Semana Santa en Córdoba
Lo sobrenatural en las cofradías cordobesas
Las hermandades de la provincia, profundamente arraigadas en la religiosidad popular de Andalucía, han tejido a lo largo de los siglos un rico universo de Fe, tradición y simbolismo donde las apariciones celestiales y los relatos de milagros ocupan un lugar destacado y que pervive en la actualidad

Virgen de Araceli, la imagen despierta un gran fervor desde su llegada a Lucena en el siglo XVI. / CÓRDOBA
José Manuel Cano de Mauvesín Fabaré
Las cofradías cordobesas, profundamente arraigadas en la religiosidad popular de Andalucía, han tejido a lo largo de los siglos un rico universo de fe, tradición y simbolismo donde las apariciones celestiales y los relatos de milagros ocupan un lugar destacado. Más allá de su dimensión estética y procesional, estas hermandades han sido históricamente espacios vivos de espiritualidad comunitaria, en los que lo sobrenatural se entrelaza con la experiencia cotidiana de los fieles.
Desde una perspectiva histórica y antropológica, estos fenómenos reflejan la manera en que la religiosidad popular interpreta lo extraordinario dentro de un marco de fe compartida. Los milagros y apariciones no solo hablan de lo sobrenatural, sino también de las necesidades espirituales, las esperanzas colectivas y la identidad cultural de la Córdoba cofrade. Analizar estas tradiciones permite comprender mejor cómo la devoción se construye y se mantiene viva, entre la memoria, la creencia y la celebración pública de la fe.
Los milagros
En la historia de la humanidad, pocos fenómenos han despertado tanta fascinación como los milagros. Desde los relatos evangélicos hasta los expedientes contemporáneos conservados en archivos eclesiásticos, lo milagroso se sitúa en ese territorio fronterizo donde la fe y la razón se miran con cautela. Para el creyente, es signo de la irrupción de lo divino; para el historiador, un objeto de estudio que revela mentalidades, expectativas y formas de entender lo extraordinario.
La atribución de milagros a los titulares de determinadas cofradías responde a una relación profundamente personal entre el devoto y la imagen sagrada. En muchos casos, el vínculo nace de experiencias íntimas que, al compartirse dentro de la comunidad, van configurando un patrimonio inmaterial de gran valor simbólico. Exvotos que se repiten a lo largo de los siglos, promesas de tomar por vestiduras hábitos penitenciales y otras como acompañar descalzos o de rodillas en las procesiones, son muestras tangibles de esa fe depositada en las imágenes, consideradas por los creyentes como canales de intercesión divina.
Más allá de su verificación objetiva, lo realmente importante es que fortalecen la devoción, cohesionan a la comunidad y perpetúan la vigencia de las tradiciones cofrades. Para muchas generaciones de cordobeses, las imágenes no eran tan solo obras de arte, sino presencias vivas de consuelo, esperanza y protección.

Antiguo cristal tiroteado en el camarín de la imagen de Jesús Nazareno en la iglesia de San Francisco de Baena. / CÓRDOBA
La tradición cristiana ha agrupado los milagros en cuatro grandes categorías: las curaciones, los exorcismos, la resurrección de los muertos y el dominio sobre la naturaleza. Cada una de ellas responde a una antigua tipología heredada de los textos bíblicos y de la hagiografía medieval. Sin embargo, más allá de la clasificación, lo que distingue al milagro reconocido por la Iglesia Católica es el riguroso proceso al que se somete antes de recibir tal denominación.
El primer umbral es la inexplicabilidad científica. La Iglesia parte de una premisa prudente: si un fenómeno puede explicarse por las leyes naturales conocidas, no puede considerarse milagroso. En el caso de las curaciones -las más frecuentes en los procesos de canonización-- se exige que la enfermedad haya sido grave, incurable o de pronóstico extremadamente difícil. La recuperación, además, debe producirse de forma instantánea o muy rápida, sin el lento camino de la convalecencia habitual. No basta con mejorar, sino que la sanación debe ser completa, perfecta y duradera, sin recaídas. Para verificarlo, intervienen médicos independientes, incluso no creyentes si fuese preciso, cuya tarea consiste precisamente en intentar encontrar una explicación natural. Solo cuando fracasan en ese intento, el caso avanza.
