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Colaboración

Drogas, música y política

 

La herencia de la generación que fue joven en los años 70 y 80 es admirable en lo que respecta a la música popular. Apenas existe arte en ese período en lo que respecta a la narrativa --los modos miméticos detectivescos que hoy predominan en los best sellers como género caduco--. Y apenas en la poesía --con algunas excepciones en literatura en español y francés--. Como tampoco en la música original de concierto --salvando algunas bandas de películas--. Sí hay arte en la sublime interpretación de la música clásica, buscando el instante mágico del momento, pero esa es música de otra época. Esa generación se curtió en la lucha por la libertad y la imaginación, pero sus poetas eran los músicos que hablaban con la guitarra. Byron y Espronceda eran Dylan y los Beatles. De todo ello di testimonio en mi novela Éxito (Sevilla, Alfar, 2013; ahora en mi El signo infinito. Relatos completos (Sevilla, Alfar, 2017) a que remito para no repetirme.

Su inconveniente: la inmersión en el proceloso y autodestructivo mundo de la droga.

De la droga se hace hoy publicidad en el cine, con bromitas al respecto que ignoran la importancia del tema, del mismo modo que en los años 50 y 60 se hizo publicidad en el cine del whisky --negocio, tras la prohibición-- o del tabaco.

Pero quienes consumen droga no son conscientes, no ya de la forma autodestructiva de ese acto, sino también del carácter destructivo del tejido social, porque en su consumo están apoyando tantas injusticias, y tantas barbaridades que se cometen por ello en los países de origen. Tantos países hispanoamericanos deshechos, y que son el granero de droga para el consumo de la civilización norteamericana, que no toma consciencia del tema. Poco moderno veo yo el acto del consumo de drogas, que a la vez supone -tras la aparente liberación- una verdadera esclavitud mental.

Por no hablar de la escasa higiene que se da al consumir un producto que ha estado en el intestino del camello, lo que resulta curioso.

Defiendo así una sociedad libre de drogas por ecologismo y por civismo, para que nuestra juventud tenga la cabeza limpia para luchar por su futuro, en vez de ser títeres de otros.

No existen drogas blandas sino más o menos adictivas, y todas destructivas. El aparente progresismo de su consumo oculta lo profundamente reaccionario del mismo, porque supone un apoyo a quienes luego van a corromper la vida política sana y democrática de tantos países.

Quienes defienden hoy su consumo libre, tampoco son conscientes del problema. Que se lo pregunten a Holanda.

Y por otra parte, la expansión de ese consumo puede constituir, si los traficantes llegan a la cúpula del poder, nada menos que el fin de la democracia.

No es reaccionario lo que escribo. Reaccionario es consumir drogas sin conocer sus consecuencias.

Las drogas fueron las que acabaron con el hermoso sueño de libertad de nuestra juventud de los años 70 y 80. Lo que esa generación legó lo hizo con su vida y con su sangre.

Deberíamos aprender de esto.

* Catedrático de universidad y escritor

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