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Historia del toreo

Rafael Guerra 'Guerrita', segundo califa del toreo

En la época que le tocó vivir nadie hizo sombra a Guerrita, el mayor mandamás de la historia del toreo

El club del Guerra, a primeros del siglo XX, en una imagen del archivo familiar del califa cordobés.

El club del Guerra, a primeros del siglo XX, en una imagen del archivo familiar del califa cordobés. / CÓRDOBA

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Sabedor de que, como dijera su paisano Séneca, «la envidia es un dardo pernicioso contra los mejores», Rafael Guerra asumió las consecuencias de ser el mejor. Lejos de evitar esa íntima gangrena española que, en palabras de Miguel de Unamuno, es la envidia, Guerrita coadyuvó a convertirse a ojos del gran público en un personaje soberbio, altivo y vanidoso, autor de certeras sentencias opacadas por su arrogancia formal, lo que, de algún modo, ha influido en un menor reconocimiento histórico de su legado.

Nada distinto que torero podía ser quien nació en el Campo de la Merced, cuna de califas y el barrio más taurino del mundo. Desde su más tierna infancia, las aspiraciones taurómacas del futuro califa se toparon con una férrea oposición paterna, motivada por el infeliz destino de José Rodríguez ‘Pepete’, cuñado de la madre de Guerrita, y padrino de su bautismo por poderes. En la España de la segunda mitad del siglo XIX, el toreo era la mejor «salida laboral» de la época, de ahí que una economía familiar relativamente desahogada hiciera albergar a la familia Guerra Bejarano la vana esperanza de que Rafael viviera alejado del ambiente taurino que, puertas afuera de la casa natal, impregnaba el barrio del matadero cordobés. Sin embargo, el nombramiento de su padre como portero del matadero vino a aumentar, si cabe, la vocación taurina de Rafael. Con los primeros capotazos que da en el corralón, jaleados por el mismísimo Lagartijo, vence la tenaz resistencia familiar. Tras su paso por la cuadrilla de los ‘Niños Cordobeses’, se incorpora a la cuadrilla de Fernando Gómez ‘El Gallo’, a quien pronto eclipsa. Convertido en la figura de los rehileteros, el anuncio de su nombre en los carteles, con idéntico o incluso mayor alarde tipográfico que los matadores, agranda su ya justificado ego, y, finalmente, la llamada de Lagartijo para ocupar un lugar preeminente entre sus subalternos, hace que sus miras apunten a un trono en el que comienza a languidecer el primer califa. Con estos antecedentes, no resulta aventurado imaginar el afán de Guerrita por tomar la alternativa, que tiene lugar el 29 de septiembre de 1887, en Madrid, con el toro Arrecío de Gallardo, de manos de Lagartijo.

El matador Rafael Guerra posa en el club que llevaba su nombre, en la céntrica calle Gondomar de la capital cordobesa.

El matador Rafael Guerra posa en el club que llevaba su nombre, en la céntrica calle Gondomar de la capital cordobesa. / CÓRDOBA

En el subconsciente de Guerrita surge la necesidad freudiana de matar al padre. Metafóricamente dejó atrás al biológico al cambiar Llaverito, apodo elegido al principio en honor a su progenitor como portero del matadero, por Guerrita, y ahora le urge acabar con Lagartijo, su padre taurino, pero el respeto y admiración que siente por su tocayo frenan sus ímpetus juveniles. Hasta la definitiva y catastrófica retirada de Rafael Molina, Guerrita se «entretiene» en acabar con los aspirantes al trono a los que la afición le enfrenta. El Espartero, pese a su admirable valor, deja de ser una amenaza mucho antes de su trágico encuentro con Perdigón; Mazzantini apenas le turba con sus cuitas acerca del sorteo de las reses; Reverte es una inocua compañía a cuyo reclamo acuden en tropel las féminas a las plazas; y otro Antonio, en este caso Fuentes, es el destinatario de la condescendiente afirmación que condensa toda la filosofía guerrista: «Después de mí, ‘naide’; y después de ‘naide’, Fuentes». El inicio de la última década del siglo XIX consagra de ‘facto’ a Guerrita como la máxima y quizá única figura de la época, reconocimiento que logra definitivamente el 1 de junio de 1893, fecha en la que, en una aciaga tarde, Lagartijo ‘El Grande’ se despedía para siempre del toreo. ¡El rey ha muerto, viva el rey!

