Semana Santa en Córdoba
El 75 aniversario de la marcha ‘Paloma de Capuchinos’
El cofundado de la Agrupación de Cofradías, pregonero y cofrade ejemplar Francisco Melguizo Fernández compuso en 1951 una de las grandes obras de la historia de la Semana Santa de Córdoba, dedicada a la Virgen de la Paz. La composición se estrenó al año siguiente

Portada de la marcha. / CÓRDOBA
MATEO OLAYA MARÍN
La música procesional cordobesa ha extendido sus bellas páginas desde los comienzos del género, allá por el último tercio del siglo XIX, con las composiciones de Eduardo Lucena o Cipriano Martínez Rücker, entre otros, que hicieron de Córdoba uno de los centros de referencia en una música que entonces no tenía la relevancia de hoy, no por demérito de las obras, sino por la propia conciencia de las cofradías y otros factores.
Durante aproximadamente tres décadas después existió una travesía en el desierto de la que se salió a los pocos años de la finalización de la Guerra Civil. Fue en el período de postguerra, sobre la segunda mitad de los años cuarenta y la década de los cincuenta, cuando la música procesional cordobesa vivió una auténtica época dorada en la que se circunscribe la marcha ‘Paloma de Capuchinos’, del cordobés Francisco de Sales Melguizo Fernández (1915-1998). Entre este año y el que viene se cumple el 75 aniversario -bodas de diamante- del nacimiento y el estreno de esta emblemática composición de la Semana Santa cordobesa.
El contexto musical e histórico
Francisco Melguizo fue uno de los cofrades más importantes de la Semana Santa cordobesa durante el siglo XX. Desarrolló una labor fructífera en el plano institucional de las cofradías, en el diseño e instauración de nuevos modelos artísticos y organizativos y, en el aspecto musical que nos ocupa, dejó para la historia selectas piezas musicales de gran interés.
Con tan solo veintidós años, en 1937, funda una cofradía en torno a un antiguo crucificado que se veneraba en el sagrario de la iglesia de la Magdalena. Se trataba de la hoy clásica e inconfundible hermandad del Cristo de la Misericordia y la Virgen de las Lágrimas y Desamparo, que radica canónicamente en la iglesia de San Pedro.
Siendo hermano mayor de esta corporación y junto con Rafael Díaz Peno diseñan el estilo y la idiosincrasia de la hermandad, introduciendo elementos verdaderamente innovadores. Pero la faceta de Melguizo, por si fuera poco, no quedó en esta cuestión solamente. Sus inquietudes musicales le llevó a fundar en 1940 la capilla musical de la hermandad, una formación que primeramente estuvo dirigida por Luis Serrano Lucena, catedrático y director del conservatorio cordobés, y de la que nacieron destacadas composiciones para culto interno.

Su estreno se produjo en el acto del pregón de la Semana Santa de Córdoba de 1952 celebrado en el salón liceo del cículo de la amistad. / CÓRDOBA
Para esta capilla hizo sus primeras incursiones en el terreno de la composición, al escribir en 1947 una misa solemne de Cuaresma para cuatro voces y orquesta, o el motete eucarístico ‘Pange Lingua’ al año siguiente. Para ella también dejó huella de otra de sus inquietudes y virtudes, la literatura, al poner letra a las plegarias ‘Hecha con espinas’ y ‘Misericordia, Señor’ de Luis Serrano. Asimismo, bajo su mandato se organizó una banda de cornetas en la hermandad, que acompañaba a los Sagrados Titulares indistintamente fuera de Carrera Oficial.
