Yo que vengo del mundo de la televisión, donde he trabajado más de 20 años, os puedo decir que el cambio que se ha producido en el universo de la publicidad es brutal. Antes nos currábamos a tope los proyectos. Una vez hecho el proyecto, lo ponías en televisión, le dabas un tiempo y confiabas en que tuviera mucho éxito y mucho público. Vamos, lo que es la audiencia de toda la vida. Una vez el programa cuajaba y tenía ya mucha gente que lo seguía, entraba la publicidad que ponía el dinero y que afianzaba el programa.

Ahora las cosas van al revés. Las grandes empresas y su publicidad ya no buscan programas ni proyectos. Van directamente al público. Buscan influencers con un montón de seguidores y allí nos colocan su publicidad. Para el que no lo sepa, le explico que un influencer es esa persona, mayoritariamente mujer, que lo sabe todo de todo. Es divina, guapa y nos aconseja lo mejor de lo mejor a través de sus redes sociales. Ya sean gafas, vestidos, hoteles, restaurantes, bolsos o perfiladores de ojos. Son tantas las cosas y tantos los comentarios que nos podemos encontrar siguiendo a esas influencers de moda que llega un punto que una ya no sabe qué creer. It girls, youtubers o bloggeros, lo importante es tener a mucha gente que te siga y miles de likes en tus fotos y vídeos.

Un famoso jugador de fútbol que nos regala una foto con su hijo recién nacido, en realidad nos está haciendo publicidad de la marca de sus zapatillas deportivas. La otra se corta la melena porque le apetece el cambio, pero el salón de belleza sale en todos sus instagrams del último mes. Los publicistas creen que con esto ganan más dinero y los influencers más followers, pero lo que hacen en realidad es confundir mucho al personal.

Si yo sigo a una it girl porque me gusta mucho su estilo, cuando veo que ya no me enseña unas gafas de sol, sino 50 gafas de sol o que me taladra con hashtags asquerosamente estudiados, pues ya no me da ninguna credibilidad. Es como el amor de pago. Pues lo mismo pasa con esas chicas. Venden su criterio por dinero. No hay nada de verdad en ellas. Todo el falso. De repente todas las influencers llevan las mismas gafas de sol, el mismo bolso y tienen el mismo descuento en la misma web. ¡Y todas comen sushi! Siempre el mismo. Ellas dicen que está buenísimo, pero yo empiezo a sospechar que es de atrezzo. Luego está el influencer de verdad. El que dice las cosas porque las siente y porque de alguna manera, sabes que sería incapaz de cobrar para recomendarte una tortilla del patatas de 1,50 euros del bar gallego de su barrio. Y también porque no tiene un instagram donde no cuelga cada semana 80 fotos de 80 tortillas de patatas de diferentes bares. Ese es el caso de Quim Monzó, que recomienda cosas de vez en cuando en entrevistas o en Twitter. Con los ojos cerrados me voy a comer esa tortilla de patatas y efectivamente es la mejor que he probado en años. ¿Qué diferencia a ese señor de las influencers? Para empezar, el tipo tiene credibilidad. Dice las cosas sin cobrar y luego no va diciendo cada cinco minutos que absolutamente todo es maravilloso. Me pregunto, ¿cuándo tardarán en darse cuenta de esto las marcas y cuándo empezaran a funcionar al revés?

Propongo, que para dar más juego, los influencers empiecen a rajar y a criticarlo todo. Que de repente abran ese maravilloso paquete que les llega a casa y que en lugar de decir que es divino, lo estampen contra la pared y nos digan que es una mierda. Entiendo que las compañías publicitarias no quieren eso para sus productos, pero ¿y para la competencia? ¿Igual sería más inteligente pagar a alguien para que diga que el producto del vecino no mola nada, no? Yo al menos me reiría más. Porque estoy muy harta de tanta influencer pegajosa, divina y mega-ultra-correcta. Esas fotos con esos morritos. Todas cortadas por el mismo patrón.

Yo no soy ninguna influencer, esto es evidente. Pero me gusta que me sigan y desde esta humilde columna reivindico el derecho de ser uno mismo. De decir que el nuevo bar del barrio es un horror o que la vermutería La Morera del Raval es genial aunque solo tenga 75 seguidores de Instagram . De salir de casa sin maquillar y colgar fotos sin filtro. De ir vestida como una hortera o llevar un chándal de verdad, de los que quedan mal. Eso que llevan las fashion bloggers no son chándales. Y ser cero graciosa y de repente tener un mal día e ir a un estreno con tejanos. Y promocionar la pelu de mi barrio porque mi Pili es la mejor peluquera del mundo y mi gimnasio de solo mujeres (Dona10) el mejor sitio para hacer pilates sin que ningún tío baboso me mire el culo.

Lo digo porque quiero, porque puedo y porque nadie me paga. Soy libre. El día que alguien me ofrezca un solo euro para que me dedique a hablar bien de su negocio o de su marca, ese día me convertiré en... ¿cómo se llama? Una hater. Pues eso.

* Periodista