La central de Fukushima empuja a Japón al infierno nuclear. Sus reactores se desangran sin que las tiritas mitiguen la hemorragia. Tokio apela a la heroica mientras los partes de la central se agravan a diario. El desenlace parece tan obvio que muchos tokiotas se dirigen al sur y los extranjeros enfilan a sus países. La crisis llevó a la televisión al emperador Akihito, en un intento de insuflar ánimo a un pueblo que lo necesita. No lo hacía desde el anterior terremoto de Kobe, en 1995. Mostró su convencimiento de que Japón "será capaz de evitar que se agrave".

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La central sufre un descarrilamiento en cámara lenta. No hay día sin incendios o explosiones. Cuatro de los reactores de Fukushima están ya fuera de control. En tres de ellos el combustible está expuesto. Sin un sistema de refrigeración eficaz, el proceso de fusión del núcleo avanza. El estado del 1 y el 2 es gravísimo. Nada comparable, por eso, con el 3: tiene el sistema de contención dañado y su núcleo se ha fusionado parcialmente. Ni con el 4, con la piscina que enfría las barras totalmente vacía.

La respuesta de Japón ha sido insuflar agua marina. Los helicópteros que ayer debían derramar agua no pudieron acercarse por la altísima radiación. Ahora se contempla acudir a los cañones de agua que la policía emplea contra los manifestantes para regarlos desde una distancia mayor. Los expertos han calificado los recursos de desesperados. Son también algo rudimentarios, si consideramos que la crisis afecta a un país puntero en tecnología y que hasta el año pasado era la segunda economía mundial. Algunos observadores señalan esta acumulación de desgracias (seísmo, tsunami y fugas radiactivas) como el definitivo fin de ciclo de Japón.

FIGURAS HEROICAS El país ha puesto su destino en manos de los 50 operarios que pelean desesperadamente por embridar al monstruo de Fukushima. Tokio alejó el lunes a los restantes 750 por la pujante peligrosidad. Están llamados a la gloria y, más probablemente, al martirio. Lo saben ellos y lo sabe el país, que los ha elegido como esa necesaria figura heroica que demanda toda crisis como estimulante general. "No olvidéis que esa gente trabaja para proteger todas nuestras vidas a cambio de las suyas", dijo un empleado de una planta nuclear vecina. "Lo hacen sin pensar dos veces en el peligro", añadió el primer ministro, Naoto Kan. Se entendió, pues, la desmoralización nacional cuando a media mañana de ayer se supo que abandonaban. Por suerte, solo temporalmente. Una vez se enfrió la planta, los héroes regresaron. El Gobierno, debido a las "innegables circunstancias", elevó la dosis máxima de radiación permitida a los trabajadores en plantas nucleares, que pasa de 100 a 250 milisieverts.

El debate sobre la gravedad continuó ayer. Según el Gobierno, no hay peligro inminente para la salud para aquellos que viven más allá de la zona de 20 kilómetros de exclusión. El quid reside en ese sospechoso "inminente" que incluye cualquier llamada a la calma. La exposición prolongada a la radiación no provoca daños inmediatos, pero sí facilita la formación de cánceres a medio y largo plazo.

CAMBIO DEL VIENTO Tokio sigue calificando la crisis de grado 4 en una escala de 7. Lo hizo el sábado y desde entonces el cuadro se ha agravado enormemente. ASN, autoridad nuclear francesa, insiste en elevarla al 6, un peldaño por debajo de Chernó- bil. EEUU, a través de la Autoridad de Regulación Nuclear, alertó ayer de que los niveles de radiación alrededor de la central son "extremadamente altos".

La radiación por ahora se limita a un perímetro limitado. La percepción popular es diferente. Tokio, la dinámica megacapital de 30 millones de personas, es hoy una ciudad fantasma. La gente solo sale de casa para hacer acopio de alimentos y enseres con los que afrontar una crisis nuclear. El cambio en la dirección del viento ha bajado la radiación a niveles modestamente por encima de los normales. Su peor lectura equivale a una radiación 10 veces menor que la recibida en una placa dental de rayos X. Como en buena parte del país, los ciudadanos utilizan la mascarilla de papel que cubre nariz y boca, que los expertos califican de inútil.

La sensación que subyace en Japón es que lo peor está por llegar. Ayer muchos tokiotas subían en el tren bala para alcanzar en pocas horas los extremos norte o sur del país. Los extranjeros ponían pies en polvorosa. En el aeropuerto internacional de Osaka había colas en la terminal de salida y quietud en la de entrada. Jack, ejecutivo, recibió el permiso de su empresa holandesa para abandonar el país cuando ya había decidido hacerlo sin él. "Esto va a estallar en cualquier momento y yo no quiero estar aquí para verlo", decía con la tarjeta de embarque en la mano.