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ALGUNOS LE COMPARAN CON TRUMP PERO ÉL SE SIENTE ÚNICO

La aparición del mesías

«No creo en los psicólogos, soy retrógrado, neandertal», ha dicho de él mismo Bolsonaro

Una banda militar llega a la plaza de un pueblo. Sobre una tarima, Carioca, el cómico de Pânico na Band, se presenta ante la gente como Bolsonabo, un esperpéntico candidato a presidente. En el episodio 10, una mujer le grita «machista, no pasarán». El candidato le responde con gestos obscenos. «Mito, mito», le dicen entre vítores. En otros capítulos, vistos siempre por millones de personas en Youtube, el personaje se mofa de negros, gais y tullidos. El éxito de las imitaciones televisivas de Jair Bolsonaro, señala Clovis Saint-Clair, autor de Bolsonaro, el hombre que pidió el Ejército y desafía a la democracia, reflejó el ambiente social, económico y político de Brasil desde el 2013.

Bolsonabo arrancaba carcajadas porque quizá no era tomado en serio. El Bolsonaro real es cualquier cosa menos una parodia. Algunos lo comparan con Donald Trump. Otros, con Silvio Berlusconi o Rodrigo Duterte, el autócrata de Filipinas. El líder del Partido Social Liberal (PSL) no acepta equiparaciones.

A los 14 años era un campesino del municipio paulista de Ribeira, escenario de un foco insurgente. Lo llamaban Palmito. En esos matorrales, que conocía de memoria, labró su destino al ayudar a las fuerzas que buscaban al líder guerrillero Carlos Lamarca. Como muestra de agradecimiento, uno de los militares le regaló un folleto introductorio a la Escuela de Cadetes del Ejército.

En ese momento comienza su carrera en la institución que terminará en los años 80 cuando se pone al frente de las reivindcaciones salariales de los uniformados y su nombre aparece en letras de molde en los diarios. Bolsonaro llegó a amenazar con bombas si no se aceptaban las demandas. Fue un escándalo pero quedó en la reserva e inició su carrera parlamentaria como legislador de Río de Janeiro.

El exabrupto fue la base de su notoriedad. El 2 de octubre de 1992, agentes de la Policía Militar (PM) perpetraron en una cárcel paulista lo que sería conocido como la Masacre de Carandiru. La rebelión terminó con 111 reclusos muertos. «Murieron pocos», dijo. El estupor despertó el interés de The New York Times. «Un soldado convertido en político quiere devolver el Gobierno al Ejército en Brasil», explicó a el rotativo. No faltarían elogios a Pinochet («debería haber matado más gente»), las reclamaciones de cerrar el Congreso y fusilar al presidente Henrique Cardoso, el desprecio al afrobrasileño y el desplante misógino.

Bolsonaro dijo que su casa se devaluaría en caso de que se mudara como vecina una pareja gay. La homofobia era tan estridente que Playboy le preguntó en el 2011 si su «obsesión» no podía ser la señal de «un deseo reprimido». Bolsonaro respondió: «Mi armario es de acción, está blindado». Y añadió: «No creo en los psicólogos, soy retrógrado, neandertal». Alguna vez tuvo incluso una confusa simpatía por Hugo Chávez.

Los tres hijos del primer matrimonio son sus principales consejeros políticos: Flavio (Cero Uno, su apodo de batalla), Carlos (Cero dos) y Eduardo (Cero tres). Con el apoyo de Bannon, se propuso ir más lejos que los jueces y los medios en la ola restauradora. Por algo, insisten los seguidores, su segundo nombre es Messias.

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