Opinión | Política
Carlos Galán García-Hortelano
Trump, Maquiavelo y el relativismo
El pasado 3 de enero, Estados Unidos realizó un ataque sorpresa en Venezuela para detener a Nicolás Maduro, bajo el pretexto de que se trata del líder de una narcodictadura denominada el Cartel de los Soles.
Este evento desencadenó una oleada de reacciones opuestas en todo el mundo, desde la celebración a la preocupación. Yo, por mi parte, aun alegrándome por la posible liberación del pueblo venezolano, considero que este episodio establece un precedente peligroso para los próximos años y supone un ataque directo a la multilateralidad que hasta ahora había regido las relaciones internacionales. Mi postura se apoya en una premisa clara y deliberadamente incómoda: el fin nunca justifica los medios, aunque haya quienes sostengan que, en determinadas circunstancias, sí lo hace. Esta idea lleva inevitablemente al pensamiento de Maquiavelo, para quien acciones moralmente reprobables podían considerarse legítimas si servían para evitar un mal mayor. Sin embargo, surge una cuestión fundamental, ¿quién define qué constituye ese ·mal mayor»? ¿Desde qué posición y en beneficio de quién? Evidentemente, no será el mismo «mal» para China y Rusia que para Estados Unidos. Entramos así en el terreno del relativismo, donde no existen verdades absolutas, sino interpretaciones interesadas de la realidad. La combinación de ambas ideas, el fin justifica los medios y el relativismo, constituye, a mi juicio, el caldo de cultivo perfecto para el abuso de poder. Desde un punto de vista relativista, Estados Unidos, Rusia y China poseen verdades distintas acerca de lo que ocurre en Venezuela. Además, si atendemos a la moral maquiavélica donde el fin justifica los medios, deberíamos justificar las acciones de cada uno de ellos en función de su propia realidad, ya que, como afirmamos anteriormente, el «mal mayor» de cada actor es diferente. Esto me parece un punto de inflexión importante para las relaciones internacionales, ya que Rusia argumentó una estrategia similar para invadir Ucrania a la que ahora Donald Trump utiliza para Venezuela. Cuando relativizas la realidad, te permites moldearla a tu gusto; de este modo, obtienes la libertad de crear un relato en el que otros Estados, como Colombia, México o incluso Groenlandia, necesiten también una intervención para evitar un «mal mayor» bajo el pretexto del narcotráfico o de la seguridad nacional, un mal que ha sido definido por Estados Unidos en la fabricación de esta nueva realidad. Pero esto no solo atañe a Estados Unidos, sino también a Rusia, que podría reclamar antiguos territorios de la URSS, o a China con Taiwán, como ya hizo en 2020 en Hong Kong, donde, bajo el pretexto de una Ley de Seguridad Nacional tras las masivas protestas de 2019, acabó de facto con el principio de «un país, dos sistemas» vigente desde su cesión por el Reino Unido en 1997. Por todo ello, es profundamente peligroso todo lo ocurrido, ya que sienta un precedente que permite al poderoso atacar al débil bajo el pretexto de una realidad construida a su conveniencia, en la que un fin «creado» justifica cualquier acción o intervención. En mi opinión, las acciones deben juzgarse por sí mismas, no por sus consecuencias.
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