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Al paso

Hacer el primo

 

El Fleki estaba guirrao por la Antoñi. Habían estado juntos tres años, tiempo en el que el Fleki se encoñó. Pero ella, muy al contrario, ya solo sentía monotonía, pena y un apuro enorme para decirle que pasaba de él como de comer mierda. Aunque lo normal es que la pasión de los primeros días vaya bajando con los años, por esas cosas misteriosas que a veces pasan, el Fleki cada vez tenía más deseo; hasta el punto de que, incluso cuando sabía que iba a verla por la tarde para tirársela, no podía aguantar y mientras repartía todos los pedidos de Seur, se desviaba para liarse con ella; pero es que, si no la pillaba por lo que sea, tiraba para los servicios de Eroski y no precisamente para mear. Pero últimamente al colega le iba a dar un ictus cuando fue comprobando que su historia de amor se estaba convirtiendo en toda una batería de excusas y mentiras; vamos, que no es que casi le da un ictus, es que se desmayó cuando leyó un wasap donde ella le dice que se iba unos días con su amiga a la playa. Estando hecho polvo, encima un colega le contó que la vio un chiringuito morreando con un negro. Sin pensarlo cogió el AVE y se presentó en el hotel. Ella, al verlo entrar en la piscina con el bañador ese hortera de todos los años, actuó como si el Fleki fuera un desconocido, o peor, un enemigo y comenzó a llorar; pero no de pena, sino de hastío. Entonces él intentó abrazarla arrodillado súper pesado y ella, como quería zafarse y no podía más, soltó un grito que se clavó en el alma del Fleki: «¡Que me dejes en paz!». Entonces, la que se fue con ella a la playa le amenazó con llamar a seguridad. En ese instante, un poli cachas que estaba veraneando allí de guaperas de las tías pero que era más homosexual que un pato cojo, se acercó y le dijo que como no se fuera lo metería en el calabozo por maltratador. El Fleki se fue desesperado y paró en un pub del paseo marítimo de Fuengirola. Tenía tan mala cara que el camarero, que era de Posadas, le preguntó qué le pasaba, y se lo contó. El camarero le dijo que arriba del pub vivía una psicóloga argentina que curó a un amigo suyo de lo mismo. La psicóloga aceptó atenderlo pues tenía un buen hueco. El tratamiento era el siguiente: por un lado, no victimizar al paciente, y por otro, arrancar esa idealización de la Antoñi como si fuera la única mujer del mundo que pudiera hacerle sentir. Esta profesional hacía lo contrario a todos los psicólogos porque era ella la que se tumbaba en el sofá y era el enfermo el que, sentado a su lado con una lata de cerveza fresquita, podía preguntarle a la doctora lo que quisiera. El Fleki salió de allí flipando. Ya totalmente curado, se reprochaba cuánto y cuánto había hecho el primo por forzar la realidad.

* Abogado

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