El peruano Roca Rey sigue coleccionando grandes triunfos en esta su primera temporada completa como matador de toros, en una racha que ya puede calificarse de excepcional, puesto que, tras su doble salida a hombros en San Fermín, continuó ayer con el corte de tres rotundas orejas en otra plaza de primera categoría.El joven peruano, de solo 19 años de edad, se está dejando ver como un torero maduro que llevara un largo rodaje en la primera fila, pues, como sucedió ayer en Valencia, resuelve los problemas que le plantean los toros con una pasmosa facilidad y un valor sereno y sin aspavientos.

Después de salir a hombros en marzo, antes de que ardieran las Fallas, Roca volvió a golpear ayer en la misma plaza ante un lote de toros de El Pilar que exigió, además de esa ambición que derrocha, un despliegue mayor de aciertos técnicos y una inteligente estrategia lidiadora. Le pasó así con su primero, un toro bravo y de buen fondo de El Pilar que inicialmente no anduvo sobrado de fuerzas. Pero con temple y acertando perfectamente con los tiempos, el torero de Lima fue asentándolo y logró así sacarle todo lo mejor que el animal llevaba dentro para, finalmente, aún poner la plaza en pie con el remate final en los terrenos de cercanías. Pero aún hubo un momento de gran tensión, cuando Roca se tiró a matar por derecho y fue prendido aparatosamente por el toro, que le tuvo colgado del pitón a la altura del chaleco, sin que el torero lograra desprenderse en unos segundos angustiosos, aunque sin consecuencias.

El triunfador de la tarde le cortó ya una oreja a ese primero de su lote, pero aún faltaban las dos que le arrancó al segundo, un toraco bravucón, más que bravo, que acabó queriéndose rajar y volverle grupas, sin que el joven torero se lo consintiera. A pesar de su mansa condición, Roca le sacó a ese sexto naturales de largo trazo tirando de la renuente embestida con los vuelos de la muleta, para después, con el animal ya negado, darse otro calmado y ajustado arrimón con idéntica rotundidad.

Manzanares se dejó ir el claro triunfo que le ofrecieron sus dos toros. Quizá no tanto su primero, que tuvo clase aunque las fuerzas más que justas, pero sí el quinto, que se empleó clamorosamente con auténtica bravura tras unos engaños que el alicantino manejó de manera tan destemplada y ventajista, y durante tan largo rato, como con el anterior.

Hermoso de Mendoza dio una auténtica lección antológica del torero a caballo.