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CARTA ILUSTRADA

Mediterráneo: la fosa común

 

Una patera de inmigrantes en el mar Mediterráneo. - JAVIER TRIANA

Miguel Fernández-Palacios Gordon / Madrid
31/12/2017

¿Pero qué hago aquí, Dios mío? Todo el dinero que pedí prestado a mis vecinos para llegar a Europa, ¿lo podré devolver algún día? ¿Merecerá la pena el peligro corrido o habrá sido una locura? Me siento como un pelele sin voluntad propia al que fueran a mantear… como si no tuviera capacidad de acción… simplemente me dejo arrastrar en el torrente de acontecimientos: asustado, metido en esta barcaza de mala muerte atestada de otros muchos que, como yo, van en busca de una oportunidad, de un futuro que poder construir. En esta noche sin luna, plagada de estrellas, puedo oler sus miedos. Puedo ver sus enormes ojos blancos exageradamente abiertos. Me doy cuenta de que tirito, mis manos están heladas pero sudorosas. Comparto sus temores y angustias: nos hallamos en medio del agitado mar tratando de entrar en un país que no es el nuestro de forma ilegal, la única que podemos. Sé que no hacemos nada malo. No comprendo por qué no podemos viajar a donde queramos. Es arbitrario e injusto. Los ricos y poderosos sí pueden. ¿Qué nos diferencia? ¿El dinero? Me pregunto una vez más para qué tanto riesgo, ¿por qué?... Sí, ya sé: para buscar un futuro mejor a mi prole, para dar una esperanza por la que vivir a mi familia que ahora siento tan desgarradoramente lejana. Mi familia... Pero, ¿qué ocurre? ¿Qué son esos focos? Aquellos gritos lejanos vienen de otras barcas como la nuestra. ¡Dios mío! ¿Qué hacéis? ¡No os lancéis al agua! ¡Quietos! ¡Vais a volcar el bote! ¡No sé nadar! Si me ocurre algo, ¿qué será de mis hijos y mi mujer anclados en la miseria y sin esperanza?... Esto se vuelca.

Entretanto Juanito, que hace sus deberes en su confortable hogar ante un globo terráqueo, observa abstraído el mundo como lo que es: algo insignificante y sin las fronteras disgregadoras que dibujan los hombres. Al día siguiente, en el desayuno, el padre de Juanito lee en el periódico la trágica noticia del naufragio de unas pateras en la cercana costa y llega a la conclusión de que lo único que puede ayudar a solventar esta inmoralidad, de la que todos somos algo responsables, es un desarrollo justo, equilibrado y verdadero.