Toros
Lagartijo, el primer califa
La competencia entre Lagartijo y Frascuelo supuso un importante impulso para la tauromaquia

Lagartijo, al natural, en la plaza de toros de Madrid en 1880. / ARCHIVO
El 1 de agosto se cumplirá el centésimo vigésimo quinto aniversario del fallecimiento de Rafael Molina Sánchez ‘Lagartijo’, el primer califa del toreo. Ya fuera por su ascendencia taurina -su padre Manuel Molina, apodado ‘El Niño de Dios’, fue un modesto banderillero- o por nacer y crecer en el barrio más torero del mundo, el de la Merced, lo cierto es que Lagartijo estaba predestinado a ser torero. Ejemplo de precocidad taurina, con apenas diez años participa como banderillero en una novillada en la que se anuncia como El Chico; ironías del destino, años después el mundo le aclamaría como Lagartijo ‘El Grande’. Su enfermiza afición le lleva a buscar denodadamente cualquier oportunidad para enfrentarse a las reses, hasta el punto de ser públicamente reprendido por el Ayuntamiento de la ciudad, como atestigua el oficio dirigido al responsable del matadero: «Alcaldía constitucional de Córdoba. El mozo Rafael Molina se permite saltar las tapias de los corrales del matadero para lidiar reses bravas destinadas al abasto del público (…) he resuelto prevenir a usted que expulse del establecimiento al referido joven, prohibiéndole la entrada en lo sucesivo y deteniéndolo a disposición de esta alcaldía si vuelve a saltar el edificio, para imponerle la corrección oportuna». Siendo todavía un niño ingresa en la cuadrilla de jóvenes cordobeses ideada por Antonio Luque ‘Camará’, lo que le permite torear como banderillero en numerosos festejos, colocarse en la cuadrilla del malogrado Pepete y, posteriormente, en la de Antonio Carmona ‘El Gordito’, desde la que da el salto a anunciarse como sobresaliente de espada en la plaza de Madrid. Sus innatas cualidades y la admiración que despierta entre el público -que supera a la que generan los espadas del cartel- abocan a una ansiada alternativa que tiene lugar en Úbeda, el 29 de septiembre de 1865, al cederle El Gordito el toro Carabuco, de la Marquesa Viuda de Ontiveros. El 15 de octubre de aquel año confirma en Madrid, junto a Cayetano Sanz y El Gordito, quienes le ceden el toro Barrigón, de la ganadería de Doña Gala Ortiz.

Litografía de Lagartijo en la revista ‘La Lidia’ (1883). / ARCHIVO
En la presentación como matador ante sus paisanos, el 26 de mayo de 1866, Lagartijo cuaja una soberbia tarde en la que llega a estoquear cuatro toros seguidos. Apenas alcanzado el grado de matador de toros, Rafael Molina ya cuenta con el favor del público que, por primera vez, ve en su tauromaquia la constante presencia de connotaciones artísticas desconocidas hasta entonces. El valor, del que también hacía gala el diestro cordobés, deja de ser la única virtud plausible del torero y, gracias a Lagartijo, cambia la concepción del toreo imperante hasta la época. Tras ver a Rafael, los aficionados exigen la concurrencia de recursos plásticos en la lucha a muerte con el toro. Lagartijo sienta las bases de la tauromaquia como un arte; el valor temerario ya no ostenta el monopolio de la emoción en las plazas. Largas y recortes revisten una elegancia jamás antes vista, que se ve acrecentada por la donosa apostura que irradia el califa de Córdoba en la plaza. Las hipérboles se desatan al verle; con Lagartijo puede leerse por primera vez en la prensa la manida expresión «sólo por verle hacer el paseíllo merece la pena pagar la entrada».
Su rivalidad con Frascuelo coadyuva al engrandecimiento de una fiesta entonces en pleno apogeo, y ningún español resulta ajeno a la leal competencia que mantiene ambos diestros. Sólo la irrupción de Rafael Guerra ‘Guerrita’ -su sucesor en el califato- pone fin al reinado que Lagartijo ha ostentado desde su alternativa hasta su definitiva retirada en la Villa y_Corte, que tiene lugar el 1 de junio de 1893. Entre una expectación nunca vista -se cambió a la mañana la procesión del Corpus ante el temor de que todo Madrid estuviera en la plaza despidiendo a Rafael- un público amnésico no tuvo piedad con él por lo aciago de su actuación, y hubo de abandonar el ruedo escoltado por la Guardia Civil. La bondad y generosidad de la que siempre hizo gala Lagartijo también contribuyeron a granjearse la admiración y respeto de sus paisanos, a quienes siempre prestó ayuda cuando se la demandaron, quién sabe si porque era conocedor de que el rango de califa con el que le bautizara Mariano de Cavia, como sacramento que es, imprime carácter. Su muerte supuso un enorme duelo en la tierra que le vio nacer, crecer, triunfar y morir.
Hoy, 125 años después de su fallecimiento, es el único cordobés que da nombre a tres calles de la ciudad, y es que como escribiera el poeta Antonio Fernández Grilo:
«Del pretorio nació junto a la ermita
y es el culto tan grande y verdadero
que le rinde su Córdoba bendita
que cuando al redondel sale el primero,
la torre de la arábiga Mezquita
parece que se viste de torero».
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