Pero la mera anomalía médica no es suficiente. El segundo criterio exige una clara intercesión divina. La Iglesia busca un vínculo directo entre el hecho inexplicable y la oración dirigida a una figura concreta --Cristo, la Virgen María o lo santos-- y para ello se aplica una lógica que podría parecer casi jurídica. De este modo, si se invoca a varios intercesores, la autoría sobrenatural se diluye. En cambio, cuando la súplica ha sido exclusiva y el hecho extraordinario la sigue de manera coherente, el suceso puede interpretarse como una confirmación de la santidad de aquel a quien se ha invocado. Superados estos filtros, comienza el engranaje formal de la investigación, uno de los procedimientos más minuciosos del mundo eclesiástico. Primero se abre la etapa diocesana, en el lugar donde ocurrió el pretendido milagro, recopilando testimonios, historiales clínicos y toda la documentación pertinente. Este trabajo casi detectivesco, cuya duración puede prolongarse en el tiempo, precede a la etapa vaticana.
El expediente viaja entonces al Dicasterio para las Causas de los Santos, donde una comisión médica examina de nuevo la supuesta curación. Si los especialistas confirman que no existe explicación científica convincente, el caso pasa a manos de los teólogos, encargados de evaluar la relación entre el suceso y la invocación religiosa. Finalmente, cardenales y obispos emiten su juicio. Solo entonces, y únicamente mediante decreto pontificio, el Papa puede reconocer oficialmente el milagro.
A lo largo de los siglos, este procedimiento ha ido endureciéndose, reflejo de una Iglesia cada vez más consciente de la mirada crítica del mundo moderno. Lejos de la credulidad que a veces se le atribuye, la institución busca --al menos en teoría-- un hecho que desafíe las leyes naturales conocidas y que, al mismo tiempo, se vincule de forma inequívoca con la oración dirigida a una figura de santidad.
Así, el milagro reconocido no es tan solo un prodigio extraordinario, sino que desde la perspectiva eclesial se trata de signo trascendente que, tras haber superado el cuidadoso escrutinio de médicos, teólogos y prelados, la Iglesia afirma vislumbrar la huella de lo divino en la historia humana.
Exvotos
Sin embargo, al margen del proceso formal, fueron muchos los sucesos extraordinarios que la piedad popular acabó plasmando en los exvotos relacionados con imágenes que han despertado el fervor a lo largo de los siglos. Córdoba no sería una excepción y ya desde mediados del siglo XV las aguas que manaban de una higuera situada en las afueras de la ciudad se ganaron la fama de milagrosas tras la curación de la mujer e hija del cardador Gonzalo García, aquejadas de parálisis y demencia, respectivamente. La noticia se propagó con rapidez y los cordobeses acudieron en masa a aquella fuente santa donde se produjeron más curaciones, encontrándose poco después una pequeña imagen de la Virgen a la que se atribuyeron todas las gracias recibidas. Incluso la reina doña María, esposa del rey Alonso de Aragón, acudió al lugar en 1455 para curarse de sus dolencias, donando tras lograrlo una importante cantidad de oro y joyas con la que se construyó una hospedería para los pobres. Surgía así un importante santuario donde los milagros se testimoniaron en numerosísimos exvotos, algunos tan peculiares como un caimán disecado o la costilla de una ballena.

'Bajá' y subida de la Vigen de la Sierra, en Cabra. / CÓRDOBA
En la provincia, la ermita de Jesús del Calvario en Montalbán fue desde el siglo XVI otro importante foco de peregrinaje al atribuirse a la imagen titular una especial protección de la comarca. Distintos lienzos narran en la antesala de su camarín las sequías, pestes y calamidades en las que fueron atendidas las súplicas genéricas de los lugareños, así como las que a lo largo de los siglos se elevaron a título personal. Así lo hicieron Alonso y Antonio Almagro, Gabriel González y Antonio Villegas que «se encomendaron de corazón a la milagrosa imagen de Jesús Nazareno de la villa de Montalbán que se venera en la ermita del Calvario». Estos vecinos de Montilla, en riesgo de contagio junto a sus familiares, ofrecieron «que si los libertaba de la epidemia pasarían a visitarle y mandarían decirle una misa cantada en su altar». El exvoto que pone nombre a los protagonistas de esta historia y la fecha en 1805, continúa narrando como tras conseguir lo implorado «cumplieron su promesa, llevando este cuadro expresivo que lo pintó y costeó el referido Antonio Villegas» mientras que «el D. Antonio Almagro costeó la misa con Santísimo, sermón, y convite de la Villa».