Melguizo, cuyo papel había sido destacado en la creación en 1944 de la Agrupación de Cofradías de Córdoba, era una persona culta y sabia, de profundas convicciones religiosas y con un verdadero sentido del trabajo desinteresado en beneficio de las cofradías y de la sociedad cordobesa. Era un cordobés esencial en la vida cultural y religiosa, que trabó amistad y muy buenas relaciones con la pléyade de músicos y artistas de la sociedad del momento. Su espíritu entusiasta contagiaba a quienes se relacionaban con él y de forma natural fue influenciando en muchos aspectos, como en el musical. Si no, nótese la gran coincidencia que supuso que la primera y única marcha compuesta por el célebre director de la Banda Municipal de Córdoba, Dámaso Torres, fuera dedicada a su hermandad y en concreto al crucificado de la Misericordia, llevando por título ‘Misericordia, Señor’. Con esta composición, se abría un período fecundo y brillante en la marcha procesional cordobesa. Dámaso Torres, natural de Baza, había tomado posesión de la dirección de la banda municipal en 1944 y bajo su batuta, durante treinta años, la banda cordobesa alcanzó su máximo esplendor con importante prestigio a nivel nacional.
Al poco tiempo, a finales de 1947, Pedro Gámez Laserna vuelve a Córdoba, como teniente con grado de director, para ostentar la batuta de la Banda de Música del Regimiento de Infantería de Lepanto número . Así, esta mítica dupla ‘bandística’, conformada entre la banda municipal y la militar a las órdenes de dos directores y compositores de enorme talla artística, era el contexto idóneo para que de ellas emanaran un ramillete de marchas procesionales sobresalientes que marcarían una época.
El favor que origina la marcha ‘Paloma de Capuchinos’
Eran años de auténtica efervescencia cofradiera. Tras la fuerte crisis vivida en la Semana Santa de la ciudad en el primer tercio del siglo, la aparición de distintas cofradías en la postguerra y la recuperación de las ya existentes configuraron una nueva realidad, de verdadera ebullición que contagiaba a distintas disciplinas artísticas entre las que estaba la música.
A la primera marcha ya citada con anterioridad y estrenada en esta nueva época, se le sumó en 1949 la que hoy es considerada como una de las grandes marchas de la historia: ‘Saeta cordobesa’, escrita por Gámez Laserna. Ese ambiente lúgubre y oscuro es fielmente reflejado al año siguiente por Francisco Melguizo cuando firma su primera marcha procesional.
Para la hermandad que él mismo creó y encabezaba todavía entonces, la Semana Santa de 1950 era muy especial pues haría por primera vez estación de penitencia su titular mariana, Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo. Pese al esplendor cofrade que comenzaba a vivirse, los recursos económicos de las hermandades no eran del todo suficientes para afrontar el acompañamiento musical de sus estaciones de penitencia. Ante esta situación, se diseñó un sistema de turnos en los que la banda municipal acompañaría cada año a una hermandad distinta durante su recorrido por la carrera oficial.

Francisco Melguizo, el académico y cofrade que compuso la marcha 'Paloma de Capuchinos'. / CÓRDOBA
Aquel Miércoles Santo de 1950 le tocaba el turno a la hermandad de la Virgen de la Paz, pero Melguizo tenía especial ilusión en hacerle una marcha a su cofradía y que fuera interpretada en la primera salida procesional de la Virgen. Por ello, contando en primer lugar con la aquiescencia de Dámaso Torres, y posteriormente con el permiso del hermano mayor de la corporación de Capuchinos, Antonio Caballo Jiménez (1), Francisco Melguizo propuso hacer una excepción para tan especial ocasión y que la banda municipal acompañara también ese año al palio de la Virgen de las Lágrimas, cuando en realidad el turno le correspondía a la Virgen de la Paz.
Escribe para ello, la preciosa marcha ‘Lágrimas y desamparo’, que se estrenó aquel año y que lució con su irresistible melodía tras el palio de la Virgen. A cambio, la hermandad de la Paz pidió como contraprestación que para el año siguiente hiciera una marcha para la cofradía y que así fuera estrenada por la banda municipal tras el palio de la Dolorosa gubiada por Martínez Cerrillo. Una propuesta a la que accedió gustosamente, como no podía ser de otra forma viniendo de un cofrade apasionado de su ciudad y sus cofradías.
