Crisis climática
El riesgo de desertificación estrecha el cerco sobre el 80% de la Comunidad Valenciana
Así se desprende del Atlas de la Desertificación de España, elaborado por varias decenas de científicos de universidades y centros del CSIC

Campos de Orihuela afectados por la sequía. / EFE/ Morell
Marta Rojo
El cambio climático no solo se manifiesta en temperaturas máximas más altas y menos precipitaciones. También exacerba algunos fenómenos más complejos, alimentados por una especie de aceleración climática. Uno de los que más impacta en el territorio de la Comunidad Valenciana es la desertificación, que no es el avance del desierto, sino “la degradación de las zonas áridas, semiáridas y subhúmedo-secas”, como define la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación. Una degradación que se define como la pérdida de productividad biológica, de biodiversidad y económica. Y que es consecuencia de variaciones climáticas, sí, pero también de actividades humanas.
En la Comunidad Valenciana, este riesgo de desertificación ya ha llegado al 80% de la superficie, según reflejan los datos del Atlas de la Desertificación de España, elaborado por varias decenas de científicos de universidades y centros del CSIC con datos de hasta 2020. Siempre se ha hablado del Mediterráneo y, en concreto, del territorio valenciano como de la zona cero del cambio climático, pero es, además, un punto caliente de la desertificación, hasta el punto de que la Comunidad Valenciana es ya la cuarta con mayor porcentaje de superficie en este estado, solo por detrás de la Región de Murcia, La Rioja y la Comunidad de Madrid.
Un “atlas” nacional de la desertificación
“Aunque resulte paradójico y a pesar de toda la información geoespacial disponible, en pleno siglo XXI aún no existen mapas fiables de desertificación”, indica la introducción del Atlas de la Desertificación de España. El proyecto, financiado por la Fundación Biodiversidad, intenta elaborar esta cartografía: un mapa de probabilidad de desertificación, dibujado a través de algoritmos de inteligencia artificial que “aprenden” de diversas evidencias de degradación para vincularlas a una serie de indicadores de predicción. Con ello se genera un mapa de probabilidad de degradación que, limitado a las zonas áridas del territorio, resulta un mapa de desertificación de España.
En total, en España, 338.000 de las 504.000 hectáreas de superficie corresponden a zonas áridas. Los resultados obtenidos indican que la degradación abarca el 43,35 por ciento del territorio español y que la desertificación afecta al 60,94% de las zonas áridas, es decir, un total de 206.203 del poco más de medio millón de kilómetros cuadrados de superficie del país.
Un 79,6% del territorio valenciano, en riesgo
Pero el método desarrollado por los investigadores es probabilístico, es decir, que elabora escenarios posibles para cada nivel de probabilidad. El umbral más bajo que contempla es el 50%, es decir, que se plantea cómo quedaría el territorio si se hubiera, efectivamente, desertificado todo aquel terreno que tiene una probabilidad del 50% de ser desertificado.
Aplicando ese umbral, los datos revelan que la Comunidad Valenciana tendría un 79,6% de superficie desertificada y solo un 26,2% en buen estado. Además, la degradación afecta a un 73,8% del territorio, 17.121 hectáreas. De ellas, un 6,2% corresponden a zonas no áridas, mientras que el 68% es de zonas áridas.

Tabla que muestra los porcentajes de territorio que quedarían desertificados con el umbral de probabilidad del 50% / Redacción Levante-EMV / Atlas de la Desertificación
Esa distribución de lo que quedaría bajo el manto de la desertificación y lo que se salvaría queda más claro con el mapa que han elaborado los investigadores como parte del atlas. En él, en color marrón, se destacan las áreas que tienen una probabilidad mayor o igual al 50% de convertirse en desertificación en toda España. En el caso de la Comunitat, se pinta de marrón todo el litoral a excepción de la zona de La Marina más cercana al Cabo de la Nao y el interior del norte de Valencia y de Castellón. Son zonas áridas, por su parte, franjas determinadas del interior de estas dos provincias.
El 99% de Alicante, en riesgo de desertificación
Por provincias, en Castellón 5.000 km2 de los 6.600 totales corresponden a zonas áridas con lo que, si el 50% del territorio susceptible de ser desertificado lo fuera, hablaríamos de un 57,3% de la superficie desertificada. En buen estado quedarían el 54,5%, mientras que la degradación del territorio se extendería al 45,5%. Las no áridas estarían degradadas en un 2%.

