"No me imagino al director general de los bomberos de Nueva York sentado en un tribunal por no haber impedido la caída de las Torres Gemelas". Con estudiadas comparaciones como esta cuestionó ayer el exministro de Fomento Francisco Alvarez-Cascos que la justicia española haya situado en el banquillo del juicio del Prestige a su subordinado, el exdirector general de la Marina Mercante José Luis López Sors, acusado de haber agravado la catástrofe al ordenar el alejamiento del viejo petrolero en vez de ofrecerle refugio.

Comparecía Cascos como testigo en la vista oral que tiene lugar en A Coruña al haber sido el máximo responsable político de la gestión gubernamental durante los primeros días de la crisis. A él y a su carácter expeditivo, poco propicio a aceptar consejos (en el PP se le llamaba "el general secretario"), se le había atribuido la decisión última mandar el barco lo más lejos posible.

Pero Cascos se presentó ayer como un tranquilo y manso espectador de lo que acordaban sus técnicos. "Los técnicos iban decidiendo según la información de que disponían en aplicación de los protocolos establecidos", relató. Ni siquiera reconoció haber sido informado de que a las pocas horas del accidente, López Sors dio la consigna de alejar el buque "hasta que se hunda".

"Nos pinta una actitud tan pasiva que no concuerda con lo que recordamos", le reprochó uno de los sorprendidos letrados, a lo que él respondió que su confianza en los técnicos, con López Sors a la cabeza, era total porque estaban "entre los mejores de Europa", aunque no supo decir con qué asesores externos se había contado. "Hubiera sido una temeridad por mi parte inmiscuirme", añadió. Por supuesto, desmintió que él fuera el autor de la orden de mandar el petrolero "al quinto pino" que se le atribuyó.

El propio López Sors asumió en su declaración toda la responsabilidad de la decisión y Cascos no hizo más que ratificarlo, aunque el exministro insistió en varias ocasiones en que esta había sido "la más correcta posible". Los daños causados por el petrolero "eran inevitables", a su juicio, y cualquier otra alternativa, como llevar el Prestige a un puerto, era "inviable".

Los únicos culpables, acusó, son las empresas que con un "ánimo de lucro desmedido usan barcos que debían haber sido enviados a la chatarra". Para soportar esta tesis, efectuó la comparación con el atentado del 11-S y también alguna más casera como cuando repitió en varias ocasiones que "de las mojaduras no tiene la culpa el paraguas, sino el agua".

DEFENSA DE LA CACERIA Por no admitir, el hoy diputado del Parlamento asturiano ni siquiera admitió que se había equivocado al pasar cazando en el Pirineo leridano el decisivo fin de semana del 16 y 17 de noviembre, mientras el Prestige deambulaba con rumbo errático por la costa gallega. "Soy ministro 24 horas al día y estoy permanentemente informado esté donde esté", argumentó.