Un milagro documentado
Situaciones muy parecidas se vivieron en otros santuarios de la provincia. Sin embargo, el milagro de Pedro Martín Pacho, podría considerarse uno de los más impactantes hasta el punto que las propias autoridades civiles conminaron a las eclesiásticas a que reconociesen lo que afirmaban era una inequívoca intervención divina.
Los hechos sucedieron el 24 de junio de 1621 en la persona de un humilde hortelano egabrense que llevaba más de catorce años tullido de piernas y brazos, aquejado de grandes dolores e incapaz de valerse por sí mismo. Aquel día lo llevaron a la ermita de la Virgen de la Sierra a la que profesaba un gran intenso fervor y allí permanecía orando cuando sus acompañantes se ausentaron momentáneamente y el pobre hortelano, inmóvil y solo ante el camarín de la imagen, observó horrorizado como una de las velas que había en el altar cayó iniciándose un incendio. Desesperado, clamó a la Virgen con todas sus fuerzas y en ese momento notó que sus miembros inertes recobraban la movilidad, levantándose enérgicamente para sofocar las llamas, aunque de manera repentina y prodigiosa se extinguieron al instante sin causar daño alguno.
La noticia produjo en Cabra una gran agitación y el cabildo municipal, presidido por el corregidor don Juan Vivero, recogió en sus actas que el hortelano, impedido durante años, había sanado y «vino a pie, corriendo por el camino». El 2 de julio, apenas una semana después del suceso, los regidores acordaron promover ante la Iglesia el reconocimiento de la extraordinaria curación y de otros tantos milagros atribuidos a la Virgen de la Sierra.
Comenzaron las pesquisas de forma rigurosa y el obispo de la diócesis, fray Diego de Mardones, envió a la localidad un juez y un notario apostólico que, en agosto de aquel año, tomaron declaraciones y examinaron cinco prodigios seleccionados -entre ellos el de Martín Pacho- de un conjunto mayor que, según las fuentes, alcanzaba al menos diecinueve sucesos extraordinarios en aquellos meses. El milagro fue reconocido oficialmente en marzo de 1622, dejando incluso huella literaria a través del poeta Jerónimo de Herrera, contemporáneo de los hechos, que con sus versos contribuyó a fijarlo en la memoria colectiva. Cuatro siglos después, aquel suceso extraordinario sigue evocando el clima espiritual de la Andalucía barroca, donde la frontera entre lo cotidiano y lo maravilloso parecía, para muchos, sorprendentemente permeable.
Así ocurre en la historia que narra un pequeño lienzo conservado en la sacristía de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán de esta misma localidad de la Subbética. En esta ocasión serán Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Prisión (el «Señor de las multitudes») y la Virgen de la Soledad, ambas imágenes de gran devoción entre los egabrenses, quienes sean invocados en 1743 por el marino Manuel de Córdoba que teniendo que arrojarse al mar al ser atacado su navío, llegó sano y salvo a puerto a pesar de que no sabía nadar.

Nazareno de Priego: Pintura que muestra el milagro obrado en José Serrano Santaella. / CÓRDOBA
Milagros en la sierra de aras
Tampoco necesitó de estos conocimientos el lucentino Antón Hurtado que, en una fecha indeterminada de la segunda mitad del siglo XVI, se hallaba cautivo en Argel sin que nadie pagase su rescate. Con gran angustia se encomendaba a la Virgen de Araceli, hasta que un día se vio milagrosamente libre de su prisión ante el santuario de la sierra de Aras. Allí dejó como muestra del singular prodigio la antigua y gruesa cadena que aún se mantiene suspendida en la pared como testigo silencioso del pasado.
Este caso refleja el intenso fervor que despertaría la imagen desde su llegada a la ciudad en 1562. No es de extrañar, por tanto, que desde ese momento surgiesen historias de supuestos prodigios como el de la niña extraviada en los alrededores del santuario que, tras una incesante búsqueda en la que no faltaron las plegarias a la Virgen, fue encontrada sana y salva, a pesar de haber pasado la noche en la fragosidad de la sierra.
