El arte mancha las manos de Antonio Cecilia Romero, de 63 años. Los bocetos son una encrucijada en su cabeza y el volumen se esconde tras sus ojos claros, aunque él se considera «un herrero que intenta sobrevivir como puede». Nacido en Aguilar, la vida de este carpintero metálico ha transcurrido entre la calle los Pozos, el barrio de San Vicente, en la avenida de Miguel Cosano y la calle San Roque. Uno de sus brazos se lo rompió en la mili, en la legión paracaidista en Canarias donde llegó a cabo primero. Allí se le quedó a una funcionalidad del 40% y desde entonces ha ido teniendo problemas con el brazo. «Ahora con unos dolores insoportables», dice.

Lleva 43 años en Cecilia S.L., la empresa que gestiona junto con su hermano y su familia, dedicada a la carpintería metálica y de aluminio en Aguilar de la Frontera. Adelanta una nueva obra en la que trabajan y descubren los entresijos de un gallo de unos tres metros, en el que cubren su esqueleto, pluma a pluma. Plumas metálicas únicas e irrepetibles de unos 3 milímetros de grosor. Cecilia cuenta cómo empieza por la parte de atrás y avanza revistiendo el cuerpo hasta llegar a la cabeza. Algunas de ellas tienen, incluso, «un cordón hecho a mano», que realizan con soldadura.

Metal | Una obra del escultor.

Metal | Una obra del escultor. G. ALBORNOZ

Lo primero que hicieron fue la cabeza y el esqueleto, una estructura de hierro que ha ido completando «a mi manera». Claramente se distinguen las timoneras, las coberteras de la cola, las coberteras del ala, las quillas, las remeras o el pecho. En esa técnica personal se reúnen los años trabajando como herrero, la inspiración, las enseñanzas del escultor Paco Márquez y la investigación.

Cultura viva

Antonio Cecilia hace hincapié en la artesanía de sus obras, este trabajo es «manipular el hierro desde el momento que empiezas hasta que terminas» y lo denomina «cultura viva», porque va utilizando los materiales que tiene. Este gallo está dedicado, a modo personal, a la memoria de su padre y a «su maestro», Paco Márquez, que le dio «las técnicas para hacer una escultura» y con el que ha querido homenajear a la tradición de la subasta de gallos del Barrio Bajo aguilarense.

Actualmente, está de baja y su equipo lo componen su sobrino «José Manuel, experto soldador; Juan Carlos, experto con el plasma; mi hermano es el que adapta; mi hijo Antonio hace los planos y yo dirijo».

Según cuenta, manejaba el plasma, un aparato que corta metal con aire y luz, que le costó unas 300.000 pesetas hace unos veinte años, con «una agilidad aplastante». De hecho, comenta que cuando el representante le mostró lo que podía hacer la máquina, hizo su primer rostro metálico. Entre sus obras más recientes se encuentra un águila de unos 3 metros de altura que ya entregó.

Expresividad | Una de las primeras creaciones de Cecilia.

Expresividad | Una de las primeras creaciones de Cecilia. G. ALBORNOZ

«El arte me da la satisfacción de hacer algo», declara. Unas veces dice que busca la escultura, pero otras veces «no sé lo que va a salir». «La necesidad de crear la tengo dentro», añade. Para él es necesario hacer escultura independientemente de su estado de ánimo. Y asegura que «mi padre, Lolo, era un artista de la madera». Su primera escultura fue un Sátiro de 30 años, mientras Paco Márquez hizo un sátiro de 70 años. Recuerda cómo su maestro siempre le dijo que «era especial». Desde entonces ha hecho cientos de esculturas en barro y en metal que han sido para adornar estanterías de su casa, amigos y familia. Apenas ha vendido el diez por ciento de ellas y es que cuando se pone delante de un trozo de metal o de barro para moldear es la inspiración quien guía sus manos. Entre sus obras, nazarenos en rejas, el enólogo Antonio Sánchez, Vicente Núñez y otras figuras de personas, pero, sobre todo, la recreación de los mitos griegos, rostros de vikingos y de soldados.

Antonio Cecilia rompe el canon de la perfección y acentúa las facciones irregulares, las cicatrices de la vida se ven en cada uno de los personajes que esculpe: demonios, vikingos, mendigos, frailes, jorobados, soldados o decapitadores de últimas voluntades. Esa imperfección que refleja que cada uno de ellos son únicos y están vivos tal y como son. El arte de la armonía y perfección en la imperfección de los seres humanos desde la antigüedad.