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Diario Córdoba

Alpes en bici | Cuaderno de montaña

Alpe d’Huez, la noche más larga

No estaba previsto en mi ruta, pero mientras asciendo las 21 curvas pienso que no hay un lugar mejor para iniciar el viaje

Alpe d’Huez. Panorámica nocturna desde la curva 7, a 1.390 metros de altura, lugar de la primera noche, el 13 de julio del 2022. JOSÉ JUAN LUQUE

En dos alforjas me caben catorce días. Con dos alforjas me cubriré del hambre, la sed, el frío y la lluvia. Con un saco y una tienda me cobijaré las noches. Todo lo que necesito para hacer 985 kilómetros por los Alpes cabe en dos alforjas. Lo demás es superfluo. Catorce días con el mismo pantalón y la misma camiseta. La montaña amenaza y llama. Y el miedo. El que provoca la falta de control, la insistencia de experimentar en lo más alto de los puertos: ya no me vale con subirlos, tengo que quedarme en ellos, sentir su noche en la piel. No es un viaje más porque nunca había desafiado de esa manera a la naturaleza. 

Rompo la seguridad para adentrarme en algo desconocido e irracional. Hice lo mismo con el trabajo. Adiós a nueve años de comodidad. En verano tenemos que morirnos y empezar otra cosa. No me quedo contemplando lo que se me da bien; suelto lastre y me pongo a prueba. Con el paso del tiempo la locura se verá como la decisión más lógica. Hay que saber detectar cuándo estás lleno, y qué necesitas.

Barbacoa. Dos belgas y un alemán preparan su cena. JOSÉ JUAN LUQUE

Durante dos semanas atravesaré los Alpes en bicicleta, en solitario, con dos alforjas, durmiendo en las cimas, a ser posible sin tienda de campaña. Quiero seguir probando, suspirar, escribir un cuaderno de montaña entre Francia e Italia.

Siesta. Un seguidor duerme, en espera de la llegada del Tour. JOSÉ JUAN LUQUE

Paso dos días en el coche hasta llegar a Le Bourg d’Oisans. Podría reposar junto al río, pero en vez de tumbarme en el césped comienzo a subir Alpe d’Huez; mañana llega aquí el Tour de Francia. Me digo que es solo para ver si hay ambiente, que pronto me daré la vuelta, pero la vuelta nunca llega. Llevo siete horas sin comer. No sé parar.

Durante dos semanas atravesaré los Alpes en bicicleta, en solitario, con dos alforjas, durmiendo en las cimas. Quiero seguir probando

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Alpe d’Huez es famoso por sus 21 curvas de herradura, perfectamente numeradas. De una de ellas sale humo y unos belgas me hacen una foto; sin pedir permiso cojo un muslo de pollo de su barbacoa, arde, me quemo, me pringo la boca y las manos, me atraganto, me invitan a una lata de cerveza helada y rápidamente noto los zumbidos en la cabeza, mal momento para volver al alcohol. Sigo, convencido de que no puede haber un mejor sitio para pasar mi primera noche al aire en los Alpes. Si me quedo aquí a dormir, me habré apropiado de esta mítica montaña. Entonces el Tour no será lo importante, sino mi saco de dormir. Se acentúan las rampas, se va la luz, cada vez hay más gente en las cunetas, todos con sus caravanas, me quedo en la curva 7, a 1.390 metros de altura. El cartel dice que ganó Gianni Bugno. 

Acampada. Jonathan y Steven. JOSÉ JUAN LUQUE

Dos holandeses, Jonathan y Steven, han montado sus tiendas. Coloco mis bártulos junto a ellos. «Esto es un cinco estrellas», me dicen. «Aunque quizá haga frío al amanecer». La noche es una locura. Música, fuegos artificiales, bailes, mucha bebida, los camiones del Tour apenas pueden pasar, la gente los golpea, pitan, conductores sonrientes y resignados, el puerto es una fiesta, suena el himno de Francia, es divertido, pero no sé cómo voy a dormirme. Dejo la tienda sin montar. Olvido ponerme el pantalón largo. El ruido me vence. Despierto con café, invitación de unos colombianos. 

Locura. Desmadre en el puerto. JOSÉ JUAN LUQUE

Duele desechar algo que has empezado, pero más dolerá no haber girado a tiempo. Mido la libertad en el número de decisiones que puedo tomar por mí mismo, sin preguntar. Subo lo que me queda de Alpe d’Huez, llego a la meta del Tour, mucho glamour, órdenes, prohibiciones, no estoy cómodo, vuelvo a mi curva 7, el cuerpo suele hablar claro, solo hay que tener la valentía de escucharlo, no de obviarlo en pos de la tranquilidad. Me descalzo bajo un árbol, una pareja se esconde tras otro, un italiano duerme con un sombrero en la cabeza, el colombiano no se calla, un danés se disfraza de pingüino, quiero leer un rato, me da tiempo a escribir, se escucha un helicóptero, pasan los ciclistas en segundos, subrayo una frase del poeta Nacho Montoto --«estamos vivos porque nos duele el corazón»--, desciendo el puerto, los frenos chirrían, no escucho, me alejo de la gente. Comienza mi viaje por los Alpes: No dejes de doler. 

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