«Un poco músico...»
Para entender la música de Francisco Melguizo, primero hay que conocer qué tipo de músico era, o cuál era exactamente su relación con la música. La clave está en unas declaraciones que hizo en 1987 en una entrevista concedida con ocasión del cincuentenario de la fundación de la hermandad de la Misericordia, cuando dijo: «Como sabéis que soy un poco músico…» (2).
Los conocimientos musicales de Melguizo no le alcanzaron para que le permitiera afrontar todo el proceso compositivo musical con garantías. Sus estudios musicales no pudieron desarrollarse en demasía. Pero sí tenía inquietudes musicales. Una de las facetas que más cultivó en su vida, más allá de su profesión como técnico del cuerpo superior de telecomunicaciones llegando a ocupar puestos importantes como la jefatura regional de telégrafos en Zaragoza y en Sevilla, fue la música, su principal vocación. Era un gran conocedor de este arte. En su bagaje cultural, bastante extenso, brillaba una sabiduría musical sorprendente hasta el punto de que ejerció magníficamente como crítico musical durante mucho tiempo en las páginas del Diario CÓRDOBA, o más adelante cuando se afincó en Sevilla en el periódico ‘El Correo de Andalucía’, firmando bajo el pseudónimo de ‘Clarión’. Asimismo, desarrolló una importante labor de investigación y divulgación musical, impartiendo conferencias y aportando trabajos en distintas publicaciones, fue partícipe de hitos como la reorganización del Real Centro Filarmónico cordobés, entidad en la que llegó a ser su presidente, formó parte como supernumerario de la Real Academia de Córdoba y por su actividad musical lo distinguieron como Caballero de la Orden del Mérito de la República Italiana y socio de honor de la Orquesta Sinfónica de Madrid.
Era, ante todo, un músico de intuición. Él mismo lo explicó claramente en marzo de 1951 en una entrevista concedida a Diario CÓRDOBA, para el estreno de una nueva obra suya: el pasodoble ‘Montera en mano’. Su afición a la música viene de su infancia, cuando a los ocho o diez años «ya me sabía de memoria numerosas obras sinfónicas y de zarzuela, que por aquel entonces interpretaba la banda municipal dirigida por Mariano Gómez Camarero» (3). Su faceta creadora nace más adelante, cuando su «amistad con el maestro Luis Serrano, la fundación de la capilla de la hermandad y la constante atención que comencé a dedicar a la preparación de obras, hicieron nacer en mí las ansias de crear música» (4).
Pero cuando comenzó a intentar componer, se tropezó con que no sabía avanzar en el proceso ante sus limitaciones. Tenía una importante facilidad para dibujar en su cabeza las melodías que diseñaba, hasta el punto de que las podía secuenciar por completo. Al piano traducía aquellas notas y un profesional copiaba en el papel pautado lo que tocaba. Si no podía llevarlo al piano, lo tarareaba (5). Pero no solo tenía la capacidad de escribir la melodía, sino también las voces secundarias y acompañamientos. Era luego el profesional, que como veremos más adelante se trataba de algún músico cordobés con el que guardaba amistad, quien lo llevaba al pentagrama y hacía los correspondientes arreglos e instrumentaciones.

La marcha 'Paloma de Capuchinos' está dedicada a la Virgen de La Paz esculpida por Martínez Cerrillo. / CÓRDOBA
Melguizo afirmaba claramente que «los profesionales que realizan la labor técnica -a los que expreso mi reconocimiento por su probada paciencia- no me dejarán mentir» (6). Es decir, tan pronto como reconocía que su música requería la indispensable participación de un compositor con estudios suficientes para ello, también defendía justamente que las obras eran creaciones suyas porque de él nacían todas las ideas melódicas y el resto de voces. Así fue siempre y nunca lo escondió.
