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Tribuna abierta

Cuestión de estilo

De la fama de galán de José María el Tempranillo a la fina elegancia de Arturo Fernández

 

Cuestión de estilo -

Carlos Miraz Carlos Miraz
22/07/2019

Uno de los grandes atractivos del verano cordobés está en la oferta estival de sus pueblos. Merece la pena dedicarles una visita y según qué días asistir a evocaciones romanas, excursiones por atractivos parajes, teatro, conciertos... En La Carlota han recuperado, por ejemplo, una ruta de colonos y bandoleros que incluye una emboscada a los carruajes participantes en la arboleda de Las Pinedas. Los responsables de la representación --dentro de la mejor tradición del bandolerismo generoso-- han destinado lo recaudado en su primera salida a la curación de una niña. No es mala iniciativa. Seguro que, objetivado un buen fin, muchos se apuntarían a disfrutar de estos paseos solidarios y a colaborar con aportaciones «concertadas» a punta de trabuco.

«Ah señora, una mano tan bella no necesita adorno» cuentan que decía José María el Tempranillo --el bandolero cordobés de Jauja-- tras tomar de ella a las damas y ayudarlas a bajar de las diligencias que asaltaba entre Córdoba y Sevilla. Mano que luego besaba con larga devoción, tras despojarla de sortijas u otras joyas, practicando con la viajera el miramiento más respetuoso y una finura natural. La leyenda añade que además era buen conversador y caía simpático a la gente. Como quiera que desde Merimée --que es quien lo dice-- hasta Antonio Gala, pasando por Manuel Fernández y González, su descripción física es de lo más controvertida, a quien desee contrastar si, además, era o no tan buen mozo como pregonan los comentos no le quedará otro remedio que ir al único retrato que de él nos ha llegado. El dibujo litografiado de John Frederick Lewis que conserva la Real Academia de Historia. Lo pueden encontrar también en internet y juzgar por ustedes mismos posibles «arrebatos» literarios.

El autor de Carmen habla asímismo de que llevaba «traje de majo, en extremo rico» y que su ropa interior (es de suponer que se refiere a la camisola) era siempre de «blancura deslumbrante con manos que envanecerían a un elegante de París o Londres». Ahí queda eso. Si además de bandido generoso añadimos que simpatizó con los constitucionales de 1812 y que, indultado de sus correrías, formó parte del Escuadrón Franco de Protección y Seguridad Pública de Andalucía, llegando a desfilar por Córdoba con un vistoso uniforme «compuesto de casaca corta azul celeste con botones dorados, pantalón ancho azul turquí, morrión de carrilleras con chapas de metal y el sable de empuñadura dorada, propio de los dragones, colgado de la silla», apaga y vámonos. Éxito asegurado.

Como anécdota no se llamaba José María. Sino José Pelagio. Y así consta en su partida de nacimiento. Pero nunca lo usó. Hasta el punto de que en la de defunción y en el testamento figura el adoptado. En cualquier caso para ingleses, franceses y muchos españoles pasa, entre la realidad y la fantasía, por todo un dandy de la época.

Fuera de tales métodos lo de coger la mano a una dama si no era para pedírsela a su padre, tenía hasta no hace mucho su riesgo. Incluso un galán tan arquetípico como Arturo Fernández confesó en muchas entrevistas que cuando salía con alguna mujer ni se le ocurría hacerlo. Cuentan que uno de sus primeros trabajos, buscándose la vida por Madrid, fue en una sastrería. Y quizá en ella accedió a los secretos de cómo llevar de modo impecable los trajes que siempre se hacía a la medida. La raya de sus pantalones era el objetivo a batir para todos los usuarios de una plancha.

No se contagió mucho de ello Pablo Iglesias que apareció junto a él, cuando ambos eran más jóvenes, en un capítulo de «La casa de los líos» para el que necesitaban un comensal de pelo largo y aire hippie. Ni que decir tiene que el podemita fue seleccionado de inmediato. Últimamente luce look algo menos asilvestrado. Todo sea por la casta. Aunque cada uno es dueño de hacer sus propias disquisiciones. Claro que algún que otro prohombre patrio, pelín narcisista, debería también tener en cuenta que ir de traje no implica necesariamente llevarlo con elegancia.

Lo que sí que no veo es al asturiano sustituyendo el «señora» del Tempranillo por un eventual «chatina» caso de haberlo encarnado en alguna de sus películas. La versión más «a la page» sería utilizar un «bonita» que tiene como un cierto lustre vicepresidencial enmarcado en la traditio de la mas añeja doctrina socialista. No sé... no sé... Lo dejo en sus manos.

De todos los memes, frases y recordatorios diversos que han circulado estos días por las redes sobre el «Rey Arturo», me he quedado con una viñeta en particular. En ella, el actor, hecho un pincel, como corresponde al momento, recibe a la Muerte que viene, un tanto andrajosa, con su atuendo negro y capuchón habitual a la que dice: «Pero chatina, ¿cómo me vienes así vestida?». Las crónicas callan en este punto y no detallan más. Pero hay quien asegura que desde hace unos días se ve la Parca como más atildada y, a veces, con pajarita.

* Periodista

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