Opinión | Política
Rafael Caro Ruiz
Dos países
En el curso de un debate televisado con motivo de las primarias del partido socialista de 2016, Patxi López lanzó a su entonces adversario, Pedro Sánchez, una pregunta envenenada: «¿Tú sabes, Pedro, lo que es una nación?», le espetó pese al guante blanco habitual en los procesos de primarias -alguna sospecha albergaría su contrincante sobre la cuestión- a lo que Sánchez respondió que «un sentimiento que tiene muchísima ciudadanía, por ejemplo, en Cataluña o el País Vasco por razones culturales, históricas o políticas». Todo un tratado de ciencia política, como cabe ver, dando por sentado que el resto de los españoles carecíamos de igual sentimiento con respecto a España.
Pedro Sánchez sigue enredado en la cuestión pese a la legión de asesores monclovitas que le marcan el paso, oponiendo el país Cataluña al país España, ambos prósperos y felices gracias a sus políticas, según añadió.
No hay que escandalizarse por el uso del término país, que es polisémico. Puede aplicarse a un paisaje natural o a una región de características singulares, pero también a un estado soberano. Depende, obviamente, del contexto en que se sitúe la expresión.
Y es evidente que en el foro parlamentario en respuesta a una separatista catalana radical la referencia a «nuestros dos países» no puede tener más que un sentido: otorgar carta de naturaleza a la existencia de dos entes políticos iguales y paralelos, o sea, España de un lado y su «vecina» Cataluña de otro.
No se conoce, o al menos no conozco yo, que el máximo dirigente ejecutivo de un Estado soberano ponga en cuestión su integridad territorial y política, salvo la Unión Soviética en 1991 inmersa en una hecatombe histórica que condujo a su desintegración.
Es del todo inconcebible que, con tal de permanecer tres días más en el poder, un dirigente anteponga sus propios intereses de vuelo corto a los de la nación que gobierna.
Lo que ocurre es que Pedro Sánchez no es un gobernante al uso más o menos radical, sino otra cosa, una rareza histórica solo comparable con un dictadorzuelo del tercer mundo incardinada anómalamente en el modelo democrático europeo.
Hasta dónde puede llegar Sánchez queda claro en el espectáculo del Comité Federal de su partido de 2016 con la urna escondida, conocido, pero nunca visualizado hasta ahora que marca sin duda el nivel de sus escrúpulos políticos y morales. Sánchez carece de líneas rojas. Y hará cuanto esté a su alcance como el jabalí herido para morir matando. Nos espera un año cargado de incertidumbres.
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