Esta circunstancia sin duda no resta valor a la belleza y calidad de sus composiciones. Probablemente, la clave reside en varios factores. Ante todo la naturaleza culta de su autor y el amplio conocimiento sobre la música universal, así como las importantes convicciones religiosas y su relación estrecha con el círculo cofradiero, constituían el sustrato idóneo para hacer germinar una buena música. En segundo lugar, Melguizo era un hombre sabio y muy inteligente, con una cabeza prodigiosa que tenía la facilidad para imaginar melodías y desarrollarlas hasta trenzar una pieza msical interesante. En otro plano, y atendiendo a su trayectoria en las hermandades, es más que notorio que tenía buen gusto para el arte y un notable sentido de la elegancia. Y, por último, su nombre era muy preciado por los músicos profesionales, con los que mantenía una extraordinaria relación y a los que siempre apoyó.
La marcha 'Paloma de Capuchinos'
Así, siendo un poco músico, ideando la música en su cabeza y llevándola al pentagrama otro compositor, nació su primera marcha ‘Lágrimas y desamparo’ y la que surgió a raíz de ésta y que nos ocupa en este trabajo: ‘Paloma de Capuchinos’.
Melguizo, como decíamos anteriormente, recibe este encargo y así responde al compromiso que adquirió como consecuencia del favor que pidió el año anterior. La marcha la firma en 1951, como así reza en la partitura original. Tanto la primera, como la segunda, fueron arregladas e instrumentadas por el eximio compositor y violinista Enrique Báez, quien entonces formaba parte de la banda municipal de Córdoba como percusionista. Han existido algunas atribuciones distintas en la instrumentación, pero lo cierto es que, como bien informa la familia, la pieza fue armonizada originalmente por Enrique Báez, si bien con posterioridad la marcha se interpretó por la banda de música del Regimiento de Lepanto número 2, dirigida por Pedro Gámez Laserna, lo que explica que éste realizara una transcripción de la misma a la plantilla de su propia formación musical.
En este sentido, uno de los hijos del autor, Miguel Ángel Melguizo Gómez, recuerda aquellos días de forma clara: «Recuerdo perfectamente, aunque solo tenía seis años, ver a mi padre y a don Enrique Báez Centella sentados, en mi casa, delante del piano corrigiendo, entonando y escribiendo la parte central de trompetas y trombones» (7). Abundando en esta cuestión, es clave determinar la fecha concreta del estreno y la banda que lo protagonizó. Existen algunos datos contradictorios publicados al respecto, pero en la labor de recopilación y documentación para este artículo ha sido providencial encontrar precisamente la referencia en prensa del estreno absoluto de la marcha.

La Virgen de la Paz fue coronada en 2022. / CÓRDOBA
El estreno
Su estreno aconteció en el acto del pregón de la Semana Santa de Córdoba de 1952, celebrado en el salón liceo del Círculo de la Amistad. La exaltación tuvo lugar el 29 de marzo y corrió a cargo de Pedro Palop Fuentes. Como bien ilustra el Diario CÓRDOBA en una noticia publicada en el número del 28 de marzo, bajo el título «Mañana se celebrará el pregón de Semana Santa en el Liceo», el acto se desarrolló en este noble espacio comenzando a las siete y media de la tarde. La primera parte estuvo consagrada a la música: «como primera parte de la velada, actuará la Banda de Música del Municipio, que, bajo la dirección de d. Dámaso Torres García, interpretará el siguiente programa de marchas fúnebres dedicadas a las imágenes cordobesas: ‘Lágrimas y desamparo’, F. Melguizo; ‘Paloma de Capuchinos’ (estreno), id; ‘Virgen de las Angustias’ (estreno), E. Báez; ‘Cristo de la Buena Muerte’, P. Gámez Laserna (dirigida por su autor; ‘¡Misericordia, Señor!’, Dámaso Torres» (8). Precisamente, se interpretaron todas las marchas escritas, hasta la fecha, en aquella etapa musical dorada de la postguerra a la que hacíamos alusión al principio. ‘Paloma de Capuchinos’ se estrenó junto con la primera marcha de Enrique Báez, ‘Virgen de las Angustias’. El hecho de que fuera la banda municipal quien llevó a cabo el estreno, refuerza más si cabe que la instrumentación original de la marcha de Melguizo recayera en Enrique Báez, integrante de la formación munícipe. La marcha rebosa elegancia y solemnidad desde el primer al último compás. Se trata de una composición con un aire triunfal comedido, donde dominan los pasajes luminosos y gráciles que evocan la hermosura y el casticismo de la Virgen de la Paz, denominada popularmente como la Paloma de Capuchinos, debido a la presencia abundante de palomas en el palio antiguo y al nombre de la plaza donde radica la hermandad.