La pequeña aseguró que una «señora muy guapa» la abrigó con su manto y le cantó canciones hasta que se durmió. Los vecinos de Lucena no tuvieron duda de que la había protegido la Virgen de Araceli. El relato se instaló en el corazón del pueblo, un milagro sin fechas, sin nombres, sin actas notariales, pero vivo en la tradición oral de cuantos veneran la sagrada imagen.
El niño al que cudió la virgen
Por el contrario, otros casos similares sí que se encuentran ampliamente documentados, contando incluso con autores como el carmelita Juan Ruiz que en su obra ‘Ilustre y Noble Villa de Hinojosa del Duque’, editada en 1922, recogía la historia ocurrida en los campos de la Antigua un año antes.
En uno de los cortijos cercanos a la ermita de la Virgen que da nombre al paraje, vivía el matrimonio formado por Gregorio Arellano y Petra Moreno junto a sus dos hijos: el mayor, Ángel, y el más pequeño, Ambrosio, de dos años y medio de edad, que sería el protagonista involuntario de esta historia.
Sucedió que un día de principios de abril, al caer la tarde, el niño se encontraba jugando con un borrego que se adentró en los sembrados de los alrededores del cortijo, propiciando que su acompañante corriese tras de él. Cuando pasadas unas horas, el animal regresó al redil, el niño ya no respondía a las angustiosas llamadas de sus padres. Rápidamente se organizó una batida con todos los lugareños y miembros de la Guardia Civil que se desplazaron desde Hinojosa, pero todo resultó inútil. La noche llegó cerrada, aunque todos aquellos parajes se vieron salpicados por las tenues luces de los candiles y faroles que portaban cuantos buscaban al niño. Durante horas, vecinos y familiares recorrieron los campos en su busca, mientras el frío de la madrugada y la escarcha del amanecer parecían apagar las esperanzas de encontrarlo a salvo.

Tabla que relata la curación de María de los Ángeles González al encomendarse al Nazareno de Priego. / CÓRDOBA
Fue entonces, en la mañana siguiente, cuando el destino quiso cambiar el rumbo de aquella historia. Unos arrieros que atravesaban el camino con sus mulas cargadas rumbo a Peñarroya lo encontraron. Sorprendidos al ver al niño solo en mitad del campo, no tardaron en entregarlo a la Guardia Civil que, de inmediato, lo condujo de vuelta con sus padres. La noticia corrió veloz entre los cortijos despertando una mezcla de alivio, incredulidad y alegría, sobre todo cuando ante los lamentos de su madre, presuponiendo las calamidades que el pequeño habría pasado durante el tiempo en que estuvo perdido, respondió inocentemente que una muchacha lo había cuidado. Pensando que habría sido un sueño o algún delirio de su imaginación infantil, la familia no le dio mayor importancia hasta que llegada la romería de aquel año ocurrió el sorprendente final que llenó al pueblo de alborozo. Cuando los padres acudieron a la ermita con el niño para ofrecer a la Virgen un cordero por el feliz desenlace. Fue en ese momento cuando el pequeño, mirando fijamente a la imagen, la señaló indicando que era la muchacha que lo protegió en aquella angustiosa noche.
El Nazareno de Priego y los milagros
Durante la etapa barroca, las imágenes pasionales despertaron un gran fervor entre los cordobeses, surgiendo numerosas cofradías y hermandades que les rendían culto. Algunas de ellas reflejaban en su advocación algún prodigio como sería el caso de la Virgen del Rayo que la tradición indicaba no sufrió daño alguno tras el incendio provocado en su iglesia del Campo de la Verdad por una tormenta, otras, sin embargo, guardaban en una mayor intimidad los testimonios del milagro. Así nos encontramos como en la penumbra recogida de la sacristía de la antigua iglesia conventual de San Francisco, en Priego de Córdoba, cuelgan tres pequeñas pinturas que, a primera vista, podrían pasar desapercibidas. Sin embargo, estos exvotos constituyen valiosos documentos de la religiosidad popular del siglo XVIII y testimonian la profunda devoción que la ciudad ha profesado durante siglos a la imagen del Nazareno.
