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Opinión | Entre visillos

Una dama en su paraíso

En recuerdo de Regina Soltura, la bilbaína cosmopolita que estableció su hogar cordobés en la Huerta de los Arcos

La reciente lectura en este periódico de un interesante reportaje sobre la Huerta de los Arcos, firmado por Antonio Jesús González, gran historiador del fotoperiodismo y mago de la cámara, me ha hecho recordar a la última dueña de tan magnífico enclave en la falda de la Sierra, una dama muy especial. Se trata, o más bien se trataba, porque murió allá por 2004 en su Bilbao natal, de Regina Soltura Longa, la última superviviente de una saga vasca de alto copete y de un mundo que quizás se fue con ella; una mujer cosmopolita y culta tan fascinada por Córdoba y por mantener la tradición familiar que la vinculaba a su hermosa finca de recreo, que siguió visitándola hasta el final, convertida ya en casi centenaria (o sin casi, porque debió de nacer en los primeros años del siglo XX, aunque ni revelaba su edad ni nadie se atrevía a cometer la grosería de preguntársela). Regina Soltura, sentimental y previsora, amaba tanto su Huerta de los Arcos –cuyas estancias y jardines habían acogido desde mediados del XIX a reyes y celebridades- que su sombra aún se proyecta sobre el lugar. Fallecida sin descendencia, legó su considerable fortuna a la Fundación Belrespiro, que creó en 1996 con sede en Getxo para ayudar a instituciones solidarias, y esta a su vez cedió la hacienda –ya muy mermadas las tierras por ventas sucesivas- a Funlabor, una entidad local que da trabajo a personas discapacitadas.

El nombre de Lucía Regina Soltura no dirá mucho en esta ciudad, porque no se prodigaba en sociedad fuera de los muros de su paraíso privado. Pero sí que lo abría a quienes –bien escogidos- mostraran interés por conocerlo; y guardaba con orgullo un libro firmado por nobles, artistas y bohemios. Ella misma, liberal y nada mojigata, llevaba en la sangre un ramalazo de bohemia, heredada de su tío José María Soltura, diletante en cafés madrileños y vieneses de la Belle Époque e íntimo de Unamuno, de Ramón Carande y de Julio y Enrique Romero de Torres. A esta última amistad debía en parte la familia su preciada posesión cordobesa, porque a Enrique acudió Agustín Soltura, médico perteneciente a una notable estirpe de banqueros, cuando trabajando en París diagnosticaron tuberculosis a su hijo mayor, Fernando, y le aconsejaron la Sierra cordobesa como el lugar más propicio para la cura. Enterados los Soltura por los hermanos Romero de Torres de que, a la muerte del marqués de la Vega de Armijo en 1908, sus herederos estaban dispuestos a desprenderse de la finca, la visitaron y no dudaron en adquirirla y habitar sus bellos salones de resonancias nazaríes.

No pudieron salvar la vida de Fernandito, cuya desaparición a los siete años dejó a Regina como hija única y niña solitaria. Pero por entonces la riqueza natural y artística de estos parajes había calado tan hondo en los vascos que no dejaron de visitarlos en cuanto podían. Mientras, afianzaron los lazos con Julio y Enrique. El tío José María fue en 1919 el artífice de la primera exposición individual de Romero de Torres, celebrada en el Majestic Hall de Bilbao, lo que además le permitió retratar allí a todo el que era alguien. También, cómo no, a una Regina adolescente que posó con largas trenzas junto a su madre, Serafina Longa Larrínaga, emparentada con unos ricos navieros de Liverpool. Juntas viajaron a Roma y otras ciudades europeas antes de su matrimonio con un joven aficionado al golf y a las avionetas con quien siguió recorriendo países y continentes hasta su muerte en un accidente aéreo. Una segunda boda, con un argentino, amplió su cosmopolitismo y su práctica de los deportes –era campeona en tenis y natación- durante una larga estancia en Buenos Aires. Después regresó a sus primeras querencias y, por primavera, a la Huerta de los Arcos. En ella, por mediación de su amiga Mercedes Valverde, tuve ocasión de entrevistar a esta gran mujer, menuda y hospitalaria, que, ya muy mayor, guardaba en su mirada azul la nostalgia de otros tiempos.

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