Recién instalado en la cima, Guerrita comprueba el peso de la púrpura. Dos circunstancias influyen sobremanera en la progresiva hostilidad que los públicos le muestran. En el ámbito personal, más allá de la ya apuntada atávica envidia española, Rafael Guerra concibe su profesión como un empleo que le procura un bien ganado sustento para él y los suyos, visión diametralmente opuesta a la tradicional imagen del torero festero y rumboso que se juega la vida, literalmente, por amor al arte. En aquella España desangrada por las guerras que acabaron con los restos del menguante imperio español, la fortuna amasada por Guerrita suponía una afrenta que sólo podía reparar una cierta socialización de su fortuna, siquiera sea mediante espléndidas convidadas en la taberna en la que se coincidía con el diestro. El nuevo califa distaba mucho de asemejarse a su predecesor, conocido como Lagartijo ‘el Grande’ no sólo por sus méritos taurinos, sino por su acreditada bonhomía y generosidad, y es que como sentenciara en una ocasión Guerrita «la leche y los dineros, para Córdoba». En el plano profesional, su celo por acabar con todos sus competidores pronto se reputó como un craso error, al ser el único destinatario de las iras del público. Todos los males de la fiesta eran imputados a Guerrita, único responsable a ojos del aficionado de cuanto negativo acontecía en la Fiesta. La desmedida necesidad de Guerrita por ser admirado como el mejor de todos los tiempos provocó un «efecto rebote», tornándose las loas en injustas críticas, tanto por lo que hacía, como por lo que no. En un país en el que se abrían paso ideas liberales bajo la regencia de la reina María Cristina, la dictadura impuesta por Guerrita tenía fecha de caducidad. Víctima de su propio éxito, el 15 de octubre de 1899, hastiado, optó por poner fin a una carrera sin igual.

Fotografía del año 1909 en el inicio de las obras del pantano del Guadalmellato con Sánchez Guerra y Guerrita.

Fotografía del año 1909 en el inicio de las obras del pantano del Guadalmellato con Sánchez Guerra y Guerrita. / CÓRDOBA

Rafael Guerra ‘Guerrita’ fue el primer revolucionario del toreo. Con su advenimiento comienza una embrionaria revolución que, sin ser consciente de ello, sienta las bases del toreo moderno. Siendo Lagartijo la primera figura del toreo de la historia, entendida tal dignidad con criterios actuales, no es menos cierto que su forma de interpretar el toreo no difiere en demasía de anteriores matadores tenidos ya entonces por arcaicos. Hasta la retirada del primer califa, la lidia tiene como único fundamento preparar al toro para la muerte y, si bien Rafael Molina interpreta las suertes con una gran donosura, cualquier alarde artístico está radicalmente supeditado a la preparación de la muerte del animal. Más en su imaginario que en sus manos, Guerrita esboza muy tangencialmente dos cambios fundamentales en el devenir del toreo y que, como en tantas ocasiones (por ejemplo, las faenas de Chicuelo a Corchaíto, o incluso la de Manolete a Ratón), pasan desapercibidos para la crítica y, con mayor motivo, la afición: el toreo de mano baja, bosquejado de forma muy tenue y por el que fue censurado, y el toreo en redondo como antesala de la ligazón de los muletazos. En algunas (pocas) fotografías puede verse cómo Guerrita retrasa tímidamente la pierna de salida con la presumible intención de alargar el muletazo, en lo que bien pudiera calificarse como el primitivo prolegómeno de la actual concepción de la faena de muleta, y que, años después, desarrollarían episódicamente Chicuelo y Joselito ‘El Gallo’, hasta la total sublimación alcanzada por Manolete. Respecto al ganado, aunque ya Lagartijo y Frascuelo mostraron sus preferencias por concretas ganaderías andaluzas y castellanas respectivamente, es Guerrita quien eleva esa prelación a exigencia innegociable para su contratación, imponiendo murubes y saltillos, en una inédita e ilustrativa demostración de su poderío. Este imperativo en la elección del ganado, reprobado desde entonces y mantenida hasta nuestros días, todavía resulta ambivalente, al contraponer la eventual comodidad de determinados encastes, con la acertada búsqueda de reses que posibiliten el mayor de los lucimientos.

Nadie ha mandado tanto en el toreo como Rafael Guerra Bejarano, que, de Llaverito a El Guerra, pasando por Guerrita, fue, es y será reconocido con el mayor honor que alcanzarse pudiera: ser califa del toreo.

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