Los exvotos pictóricos que, a modo de ofrenda, agradecían un favor recibido, fueron una forma de fijar en la memoria colectiva aquello que los fieles interpretaban como intervención divina. En Priego, estas tablas no solo narran prodigios, sino que también dibujan escenas de la vida cotidiana atravesadas por la fe.
El primero de los cuadros remite al año 1776 y la escena muestra a José Serrano Santaella, vecino de la población, que tuvo el infortunio de caer en un pozo cuando participaba como soldado romano en la procesión de la mañana del Viernes Santo. El texto pintado relata que, viéndose en tan grave trance, se encomendó a Jesús Nazareno, logrando que lo sacaran «bueno y sin lesión».
Por su parte, el segundo exvoto responde al modelo clásico de sanación, uno de los más frecuentes en la iconografía devocional, y nos presenta un drama más íntimo. Doña María de los Ángeles González padecía intensos dolores ciáticos y, según la inscripción, se encontraba desahuciada y sin esperanza de vida. Tras encomendarse a la venerada imagen del Nazareno, quedó milagrosamente curada el 29 de enero de 1789.
Algo similar había ocurrido diez años antes con el hermano Andrés Pareja, vecino de la villa gran devoto del Nazareno cuando, encontrándose también desahuciado por una grave enfermedad, le dirigió sus esperanzadas súplicas y tal y como narra el texto que se lee al pie de la escena representada en el último de los cuadros, obtuvo «milagrosamente sanidad».
Entre prodigios y conversaciones
El fervor que desde el último tercio del siglo XVI comenzó a despertar la advocación del Nazareno en numerosos pueblos de Córdoba propició el que surgieran tradiciones donde la historia documentada y la leyenda piadosa se entrelazan con naturalidad.
Un caso bastante significativo sería el relacionado con la venerada imagen que procesiona en la mañana del Viernes Santo en Pozoblanco y más concretamente con el relato que sitúa su origen en los círculos cultos del Renacimiento italiano. Según esta memoria transmitida, cuando el humanista pozoalbense Ginés de Sepúlveda se disponía a abandonar Italia tras servir en las campañas imperiales, recibió numerosos presentes de sus amistades. Entre ellas destacaba Alberto Pío, príncipe de Carpi, gran coleccionista de arte que, con el deseo de honrarle, lo condujo a su galería ofreciéndole escoger la obra que más le agradase. Fue entonces cuando Sepúlveda, sin vacilar, se inclinó por una talla de Jesús Nazareno de extraordinaria belleza.

Jesús Nazareno de Montalbán, la peregrinación a la ermita del Calvario donde se enceuntra la imagen. / CÓRDOBA
Sin embargo, aquella elección planteó un gran dilema, puesto que precisamente aquella imagen era un recuerdo familiar del que no podía desprenderse el príncipe. Aún así, y comprendiendo que su amigo no deseaba otra cosa, le propuso costear a sus expensas la realización de una copia idéntica, encargándola a un imaginero de gran talento que, según la tradición, se hallaba bajo la amenaza del Santo Oficio, acusado de herejía.
El relato adquiere aquí tintes claramente legendarios, pues afirma que el escultor, mientras trabajaba en la nueva imagen y tremendamente angustiado por el destino que le aguardaba se arrodilló ante la obra casi concluida y suplicó clemencia. En ese momento se oyó una voz misteriosa que le decía: «Dónde, hijo, me miraste, que también me retrataste…». La impresión fue tal que el artista cayó desvanecido y tan solo se repuso brevemente para poder terminar la talla. Así lo hizo y tras una breve oración final, murió en un éxtasis místico, librándose del suplicio inquisitorial. Como huella de aquel episodio y aunque existen rigurosos estudios que desmienten el origen italiano de la talla, la leyenda sostiene que llegó a Pozoblanco con la oreja izquierda deliberadamente sin terminar.
El acabado de las esculturas ha sido también el origen de leyendas que no remitirían a una curación milagrosa sino, precisamente, a todo lo contrario.
