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Foro romano

El templo clásico de Studio Jiménez

"La esquina de Ronda de los Tejares con el antiguo Foro Romano era como si fuera el rostro oficial de la ciudad culta"

 

Pepe Jiménez, dueño de Studio Jiménez, delante de la fachada del ‘templo clásico’. - FRANCISCO GONZÁLEZ

Manuel Fernández Manuel Fernández
15/03/2020

La fachada de Studio Jiménez, aun cerrada, sigue siendo tan categórica e imponente como un templo clásico, cuyas dos columnas confirman que este espacio, como ahora, fue un foro romano donde estaban el comercio, los negocios, la prostitución, la religión y la administración de justicia, o sea, las instituciones de gobierno, el mercado y las creencias, por donde a diario se rendía pleitesía a Júpiter y a Baco, se criticaba a Julio César, Pompeyo, Claudio Marcelo o Tiberio y se comentaban los escritos de Séneca, Lucano e incluso del obispo Osio. Esta esquina, junto con aquellas Tendillas de la Teatral, al lado de la heladería La Flor de Levante, hoy hotel Palacio Colomera, que daba a conocer cada día el título de películas y teatros que se echaban en la ciudad, es quizá el espacio más noble de la Corduba que todavía se sostiene sobre la muralla romana de Ronda de los Tejares y que arranca del Puente Romano, bajo cuya gran puerta, construida por Tiberio y convertida en arco, canta todas las tardes Tawfik Amencor, que domina los idiomas del amor. Pero Studio Jiménez, «foto, vídeo, cine, productos marca Kodak, 1ª red de distribución de Europa», como pone todavía en su fachada, era también un encuentro intelectual que se asentaba en el foro colonial, el más importante que tuvo la ciudad y cuyos 7.000 metros cuadrados se extendían por las calles Ramírez de Arellano, Historiador Díaz del Moral, Góngora, Braulio Laportilla y, evidentemente, Cruz Conde.

Hace tiempo, al final de la Dictadura y comienzos de la Transición, pasar al mediodía por Ronda de los Tejares, antes Avenida del Generalísimo, era una aventura informativa para quienes acabábamos de regresar de los nuevos mundos universitarios. En la esquina de Studio Jiménez, en la terraza del bar Siroco, la intelectualidad cordobesa se sentaba al mediodía para pensar y reflexionar con un medio de vino sobre el presente y el futuro de una ciudad nacida sobre la historia. Pepe, el dueño de Studio Jiménez, hacía de partenaire en mitad de aquel conciliábulo de artistas, poetas, profesores, periodistas y políticos tanto de la oposición al régimen como de afectos al Movimiento pero entre los que destacaba Juan Bernier, quizá el más señalado por entonces del Grupo Cántico que, encima, en la fachada de Studio Jiménez, exhibía su rostro a la altura de la primera planta, donde estaba la galería de arte.

Cuando la cultura no era un empeño oficial sino actuaciones particulares la esquina de Ronda de los Tejares con el antiguo Foro Romano, ahora otra vez Cruz Conde, era el escaparate del arte y del pensamiento, que a los que veníamos de fuera nos atraía como si fuera el rostro oficial de la ciudad culta. O al menos el espacio que tradujo a fotos nuestras andanzas por el mundo, cuando el tiempo era tan lento como una máquina de escribir y todavía no se había alterado con los teléfonos móviles el resumen de todos los aparatajes que antes utilizábamos para hacer fotos, ver la televisión, oír la radio o tener horario digital, que comprábamos en Canarias o en Ceuta.

Entre Studio Jiménez y la tertulia del bar Siroco podías encontrarte a Joaquín Martínez Bjorkman, el senador por antonomasia; a Rafael Mir Jordano, el primer delegado de Cultura, encargado de la misma en el Círculo de la Amistad; a Carmelo Casaño, el abogado que estuvo en el primer Congreso de los Diputados democrático; o al titular más longevo y señalado del Grupo Cántico, Pablo García Baena, que convertían esa zona de la ciudad en un foro abierto que emulaba a aquel romano en el que todos los días se hablaba de dioses, políticos e intelectuales una vez que el mercado, las instituciones y las creencias habían «arreglado» el mundo.

Como Séneca, que en el Teatro Góngora lo ha querido desmontar Jorge Javier Vázquez, el «Sálvame» por antonomasia. O como ese hombre de apariencia anciana que al pasar por la calleja de la Sociedad de Plateros, cerca de Las Tendillas, le dijo al joven que llevaba a su lado el pasado martes, casi por la noche, señalando a la recién cambiada placa del callejero, ya con Cruz Conde: «Una calle con muchos cojones».