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Algarabía

Orive

 

Marta Jiménez Marta Jiménez
21/09/2017

Sería en 1996 la primera vez que entré en la sala capitular de Orive. El actual jardín aún no existía como tal, era un solar encerrado en la manzana de san Pablo, a la espera de ser liberado de las eternas garras de la iglesia y la nobleza. Nos dejaron pasar porque éramos alumnos de la primera promoción de Historia del Arte de la UCO (¡un beso a todas!). Recuerdo que ni uno solo de nosotros dejó de alucinar al descubrir aquel espacio desconocido. Unos muros sólidos, renacentistas y sin techo, que albergaban una selva de jaramagos. En ellos había hornacinas, heridas de andamios, ventanas y una gran grieta. Nos contaron que se trataba una obra de Hernán Ruiz II. Del siglo XVI. Que estaba destinada a ser la sala capitular del convento de San Pablo. Y que nunca se terminó. Que su gran grieta la abrió el terremoto de Lisboa. Alguna voz se alzó diciendo que menudo discotecón se podría hacer allí. La edad. Aquel día descubrí que la magia de Córdoba no estaba en los fantasmas de los palacios ni en la dimensión de lo intangible. Estaba en las piedras de sus edificios presentes y ausentes y en todo lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá dentro de ellos. A principios del siglo XXI el solar de Orive se convirtió en jardín público y la sala capitular en espacio para la cultura. En unos días volverá a ser epicentro de Cosmpoética y entre sus muros resonarán las palomas junto a voces como las de Livia Stefan, Niño de Elche, Guillermo Arriaga, Nach, Alba Moon, Juan Carlos Reche, Manuel Jabois, Nacho Vegas o Ana Gorría. La poesía suspendida entre un subsuelo con restos de circo romano y casas almohades y el cielo de Córdoba. Versos en un lugar asombroso. Esta misma semana me topé con que el nombre de Orive proviene del latín aur?fex, que significa hacer oro. Por eso es tan dorado todo lo que allí sucede, desde los atardeceres a los árboles frutales, desde la jacaranda hasta la cultura. Muchas veces deseo que sus hadas frenen el plan de conexión del jardín con el callejón del Galápago y la calle Fernán Pérez de Oliva, vaya a ser que se rompa su esencia. Un lugar en el mundo que elimina radicalmente tanto llanto y tanta pesadumbre por la deriva de esta, nuestra ciudad.

* Periodista

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