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ALPES EN BICI | CUADERNO DE MONTAÑA (6)

Col de Fauniera (2.481 m.), el milagro

Un diluvio a cinco kilómetros para la cima hace tambalear el viaje

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Col de Fauniera (2.481 m.), el milagro José Juan Luque

Nos despedimos con un abrazo. Sé que ya tengo a alguien por aquí. Él volverá el jueves y seguro que sentirá un pequeño vacío. Cuando compartes, todo es más rico. Las personas dejamos un hueco que ni la más alta montaña puede cubrir. Luc ya debe estar dando masajes por los pueblos del valle. Me siento en las escaleras de la cabaña a leer, desaparece la niebla, no queda una sola nube, el sol en la cara es agradable. Me costará cerrar la puerta. No sé qué hora es. Dos abejas revolotean. Entro en Italia. 

Era feliz porque no imaginaba.

Aunque me daba vértigo mirar al horizonte.

Me estoy muriendo de miedo. 

Un hombre sale a la carretera, son los primeros kilómetros del Col de Fauniera, lleva una jarra de cristal, se acerca a una fuente y la llena. No sé italiano, pero logro que me cargue el móvil y tumbarme en una sombra de su jardín para tomarme un plátano. Aún no sospecho nada. La inconsciencia me guía. No sabía si eran gotas de sudor o lluvia lo que caía sobre el manillar de mi bicicleta. 

El granizo irrumpe de repente, sin esperarlo, como ocurre con todo, sin opción de pensar. Granizo en los ojos, un infierno a más de dos mil metros de altura, sin nadie alrededor, preguntándome cuánto aguantará el cuerpo empapado, aún quedan cinco kilómetros para la cima, que ni siquiera diviso, solo relámpagos, relámpagos que crujen los oídos y el corazón, y unos graznidos aterradores, me prometo que será el último viaje salvaje, que ya tengo suficiente, pero qué pretendo, esto son los Alpes, impredecibles, ingobernables, riada en el asfalto, piedras sueltas, una casa a lo lejos, mi cuerpo se encoje, las fuerzas no van a los pedales, sino a calentar el cuerpo, a relajar la mente, pero la mente solo piensa cómo va a salir de ahí. Nunca me vi tan desprotegido, una pregunta me ronda, es sencilla. ¿Qué hago? Pero realmente no puedes hacer nada.

Granizo sobre mis ojos, cuánto aguantará el cuerpo, me prometo que será la última vez

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Ahora me cuestiono qué hubiera pasado de no haber encontrado aquella casa. Nando me recibe en el porche, apenas puedo articular palabras. ¿Para qué sirve una casa a 2.290 metros de altura, aislada de todo? Tardo quince minutos en cambiarme, estrujo la ropa y genero un charco que me avergüenza. Al salir, tengo sobre la mesa un café y azúcar. Nando está leyendo con dos de sus perros encima y su compañero Yuri trata de arreglar una tubería. No hay conexión a internet. La casa se llama Le Trune. Sobre la pared hay un crucifijo. Quiero que me digan que me quede, pero Yuri me incita a seguir, ahora que ha escampado. La cima del puerto, entre la niebla, es colosal, la carretera a punto de derrumbarse, enredada, cabras montesas, baches, barranco, montañas afiladas: Col de Fauniera, un desgarrador descubrimiento.

Tengo la tienda y el saco chorreando. ¿Por qué me planteo dormir al aire si a dos kilómetros hay un refugio? Me dejo de heroicidades. Los 50 euros mejor invertidos. Techo, patatas con huevo, ñoquis con salsa piamontesa, panacota, café, tres tartas para desayunar. Coincido en la mesa con un hombre de 70 años que hace senderismo por las cumbres. ¿Cuál es el secreto para llegar a esa edad lleno de energía? Yo quizá me canse antes, pero por el momento no me importa seguir derrochando sufrimiento mientras sea una búsqueda propia, la búsqueda del límite, de la frontera entre el placer y la amargura. No meto la bici en el refugio. Me ducho a oscuras porque la luz se apaga a los 40 segundos y no encuentro el interruptor. Salgo fuera, noche azulada, e intento explicar en mi cuaderno lo que me ha pasado hoy. Sé que no seré capaz. Duermo con la ventana abierta.

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