Literatura y ensayo; historia, autobiografías, antologías de entrevistas y diccionarios de conceptos; mitología, nuevo periodismo, historia del rock, arte, cábala... Sabíamos que David Bowie (1947-2016) era un devorador cultural de pro y un lector glotón, y a muchos de sus seguidores les habría encantado introducirse en su biblioteca portátil, aquellos baúles llenos de volúmenes con los que viajaba. Ahora es posible colarse en ella a través de otro libro, El club de lectura de David Bowie, que tanto puede servir como acopio de hallazgos editoriales a veces ignotos como de complemento a su obra musical: muchos títulos atesoran pistas que ayudan a contextualizar sus canciones.El libro, iniciativa de la editorial Blackie Books, recorre las cien lecturas que Bowie tachó de más «importantes e influyentes» en su vida, no necesariamente sus favoritas, precisa su autor, el periodista británico John O’Connell.

Como ya sospechábamos, Bowie chupaba de todas partes y todo lo filtraba para luego alimentar su cambiante obra. Ziggy Stardust y los Spiders from Mars bebían del sentimiento de pandilla ajena a las reglas de convivencia, realzado por la Novena sinfónia de Beethoven, que se desliza en La naranja mecánica’(1962), de Anthony Burgess. Resulta también meridiana la inspiración del álbum Diamond dogs (1974) en el apocalíptico Orwell de 1984. Relato que trató primero de convertir en un musical teatral o en un programa televisivo y que, ante la negativa de la viuda del escritor, acabó reflejando en canciones como la misma 1984, Big brother o We are the dead.

Al principio se concentran títulos clásicos, como El extranjero (1942), de Camus, que O’Connell asocia a Bowie por la vía de la identificación con el adolescente atrapado en un entorno pusilánime; Infierno (1320), de Dante Alighieri, que se aconseja leer mientras se escucha Scary monsters, o Madame Bovary (1856), de Flaubert, con su fondo de escapismo asociable a Life on Mars?. Las sucesivas etapas de la obra de Bowie se van perfilando a través de las citas a libros a veces remotos, como Dogma y ritual de la alta magia (1856), del ocultista francés judío Eliphas Lévi, volumen que Bowie llevaba consigo en sus tiempos de mayor amistad con la cocaína, en 1975, y que enmarca el proceso que llevaría hasta el álbum Station to station, publicado al año siguiente: las «estaciones», como sucesivas etapas del «árbol de la vida» utilizado por la cábala.

De Berlín a Trípoli

En Berlín Alexanderplatz (1929), de Alfred Döblin, encontramos señales de su huida de Los Ángeles hasta los pies del telón de acero. La decadencia de la República de Weimar y, por extensión, de la cultura europea que transmite la obra arropó a Bowie (y a Iggy Pop) en sus discos electrónicos e industriales grabados en los estudios Hansa. En ese desolado pero romántico imaginario incide Antes del diluvio (1972), de Otto Friedrich, para leer envuelto en los disonantes oleajes de la pieza instrumental Neuköln. Y la tribal African night flight (del lunático álbum Lodger, 1979) tiene, como documenta O’Connell, antecedentes en Una tumba para un delfín, novela colonial cuyo autor, Alberto Denti di Pirajno, fue gobernador de Trípoli.

La selección de libros es eminentemente anglosajona, si bien incluye libros de autores rusos (Mijaíl Bulgakov), japoneses (Yukio Mishima) o alemanes (Christa Wolf). Ningún escritor en español entra en la lista. Y la literatura musical asoma con volúmenes como los canónicos Mystery train (1975), de Greil Marcus, y la Historia del rock (1970), de Charlie Gillett.