Hierros retorcidos, vehículos encima de edificios de cuatro pisos, mantas colgando de las ramas de los pinos a más de 15 metros de altura, boyas decorando improvisadamente la fachada de una fábrica junto al mar, gente enterrada en metros de lodo y escombros. Esto es hoy Minamisanriku, que hasta el 11 de marzo era una apacible villa junto al mar con más de 19.000 habitantes. Hoy no hay nadie y solo quedan escombros y destrucción. El pueblo fue arrasado por el maremoto. Muchos muertos han sido recogidos, los supervivientes lo perdieron todo, y los desaparecidos superan los 9.000.

Once días después, la tarea esencial aquí es justo esa: encontrar cuerpos, quizá algún superviviente, pero nadie sueña con esa opción. "Principalmente, estamos buscando cadáveres. Nos centramos en eso, porque aún hay muchas personas de las que no se sabe nada y creemos que deben estar en algún lugar bajo esta manta de basura". Así lo explica Kaoru Yamada, jefe de la brigada de la policía de la Prefectura de Aichi que participa en la búsqueda.

Su equipo, de una docena de hombres, recorre palmo a palmo el sector nororiental de Minamisanriku, por donde entró el agua de mar. Entran en viviendas, en edificios destruidos, llenos de desperdicios y maderas rotas, con cables atravesados de las maneras más caprichosas que uno se imagine. "Increíble", describe Yamada. Con un detector de olores, pero sobre todo con sus propias manos y unas herramientas, escudriñan cualquier rincón en que pueda caber un cuerpo humano.

Más arriba, en el mismo estrecho valle por el que subió el agua del tsunami varios kilómetros, encontramos otra dotación. Es un grupo de especialistas en rescate del cuerpo de bomberos de Kyoto. Su labor es ardua: trabajan en la empinada ladera del bosque de pinos que bordea la ribera del río por el que entraron las olas del mar.

Embestidas por el agua

Keiji Naromo, responsable de este grupo, explica que "hasta aquí fueron arrastradas viviendas enteras, por imposible que parezca, así que centramos nuestra búsqueda en este lugar, porque hay muchas opciones de encontrar personas que murieron al quedar atrapadas y ser embestidas por las aguas". Naromo señala, además, que "la espesura del bosque hace que aquí puedan enmarañarse tanto los objetos como las personas en la retirada de las aguas de vuelta hacia el mar".

Poco después, uno de los hombres de Naromo grita. Un cadáver ha sido encontrado. Suben una gran bolsa de plástico azul y casi en el mismo punto en el que se halló el cuerpo, este es envuelto en el plástico y bajado entre cuatro hacia terreno llano.

Con mucho silencio por parte de los operarios en señal de respeto se identifica el lugar en que se recogió y se pega la información al plástico azul con cinta aislante. Un camión lo recoge y lo lleva a la morgue. "Hoy hemos recogido cinco. Mañana volveremos. Queda mucho por hacer y vamos demasiado lentos", lamenta Naromo antes de retirarse a descansar. Minamisanriku nunca volverá a ser igual.