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NATURALEZA / SUBBÉTICA

Lomas del Cucadero

(53) Priego. Las sierras prieguenses ofrecen grandes extensiones de tierra, antaño cultivadas, que quedaron abandonadas y ahora constituyen praderas de montaña

 

paisaje de las lomas del cucadero. - AUMENTE RUBIO

José Aumente Rubio
07/12/2018

Hasta los años 60, las sierras prieguenses se encontraban habitadas por las capas sociales más deprimidas, y prueba de ello son el gran número de cortijos derruidos que todavía podemos encontrar. Estas familias mantenían un modo de vida autosuficiente, basado en la ganadería, el cultivo de cereales, leguminosas y la caza. En estas zonas pedregosas, las actividades agrícolas requerían de una fuerte mano de obra que, en primer lugar, cortara el encinar, después despedregara la zona manualmente y acumulara las piedras en el mismo lugar, en los denominados majanos, y, posteriormente, con ayuda del mulo, labrara la tierra y sembrara el trigo con los que después en los hornos que construían en sus casas fabricaban el pan. Estos pequeños cortijos se construían cercanos a fuentes de agua o nacimientos de pequeños arroyos que eran aprovechados para sembrar alguna hortaliza. Pasado el tiempo, llegó el despoblamiento del campo y grandes extensiones de sierra, antaño cultivadas, quedaron abandonadas, constituyendo praderas de montaña que se sumaron a las propias de los lugares más altos, constituyendo un interesante biotopo de las sierras prieguenses.

Cuando las alambradas no impedían subir a lo más alto de la sierra de Albayate, a lugares casi inhóspitos, como La Llanás o al collado de Dios, un extraño sentimiento nos invadía al observar los restos de casas y cortijos que tiempos atrás constituyeron los hogares de familias campesinas. Llegábamos a estos parajes a través de pedregosos caminos, cuyos restos todavía se intuían entre el matorral y que antaño sirvieron de vía de comunicación con las aldeas y pequeñas poblaciones cercanas. Afortunadamente, por la parte oriental de la sierra de Albayate se puede soslayar el territorio cercado para atravesar a la otra vertiente, usando alguno de estos viejos caminos empedrados, recorriendo un territorio donde encontraremos viejos y ruinosos cortijos, majanos y eras, reliquias de un estilo de vida abandonado hace ya años.

Partimos de la pequeña aldea de El Castellar, a la que accedemos por la carretera CO-8207, que se desvía de la A-339, entre Priego y Almedinilla. Desde una pequeña área recreativa con algunos bancos de madera, conectamos con el camino que conduce al cortijo Reyes o Urreli, limitado a la derecha por una hilera de piedras, a modo de bordillo, que nos separa de los olivares circundantes. Llegamos a ese gran cortijo, hoy abandonado, ejemplo de funcional vivienda rural que llegó a albergar hasta siete familias, pues la finca, de más de 100 hectáreas, se extendía hacia la cresta de la sierra de Albayate; junto al mismo hay una era en desuso y una gran alberca de piedra revestida con mortero de cal y arena.

Frente al cortijo sale otro camino, a la derecha del que traíamos, con un desnivel muy pronunciado inicialmente, aunque a 300 metros empieza a suavizarse siguiendo las curvas de nivel, y que nos acerca a las primeras estribaciones de la sierra, que en esta vertiente muestra una bella imagen de roquedos sobre los que se encarama una densa vegetación, conocidos como Tajos de Reyes. Al borde del camino, encontramos un par de serbales (Sorbus domestica) y un buen ejemplar de acerolo (Crataegus azarolus). El camino describe una amplia curva a la izquierda, rodeado de una mancha de encinas, y pasa junto a las ruinas de la que fue antigua casa del guarda del cortijo Reyes. En la siguiente curva, a la derecha sale un camino a la izquierda que no debemos tomar, y otro tanto ocurre en la siguiente curva a la izquierda, donde parte otro camino, en este caso a la derecha, que muere en un olivar cercano. Así llegamos a la cresta oriental de la sierra de Albayate, concretamente a las ruinas del cortijo Cabreriza Alta o de Alejo, situado a 1080 metros de altitud, ejemplo de construcción ganadera de sierra, que llegó a albergar en su momento más de un millar de cabras.

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