendida (oreja), en el único que mató. Fue atendido en la enfermería de una cornada de 15 centímetros en el tercio inferior cara interna del muslo derecho, que no afectó vasos importantes, de pronóstico menos grave.

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El buen oficio de Octavio Chacón, el templado toreo al natural de Pepe Moral y el arrojo de Juan Leal, que le costó una cornada, salvaron el cierre de las Corridas Generales de Bilbao, donde se lidió una voluminosa y pésima lidia de Miura de la que Chacón y Leal se llevaron sendas orejas. Con una media de 615 kilos, la alta, larga y correosa corrida de Miura no tuvo más que esa aparatosa y decimonónica fachada, tras la que se ocultaba una manifiesta falta de fuerzas y de raza que llevó a todos los toros sin excepción a defenderse con un violento genio o a desarrollar un avieso y creciente sentido. Fue corrida, pues, para ser lidiada a la antigua usanza, con una precavida estrategia de toreo sobre las piernas en un breve trasteo de preparación para la suerte suprema. Así que Octavio Chacón, que había estado animoso con el vacío primero, tiró de galones y experiencia para fajarse con el cuarto, un castaño estrecho y altiricón que llegó a ponerse prácticamente ilidiable de tan violento y orientado. Pero, en un ejercicio de esgrimista, el gaditano esquivó los secos derrotes y las feas coladas del de Miura con una notable solvencia, hasta que lo tumbó de un hábil espadazo.

La estampa de la fiera resistiéndose a caer y del torero alardeando orgulloso de su victoria tuvo el sabor de las viejas estampas del siglo XIX y contribuyó definitivamente a que se le premiara con esa sufrida oreja que no pudo cortarle ya al tambaleante pero malintencionado sexto. Ese último toro de la tarde y de la feria fue el sobrero que se dejó Juan Leal, una vez que pasó por su pie a la enfermería llevando en la mano la oreja del que, al correrse turno por la devolución de un inválido, tuvo que ser segundo de su lote. Y es que la opción del joven francés para salvar el compromiso fue la de un declarado y férreo arrojo, que, en demasiadas ocasiones, le pudo costar ese percance que acabó llegando.

Desde que se echó de rodillas en los medios para abrir la faena de muleta y resultó volteado y zarandeado, el de Miura le tuvo varias veces a merced de su agrio temperamento, sin que por ello Leal desistiera de su valiente y obcecado empeño por torearlo como si fuera bueno. Entre un ¡ay! permanente del público, Leal se salvó milagrosamente de aquel fuego cruzado de derrotes y coladas, hasta que a la hora de la estocada se arrojó sobre el morrillo casi como en una inmolación que le asegurara la oreja, pero también esa cornada que se quedó «solo» en menos grave en el parte médico.

Pepe Moral trató igualmente al segundo como si fuera bravo, hasta que el manso se negó en rotundo a acudir a sus cites. Solo que tuvo la suerte de que, como segundo sobrero, le saliera un toro de Salvador Domecq que se empleó tras las telas el doble de toda la corrida de Miura junta. Gracias a ello, pudo el sevillano mostrar la calidad de su toreo de muleta, ya que antes, con largas cambiadas, un buen saludo a la verónica y algún quite por chicuelinas, había dejado también huella de su buen manejo del capote.

Y como el de Domecq sí que fue bravo, aunque a falta de un punto más de fondo para repetir las embestidas, Moral le cuajó, en una faena a más, un par de tandas de naturales de terso y largo trazo que, de matar a la primera, le hubieran equiparado en trofeos a los dos compañeros con los que echó para adelante una tarde que, como casi todas las de la feria, estaba abocada al fracaso.

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