Mapa que muestra la probabilidad de desertificación / Redacción Levante-EMV / Atlas de la Desertificación
Por su parte, Alicante es la provincia española con la que más se ceba el riesgo de desertificación, según los datos del atlas. La provincia cuenta con 4.640 km2 de zonas áridas y, de cumplirse la desertificación en el 50% del territorio donde es más probable, habría un 94% de territorio degradado. En buen estado solo quedaría el 6% de la provincia, mientras que se hablaría de terreno desertificado en el 99% de la superficie.
En València, casi la totalidad del territorio son zonas áridas y, de desertificación el 50% del territorio más probable, esta condición alcanzaría al 80% de la superficie de la provincia. Quedaría, en esa circunstancia, un 19,8% de la provincia en buen estado y un 81,9% sería territorio desertificado.
Los regadíos, motores activos de desertificación
Desde el informe alertan también de la relación entre los regadíos y la desertificación. “Pueden percibirse incluso como una barrera frente a la misma, cuando en realidad pueden ser motores activos de desertificación”, indican los investigadores. Aluden directamente a los regadíos de la cuenca del Segura, donde los proyectos hidráulicos como embalses o el trasvase Tajo-Segura no solo no eliminaron el déficit hídrico, sino que lo agravaron.
“Las expectativas creadas por estos proyectos hidráulicos, especialmente por el trasvase Tajo-Segura, alentaron la ampliación de regadíos mucho más allá de los recursos disponibles, contribuyendo a generar primero e incrementar después el déficit hídrico, dando lugar a una espiral de insostenibilidad”, lamentan. Como parte de esa espiral, la necesidad de atender a esos regadíos ha conducido a “una creciente sobreexplotación de los acuíferos, lo que a su vez ha dado lugar a la pérdida o degradación de diversos ecosistemas ligados al agua, en particular las fuentes, humedales y otros puntos de agua”.

Canalización del trasvase Tajo-Segura, en Alicante / Efe
A ello se suma el aumento de los daños por inundaciones como la dana, que los investigadores recuerdan que está relacionado con mayores escorrentías y arrastre de sedimentos desde estos regadíos agroindustriales.
Modernizar regadíos, “una falsa solución”
Además, en el Atlas de la Desertificación de España se muestran críticos con la modernización de regadíos, a la que se alude como “una falsa solución”. Lejos de ahorrar agua, indican, en muchos casos aumenta su consumo porque reduce los retornos de riego que alimentan ríos y acuíferos. Además, intensifica la producción, lo que implica una mayor evapotranspiración y por tanto un mayor consumo neto de agua.
De las modalidades de modernización, apuntan además que el riego por gravedad representa menos del 20 %. Eso implica que el riego localizado, por aspersión y automotriz suma más del 80 % del total. Continúa, por tanto, habiendo presión sobre ríos y acuíferos.
“Reducir la desertificación asociada a la mala gestión del agua requiere un cambio de enfoque, una transición hídrica, y un elemento clave para dicha transición es la reducción de la superficie de regadío”, apuestan los investigadores. Creen que se debería reducir parte de los regadíos agroindustriales, frecuentemente en manos de grandes empresas, a la vez que se protegen los regadíos históricos y tradicionales, los pequeños agricultores y la agricultura familiar. “Junto a dicha reducción es necesaria la desintensificación y la reconversión ambiental de los regadíos agroindustriales”, concluyen.
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