La rambla
En la localidad de La Rambla, la imagen de Jesús Nazareno que se venera en la iglesia del Espíritu Santo, fue realizada por el afamado escultor Juan de Mesa en 1622 y desde entonces ha gozado de una gran devoción entre el vecindario. Aunque se presenta vestida a los fieles, posee una cuidada anatomía con articulaciones en los brazos y perizoma perfectamente tallado, tal y como pudo ser conocido de manera amplia en el informe que emitió el IAPH en su restauración de 1995. Con anterioridad, tan solo unas pocas personas vinculadas con su cofradía la habían presenciado desprovista de su túnica y camisón, lo que, sin duda, despertaba la curiosidad de otras muchas que se preguntaban si era cierto que se trataba de una talla completa y no de una imagen de candelero. La leyenda encuadra en este último grupo a un hombre que aprovechando el momento en el que la iglesia quedó vacía después de la última misa quiso desvelar el misterio. Sin embargo, cuando decidido en su osadía se dispuso a comprobarlo quedó instantáneamente ciego.
Mejor suerte tuvo un joven vecino de Iznájar que pasando cada día junto al convento franciscano de Santa María de Jesús de La Hoz, en las proximidades del río Viudera, no distante de Rute, entraba a la antigua ermita de San Roque y en tono burlesco, ponía una rosa en la mano del Cristo con la cruz a cuestas que los frailes allí veneraban. La insolencia se repitió durante un tiempo, siempre aprovechando la soledad de aquel humilde oratorio, hasta que, en una ocasión, cuando entre risas volvía a colocar la flor entre la mano y la cruz, escuchó una voz doliente que le dijo: «¿Hasta cuándo?». Su semblante cambió por completo y en un instante es como si todas sus culpas se presentasen ante sus ojos que no pudieron sino sentirse horrorizados. La tradición narra que, profundamente arrepentido, llevó una vida de oración y penitencia, a la vez que desde entonces la imagen comenzó a ser conocida como Jesús de la Rosa. Con una prendida en su mano recibe culto en la iglesia de San Francisco de Rute y recorre cada año las calles de la localidad en la noche del Miércoles Santo.
Milagros de guerra
Otro tipo de sucesos inexplicables se han venido asociando a determinados periodos históricos donde la fe se presentaba como motivo de esperanza ante distintas calamidades (epidemias, hambrunas, conflictos bélicos…). En un escenario donde la violencia, el miedo y la incertidumbre se hacían presentes, muchas personas interpretaron ciertos acontecimientos como inequívocas señales de intervención divina.
La Guerra Civil fue uno. Iglesias asaltadas, imágenes destruidas y archivos parroquiales perdidos formaron parte de un paisaje de ruptura que dejó una profunda huella en la mayoría de los pueblos cordobeses. Sin embargo, junto al recuerdo de la destrucción, la tradición popular conservó también relatos de signo muy distinto que hacían referencia a los «milagros de guerra», sucesos extraordinarios atribuidos a imágenes pasionales de Cristo y la Virgen. Historias que hablaban de tallas que habían sobrevivido de forma inexplicable a incendios, saqueos o fusilamientos. Para muchos fieles, aquellas supervivencias no eran fruto del azar, sino señales de protección sobrenatural en medio del caos producido por el conflicto bélico.

Virgen de la antigua de Hinojosa. / CÓRDOBA
Ciertamente, uno de los relatos más repetidos es el de imágenes sagradas que aparecieron intactas entre los restos de iglesias consumidas por las llamas. En varios municipios de la provincia, los informes elaborados en los primeros momentos del conflicto dejaron constancia de esculturas ennegrecidas por el humo, pero estructuralmente indemnes. Las propias autoridades llegaron a interpretarlo como providencial, e incluso en lugares donde sí fueron destruidas por las llamas, la silueta que en ocasiones quedaba sobre el muro llegó a considerarse como algo milagroso. Así ocurrió con el Santo Cristo de la Magdalena, que se veneraba en la parroquia baenense de Santa María la Mayor.
Otro tipo de narración frecuente habla de profanaciones frustradas. Testimonios orales, refrendados en algunos casos por lápidas conmemorativas y otro tipo de inscripciones, relataban intentos de destrucción -golpes, disparos o quemas- que no habrían producido el efecto esperado sobre determinadas imágenes sagradas. En el clima emocional de la inmediata posguerra, estos episodios reforzaron la percepción de que algunas advocaciones habían «resistido» de manera extraordinaria.
