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CARTA ILUSTRADA

En el salón de los Sentidos

 

Reciente homenaje a García Baena en el Círculo de la Amistad. - A.J. GONZÁLEZ

José Javier Rodríguez Alcaide / Córdoba
08/06/2018

Pablo García Baena no solo fue laureado poeta sino también filósofo, pues sus poemas ayudan a esclarecer las ideas del lector que pacientemente lo lea y lo relea. De su vida, enteramente consagrada a la belleza, emanaban poemas excelsos y una especie de cordialidad vital muy agradable a las personas con quienes paseaba, hablaba, deambulaba. Así nos lo comunicó Manuel Gahete hace una semana en el salón de los Sentidos en el Real Círculo de la Amistad, en tanto Córdoba se alocaba en esa Night» bullanguera desde Cruz Conde a Gran Capitán.

El homenaje a Pablo, lectura de algunos de sus poemas interpretados al piano por Andrés Cosano de aquellos que músicalizó Ramón Medina, dejó en los asistentes sensibilidad extremada, alegría afectuosa en ese momento en que ninguna preocupación egoísta coartaba nuestra imaginación.

Los poemas, cantados por Carmen Blanco, nos recordaban a un Pablo alejado de la vanidad, aunque a esa vanidad fuese incitado. Tuve la sensación que en aquel salón de los Sentidos la voz de Pablo, al ser declamado, resonaba en amor y de gozo, acompañado de sí mismo y feliz. Y es que el dios del fuego sacudía alegremente su espíritu para cantarnos poéticamente. Aquel salón de los Sentidos, enamorado de su pasado, que ha acumulado cuadros sinceramente amados y contemplados, sirvieron de marco a Pablo, cuyo lenguaje poético fue perdiendo su sentido primitivo de modo que sus imágenes ya no eran símbolos de ese pasado. Ese es el carácter de eternidad de sus poemas.

En aquella estancia nos reunieron Manuel Gahete y Elvira Arévalo para escuchar silenciosamente, sentados en viejos sillones o en festivas sillas bajo los sentidos de nuestro pintor, a un Pablo cantado, sonado, leído. En salón de otro tiempo, en butacas de personas antiguas, durante más de una hora, solamente interrumpidos por las campanadas del reloj de pared, vivimos placeres entre imágenes de otros placeres que, como nos dijese Carmen Blanco, hacía mucho tiempo ella había dejado de sentir y que ese momento podía revivir. Carmen se fundía al cantar con escenas de su memoria.

Todos amamos aquel salón, a Pablo en su ausencia y al recuerdo de su encanto.

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