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Diario Córdoba

Marisol Salcedo

ESCENARIO

Marisol Salcedo

El mercadillo de los ingleses

El recinto ferial de Fuengirola está situado justamente en el límite que la separa --o la une, según se mire-- de Los Boliches. En ese recinto hallan espacio dos mercadillos semanales: el de los martes, que es un mercadillo tradicional, como unos grandes almacenes con precios bajos, que tienen el atractivo añadido de los puestos de verduras y frutas frescas procedentes de las huertas de Alhaurín el Grande y de Coín. Los residentes habituales, entre los que se incluyen los cordobeses con segunda residencia y los que alquilan por temporadas, acuden desde todos los puntos de la población --Carvajal, Torreblanca...-- por alejados que estén. Y, por supuesto, los de Mijas costa. Aparcar allí es imposible, porque los aparcamientos siempre están ocupados. Yo creo que los que consiguen uno, atornillan el coche allí, y ya no lo sueltan hasta que se les acaban las vacaciones y tienen que volver a casa. Por eso, los que están demasiado lejos del mercadillo como para ir andando, utilizan el autobús, así que los martes, los autobuses van de bote en bote.

El otro mercadillo --el de los ingleses-- lo ponen los sábados. Se llama así porque, al parecer, surgió de la necesidad que tenían los ingleses que residían aquí, de vender los muebles y enseres de sus casas cuando decidían volver a su país. Seguramente, esos fueron sus principios, pero actualmente, que hay pocos ingleses que quieran irse de aquí, la mayoría de los puestos venden objetos de segunda mano; y por el aspecto de algunos, sobre todo, ropa y zapatos, podrían ser de tercera, de cuarta y hasta de quinta. Verdaderamente, no sé quiénes son los potenciales compradores de estos, pero tampoco me explico que haya gente capaz de poner a la venta semejantes miserias.

Hay muebles, menaje, cristalerías, vajillas, platos de cerámica, máquinas de coser, batidoras que parecen incapaces de hacer un último gazpacho, cargadores de móviles, libros, vinilos, joyas --con todas las reservas-- muñecas, condecoraciones, instrumentos musicales y más y más cosas inclasificables, sobre las que no puedes detenerte a reflexionar demasiado tiempo, porque tras ellas se adivinan vidas terminadas o truncadas, fracasos o ilusiones rotas, que inspiran pudor ajeno ante la exposición pública de zonas espirituales tan íntimas y reservadas. A veces me dan ganas de comprarlo todo para acelerar el final.

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