Ganado: Cinco toros de El Torero y un sobrero (en quinto lugar, sustituto de uno de los titulars devuelto por flojo) de Montealto, todos cinqueños. Aparatosos y astifinísimos de pitones, con cuajo, pero dispares de hechuras y volúmenes, dieron un pésimo juego por su genio y brusquedad defensiva, antes de reajarse o desfondarse.

Antonio Ferrera, de verde hoja y oro: estocada caída (silencio); pinchazo y bajonazo (silencio).

Daniel Luque, de blanco y oro: pinchazo, estocada desprendida y descabello (silencio); pinchazo y estocada (silencio).

Gonzalo Caballero, de celeste y oro: pinchazo y estocada atravesada (silencio); pinchazo hondo trasero y tres descabellos (silencio).

Cuadrillas: destacó bregando al primero José Chacón, que también saludó en banderillas, al igual que Raúl Ruiz, Fernando Sánchez y El Algabeño.

Plaza: Las Ventas (Madrid), quinto festejo del abono de San Isidro, con algo más de dos tercios del aforo cubiertos (unos 16.000 espectadores), en tarde de buena temperatura.

Una corrida de aparatosas y astifinas cornamentas, pero con la aspereza defensiva y el sentido de sus casi seis años, anuló este jueves cualquier posibilidad de lucimiento de la terna en la quinta corrida de abono de la feria de San Isidro.

Porque la única ovación que escuchó un matador a lo largo de tan opaca tarde fue la que se tributó a Gonzalo Caballero antes siquiera de que saliera el primero de los armadísimos cinqueños de El Torero, transmitiendo el ánimo de los aficionados en la que era su vuelta a Las Ventas tras la grave cornada sufrida en este mismo ruedo a finales de 2019.

El joven madrileño volvió a pasar ciertos apuros con su primero, un toro alirado de cuerna como los de las vasijas cretenses, que, rajado y brusco, arrollaba camino de la querencia de tablas, pero acabó haciéndole la faena mas compuesta de la corrida al sexto, que al menos, sin clase y a empujones, mantuvo alguna inercia en sus arrancadas.

Caballero, siempre asentado y paciente, aprovechó la fuerza de esos primeros arreones, evitando siempre que el último de los toracos le punteara la tela, lo que le posibilitó finalmente ligarle la única tanda de pases con cierto empaque y temple que se pudo ver en las dos horas de festejo.

Con una corrida tan armada, con esos afiladísimos pitones que solo usaron, con genio y hasta sentido, para defenderse a tornillazos y no para atacar los engaños, Antonio Ferrera hizo valer su buen oficio para intentar, al menos, atemperar tanta aspereza, lo mismo con el geniudo calcetero que abrió plaza que con el violento veleto que hizo cuarto, al que mató de un hábil e intencionado bajonazo.

El tercero comenzó ya antes que sus hermanos a tropezar la muleta de Daniel Luque, quien, sin acertar a corregirlo, vio como el defecto se acrecentaba en un trasteo insistente pero plagado de enganchones.

Y ni siquiera el sobrero de Montealto supuso una alternativa a la media de la corrida, pues, de feas hechuras, pronto se paró reservón y sin celo, no dejando más opción al reciente triunfador de la feria de Sevilla que machetearlo cuanto antes.