La composición
Comienza con una introducción decidida y en fuerte, en la tonalidad de sol menor, a modo de anuncio con un marcado acento castrense que acompañará toda la obra. En este primer pasaje se percibe un juego entre tono menor y mayor que aparecerá en otras partes y que genera delicados giros en la expresión de la música, como si el autor quisiera siempre enfatizar más el tono mayor alegre, que el menor, más triste. El motivo melódico de la introducción se desarrolla en el primer tema que se expone brevemente, con la voz cantante de las maderas en piano en un fraseo menos enfatizado y más reposado.
Seguidamente, la marcha entra en una nueva sección, contrastante de la anterior. Modula la composición a sol mayor, y en fortísimo, donde ya rige una atmósfera triunfal en una pequeña fanfarria de los metales, a los que las maderas responden con dulzura en una progresión que con su ‘crescendo’ correspondiente desemboca en una nueva exposición de la fanfarria. Es cuando llega uno de las partes más singulares y reconocibles de la marcha, donde las dos voces de trompetas entonan, en sol mayor, unas llamadas de sutil cariz militar a las que se sobrepone el contra canto de flautas, oboes, requintos y clarinetes, en registro más agudo en un juego de pregunta y respuesta.
Tras la repetición de esta llamada de trompetas, sobreviene un trío, más breve de lo normal en estas composiciones, que comienza en piano en el relativo menor (mi menor) pero que a los pocos compases retoma la tonalidad madre, en mayor, y que con su repetición en fuerte enlaza de nuevo con el pasaje conocido de las llamadas de las trompetas. Éste vuelve a reexponerse pero sin repetición, para alcanzar la coda final que, con toda la banda en fortísimo, llega al clímax con el sol mayor que ha dominado casi toda la composición, en unos últimos compases triunfales que culminan «pesantemente», como indica el autor, queriendo subrayar con ese «ritardando» el final de una marcha que fue concebida para que la belleza se abriera camino entre la sencillez y sobriedad musical.
Como no podía ser de otra forma, la primera grabación de la marcha la realizó en 1981 la Banda Municipal de Córdoba, dirigida por Luis Bedmar, en su trabajo ‘Marchas procesionales de Córdoba’. La segunda grabación la hizo en 1983, aunque publicado al año siguiente, la mítica Banda del Soria 9, cuando era dirigida por Pedro Morales, muy amigo del autor, en su disco ‘Nuevas marchas cofradieras’. También Soria 9, bajo la batuta de Abel Moreno, la incluyó en 1992 en el primer volumen de su trabajo dedicado a la Semana Santa de Córdoba. En 2004 fue la banda municipal de Huévar, que entonces acompañaba a la Virgen de la Paz, quien la registró en su disco ‘25 años de Pasión’. En los siguientes años fue grabada por las bandas del Ateneo Musical de Écija (2005), de la agrupación Pascual Marquina de Montilla (2007) y de la agrupación cultural del Cristo del Amor de Córdoba (2009) (9).
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