Bujalance
Así lo encontramos en la iglesia parroquial de la Asunción de Bujalance, donde se conserva una de las imágenes más singulares de la memoria religiosa de la Guerra Civil en la provincia de Córdoba. Hasta finales del siglo pasado, la imagen que corona el retablo de la capilla de San Rafael, era conocida popularmente como el Cristo de los Tiros. Su nombre no era casual ya que, durante los primeros meses de la contienda, el crucificado fue objeto de disparos y pedradas en el contexto de las profanaciones que afectaron al templo.
La tradición local sostenía que la imagen no sufrió ningún desperfecto a pesar de que la pared de la hornacina donde se veneraba delataba múltiples impactos. Aquella estampa --Cristo rodeado por las huellas de la violencia-- alimentó la interpretación providencial del suceso entre los fieles de Bujalance, consiguiendo incluso que el poeta Mario López lo evocase como un «crucificado apedreado al alba», fijando literariamente la escena al describirlo como «asido al muro de las profanaciones (…) en dosel de impactos deicidas».
Tuvieron que pasar sesenta años para que se acabase con aquel mito. La imagen fue restaurada y en el informe se documentaron los daños hechos por el lanzamiento de piedras. Se taparon los desperfectos de la hornacina y, finalmente, se renombró a la imagen como Cristo de la Reconciliación, cerrando así un capítulo propagandístico de supuesto milagro que comenzó a difundir en plena contienda el jesuita Bernabé Copado, capellán castrense de la columna Redondo.
También el Nazareno de Baena quedó envuelto en uno de los relatos más repetidos de la memoria local. La tradición sostiene que, en los momentos de mayor violencia anticlerical, la talla fue tiroteada dentro del templo, en un gesto que simbolizaba la persecución religiosa de aquellos meses. Desde entonces, muchos devotos afirmaron que la imagen había resistido los disparos de forma llamativa, lo que reforzó su prestigio devocional en la posguerra y motivó la colocación de una lápida de mármol en la que se indicaba que a pesar de haber sido perforado el cristal del camarín por once impactos, no le tocó ninguna bala.

Nazareno de La Rambla, procesión de la espectacular imagen de Juan de Mesa. / CÓRDOBA
La documentación es escasa y aunque nunca fue aceptado de forma oficial por la Iglesia diocesana, este episodio sigue formando parte del imaginario religioso baenense, reflejando la manera en que la comunidad interpretó los traumas del conflicto bélico.
Qué duda cabe que, desde una perspectiva histórica, estos relatos deben leerse en su contexto. La Guerra Civil generó una intensa necesidad de sentido y de consuelo simbólico en comunidades profundamente golpeadas.
La atribución de milagros a imágenes pasionales cumplió una función clara: reafirmar identidades religiosas locales y reconstruir la continuidad devocional tras la fractura bélica.En definitiva, los relatos de milagros en Córdoba forman parte de una tradición profundamente arraigada que ha acompañado a sus habitantes a lo largo de los siglos.
Más allá de la veracidad histórica que pueda atribuirse a cada episodio, estas narraciones reflejan la manera en que las comunidades interpretaron su realidad, buscando en lo sobrenatural consuelo, protección y esperanza en tiempos difíciles. Esta herencia espiritual se ha mantenido viva gracias al culto a las imágenes sagradas, que continúa ocupando un lugar central en la religiosidad popular cordobesa. Las devociones transmitidas de generación en generación han consolidado un vínculo emocional entre los fieles y las representaciones de Cristo, la Virgen y los santos, consideradas por muchos como mediadoras de favores y gracias.
En este marco, la Semana Santa se presenta como el momento culminante de esa relación entre fe, tradición e identidad colectiva. Cuando las imágenes recorren las calles, muchos devotos aprovechan la ocasión para cumplir promesas, agradecer favores recibidos o renovar sus votos, manteniendo así viva una tradición que enlaza pasado y presente.
De este modo, unos pies descalzos acompañando al Nazareno, el silencio de un vía crucis o los miles de cirios encendidos que portan anónimos penitentes, nos hablarán de un compromiso ascético y profundo, íntimo, donde las vivencias espirituales de otros tiempos volverán a renovarse, transmitiéndose en el ciclo místico de un mundo que, por frágil, seguirá necesitado de milagros.
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