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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Cumpleaños feliz

La fiesta no se había ido, estaba agazapada en mi recuerdo, como el leopardo de Hemingway

Durante un tiempo celebré mi cumpleaños leyendo algo de Hemingway. Quiero decir que durante varios años celebré cada vuelta al sol, entre otros hábitos, leyendo algo de Hemingway. Lo que iban variando eran las demás cosas, aunque siempre había alguna que se mantenía: un dry martini helado al caer la tarde y algo de calor para este cuerpo. Esa calidez no siempre llega, ni llegaba, de la misma forma: es una red sutil que se va desvelando entre matices. Recuerdo un mes de junio, siendo estudiante aún, en que gané varios certámenes de narrativa corta y poesía convocados por los colegios mayores de Madrid. Aquello significaba una buena suma de dinero para pasar el verano y la certeza de que esos jurados -formados en su mayoría por escritores- habían leído mis primeras cosas y no les habían parecido mal del todo. Algunos de esos poemas -pocos, en realidad- irían a parar luego a mi primer libro; aunque la mayoría, afortunadamente, se perdieron entre publicaciones universitarias dispersas. Pero los relatos, que ahora recuerdo bastante más cuajados, fueron a mi primer libro de cuentos. Uno de los premios consistía, además de en el trofeo y su correspondiente cheque, en dar un recital en el Libertad 8, con 5.000 pesetas de barra libre. El día del recital caía en mi cumpleaños: 3 de julio de 1999. Pues allí, sobre el escenario del viejo Libertad, donde había escuchado a tantos cantautores que admiraba, celebré el cumpleaños con mi amigo Gonzalo Figueroa a la guitarra. Nos pulimos las 5.000 pesetas de barra libre y la totalidad del premio esa misma noche; pero, como dice el poeta Marc Anthony, valió la pena, porque aquel cumpleaños fue fantástico.

¿Por qué Hemingway? Me gustaba y me gusta esa pasión sensorial que se parece tanto a mi misma pasión escribiendo y viviendo. Esa manera de levantar un vaso de vino en pleno San Fermín y ver pasar la luz a su través, mientras ese sorbo te alimenta la voz y el espíritu de algo parecido a la esperanza, al pensar que la vida nos reserva muchos episodios memorables. Su manera de amar, su forma de extenderse hacia la vida con todos sus sentidos. Esa rotundidad que es también quebradiza, que es consciente de su fragilidad mientras se interna por todos los misterios de África o París. Esa forma de internarse por los callejones de Montmartre, dejando atrás también sus propias sombras -que nunca lo abandonarían, como descubrimos viendo su final- cuando nos dice que en París fue joven, muy pobre y muy feliz. Hay momentos para todo, aunque hay uno interminable: cuando se está en la ciudad adecuada, con la gente perfecta, y se es joven, muy pobre y muy feliz.

Pero de pronto te cae algún dinero por tu buena fortuna, con una de tus primeras colaboraciones periodísticas serias, y acabas invitando a tus amigos en Chicote justo dos años después: el 3 de julio de 2001. Estás ahí que te sales: Chicote ya no es el de Manolete y Errol Flynn, tampoco el de Sinatra y Ava Gardner; pero qué más te da, si la magia se vuelve una cuestión de voluntad y de fe. Allí brinde con Juan Manuel Artero, con David Mayor y Martín Rodríguez Gaona: media Residencia de Estudiantes de entonces. Me regalaron Ciudad del hombre: Nueva York, de Fonollosa, y volvimos felices a la Resi, donde esa misma noche daba un concierto Chavela Vargas. Recuerdo que lloramos al escucharle cantar La Llorona porque no se podía hacer otra cosa que llorar. Acabamos la noche en los jardines, brindando con Chavela cuando ya no brindaba; y esa misma noche, allí mismo, le escribí un poema en directo. Existe la foto, ese parpadeo del momento. Su energía permanece en cuanto lo nombramos, en cuanto lo evocamos, para volver a vivirlo.

Hoy me vuelvo a sentir festivamente cerca de aquello. He vivido cumpleaños fantásticos porque mis padres y mi familia me hicieron sentirlos y recordarlos como días estelares. He ido creciendo y ese mismo caudal continuó; aunque es verdad que, estos últimos años, mis cumpleaños se fueron volviendo más oscuros. No por la tontería de las cifras, sino porque la vida nos marca y hay que digerir todas sus grietas. Ahora vuelvo a sentir la fiesta en paz, en palabras de mi amigo cantautor Alberto Ballesteros. La fiesta sigue aquí, no se había ido: estaba agazapada en mi recuerdo, como el leopardo de Hemingway, en las cumbres del Kilimanjaro, con sus huellas intactas en la nieve. Y lo celebro aquí, como siempre, y también con mi hijo, con su calor de sol, que es uno de los brillos de la estrella que ahora escribe también sus cinco puntas.

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