El Juzgado Penal número 3 de Palma de Mallorca ha condenado al otorrino Javier P.O, a 77 años y cuatro meses de prisión por la comisión de 31 delitos de abusos sexuales y otros 27 contra la intimidad de sus pacientes, a las que fotografió y grabó desnudas aprovechando la confianza que éstas depositaban en sus consultas, para luego almacenar las imágenes en un ordenador y visionarlas en su domicilio.

Durante el juicio, el Ministerio Público rebajó su petición de pena de dos años de cárcel por cada uno de los delitos a un año y cuatro meses. Sin embargo, en cumplimiento de lo estipulado en el Código Penal, el facultativo cumplirá solo cuatro años de prisión, puesto que la ley establece que el condenado no cumplirá más del triple de la pena máxima impuesta, que en su caso son un año y cuatro meses por cada delito.

Asimismo, la juez también ha condenado a Javier P.O a indemnizar con 3.000 euros a cada una de las víctimas de los abusos, una de ellas menor. Una de las afectadas reclamó 30.000 por los daños sufridos, si bien la sentencia ha rechazado dicha petición. Cabe recordar que el Ministerio Fiscal, las acusaciones particulares, la defensa y los responsables civiles subsidiarios alcanzaron un acuerdo antes del juicio que provocó que la acusación pública modificara a la baja su petición inicial de pena, a la que se adhirieron el resto de partes.

El juicio arrancó el pasado 7 de marzo en la sala del jurado de la Audiencia con la declaración del acusado, de los distintos testigos y la prueba pericial, para finalmente ser expuestas las conclusiones y los informes finales de las partes. La magistrada considera en el fallo emitido este jueves que está claro que unos hechos como los enjuiciados causan "inevitablemente un sufrimiento psíquico en las víctimas que debe ser indemnizado".

PIDIÓ PERDÓN A LAS VÍCTIMAS

Así, ha quedado probado que Javier P.O., quien pidió perdón a las afectadas durante el juicio, durante el ejercicio de su profesión, entre 2004 y 2008, en la Clínica Rotger de Palma, conminaba a las pacientes que acudían a su consulta aquejadas de problemas de distinta índole a que se desnudaran y se tumbaran en una camilla, donde les hacía que se pusieran unas gafas opacas a fin de que no pudieran ver nada y ocultando con ellas sus verdaderas intenciones.

De este modo, con ánimo libidinoso y mediante actuaciones que no tenían ninguna finalidad médica, el acusado les colocaba unos esparadrapos que les sujetaban los brazos y las piernas para dificultar su movilidad y cualquier oposición así como para disimular los tocamientos que ejercía sobre ellas, y que también les ponía debajo del sujetador, del pecho, en el pubis, las manos, la cadera, los tobillos, la espalda y encima de los glúteos.

El acusado, durante los cuatro años que ejerció su profesión en la Clínica, siguió los mismos patrones con cada una de las pacientes afectadas, ninguna de las cuales tuvieron conocimiento ni dieron su consentimiento para que fuesen grabadas y fotografiadas desnudas o semidesnudas.