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Diario Córdoba

Álvaro Pineda Lucena.

Colaboración

Álvaro Pineda Lucena

José Luis, un ángel que voló demasiado pronto

Tuvo que ser precisamente en el mes de agosto, tan denostado en esta ciudad de calores de fragua, tiempo para el éxodo masivo a las costas más cercanas, y avanzada la segunda quincena, la misma que vio marcharse a nuestro cordobés más ilustre en el universo taurino, Manuel Rodríguez Manolete. 

Y es que la cruel dama de la guadaña lo mismo te aguarda entre los pitones de un oscuro morlaco que te sale al encuentro en plena madrugada en un choque terrible entre una motocicleta y un coche que auguraba graves consecuencias. 

Pese a todo, la esperanza durante un par de interminables días en la UCI de un hospital por aguardar el milagro de su recuperación. Esa era la esperanza de todos. Asirse con fuerza a la fe "esa –que como dijo Carlos Herrera en su Pregón– consuela territorios anegados por el llanto, la que brinda al hombre la esperanza de cada amanecida...". Y lo decía en un contexto en el que Granada, una chica de apenas quince años, pasaba por similar y agónico trance. Y es que se preguntaba el periodista: "¿Qué puede ser peor que ver morir a un hijo en la primavera incipiente de la adolescencia (o juventud)?”.

José Luis, tan vivo, tan presente siempre en su familia, el mayor de los dos hijos de José Luis y Lucía, a quienes profesaba un inconmensurable cariño filial, puesto que desde pequeño fue sumamente responsable, buen estudiante y chico muy activo en numerosa actividades extraescolares... Y junto a ellos, como no podía de otra manera entre hermanos bien avenidos, Curro al que se encontraba estrechamente unido que hoy lloran su pérdida dando un ejemplo de fortaleza, de fe y de paz que a todos los que los conocemos nos sorprende y nos zamarrea en lo más hondo.

En plena flor de la vida, a punto de iniciar su etapa universitaria siguiendo las huellas de sus padres, de su abuelo como estudiante de Medicina, José Luis se fue corriendo, demasiado pronto, sin dar tiempo a despedidas, a más besos y abrazos de quienes, muchísimos, lo conocieron, trataron y quisieron. Su padre con un testimonio cristiano digno de admirar asegura que “ya tiene su ángel en el Cielo, allí es donde debe estar”.

Y yo, con su venia, añadiría como en la preciosa canción 'Lucas' de Luz Casal que José Luis también es “ahora para todos un consuelo, una estrella en el Cielo, un rumor en el viento, algo dulce en la boca, una luz que nos toca, en todo está su recuerdo... se ha vuelto canción y su memoria un poema; sus besos son de algodón, deja nuestra alma serena...". 

Y, efectivamente, no va descaminado José Luis padre porque su hijo pertenecía a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Sangre y Nuestra Señora Reina de los Ángeles a quien acompañó varios Martes Santos... ¿Casualidad o destino? Ella, la Madre, la reina de esos seres creados por Dios para servirle ya goza de su presencia porque José Luis como afirma su padre es un ángel “una persona en quien se supusieron –diccionario dixit- las cualidades propias de los espíritus angélicos, es decir, bondad, belleza e inocencia”.

¿Acaso José Luis, que fue desde bien pequeño un buen cristiano y practicante, voló tan a prisa para ponerse a servir al Señor conocedor de la infinitud de tareas que tiene en este mundo? Si Dios llama a Su presencia a los mejores, él fue uno de ellos sin duda, Aquel pondrá en sus manos las necesidades, las preocupaciones, las amarguras de tantas y tantas personas que necesitan de su intercesión. Y a quienes está fortaleciendo, en primer lugar, es a sus padres, a su hermano, a sus familiares, no puede haber ningún género de dudas.

Y como esto lo escribe un cofrade sobre otro cofrade quisieran que las últimas palabras de una belleza indescriptible las ponga otro que también perdió una hija con sólo ocho años. Aseguraba en su Pregón Javier Tafur "que al no haber podido crecer sigue siendo una niña ya para siempre, acaso un hada, acaso un ángel (también) en el manto de la Reina del Císter (de los Ángeles), a quien ella quería acompañar y que se la llevó tan pronto (...) No crecer en es cierto modo no morir o es resucitar sin haber muerto”.

Y eleva esta plegaria que bien pudiera ser consuelo para los padres de José Luis: “Y por eso yo sé, Marina, que si no pierdo tu infancia, y si no pierdo del todo la mía, algún día te reencontraré, más allá de los puertos grises, más allá del mar y de las montañas azules, más allá de la cruz y de la sangre de tu enfermedad, más allá de la muerte, más allá de la nada, al fondo de todo, en el último bolsillo de Dios junto al recuerdo de un beso en una estampa de la Virgen de la Alegría”.

Descansa en paz, José Luis, y vela sin descanso por todos nosotros, nuestro ángel en el Cielo.

* Periodista

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