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Opinión | Firma invitada

Tener siempre a mano el mar

Cuenta una buena amiga que la primera vez que salió de la ciudad en la que nació, donde ahora vive, sintió que le faltaba el aire, le costaba tanto respirar como cuando sufre un ataque de asma.

La asfixia se debía a que no veía el mar, el lugar al que sus padres la habían llevado en un viaje familiar en coche por las carreteras de una Castilla que entonces se apellidaba La Vieja estaba en el interior, carecía de la costa que ella estaba acostumbrada a recorrer, sus acantilados quebrados, sus playas de arena fina rodeadas de dunas que en las excursiones escolares ascendía con sus compañeras como si fueran montañas, sus aguas enfurecidas, siempre frías, sus fuertes mareas, sobre todo las de septiembre, su olor a salitre, ese aroma imposible de replicar, es como el petricor, no hay frasco que pueda contenerlo y su luz de infinitos matices, capaz de pasar del gris metálico a ese azul verdoso que se vuelve celeste en unos pocos segundos, los mismos que dura la fase total de un eclipse de sol.

Tras recuperar el aliento, mi amiga se preguntó cómo podía la gente vivir así, rodeada de basta tierra, sin un horizonte al que mirar en busca de la calma que solo se alcanza al llegar a esa línea invisible en la que el mar se confunde con el cielo.

De vuelta en casa, es probable que olvidara pronto -la memoria de la infancia es paradójica, efímera en el momento en el que el recuerdo se forma y persistente después, cuando vuelve a nosotros, es nuestro amparo al entrar en la vejez- lo que había experimentado, eso que ahora cuenta como si lo estuviera viviendo de nuevo, quizás lo sienta, tal vez siga ahogándose lejos del mar y por eso decidió regresar, dejar su adorado Madrid, al que, por otro lado, ya no reconocería.

Aunque Georges Perec tituló uno de sus mejores libros La vida instrucciones de uso, no hay reglas para ese fin, pero sí seres que nos acompañan cuando ya no están, como Belén, que antes de morir le dejó a Jose, su pareja, un manual de recomendaciones, entre ellas: «Tener siempre a mano el mar». Lo dice Ida Vitale en unos versos preciosos: «El azar, ese dios extraviado que libra su batalla, fuego a fuego, no está solo escondido en la batalla: a veces un gorjeo lo delata y, sobornado, entonces admite durar un poco en la alegría».

Fue ventura gozosa que el mismo día que mi amiga evocó aquella anécdota de su infancia y Jose la instrucción número 76 de Belén yo leyera esto que E. B. White escribió en 1941: «El mar contesta todas las preguntas y lo hace siempre del mismo modo; porque cuando uno lee en los periódicos sobre las discusiones interminables y las disputas y las predicciones y los disturbios, los desacuerdos y las decisiones fatídicas y los acuerdos y los planes y los programas y las amenazas y las contraamenazas, en ese momento cierra los ojos y el mar descarga una enorme ola más en la serie ininterrumpida que se ha sucedido desde el comienzo del mundo y se encrespa y rompe y regresa echando espuma y dice: ¿Ya?».

Vuelvo a la rutina, tomando prestado el hermoso título de la novela de Carme Riera, «te dejo, amor, en prenda el mar».

*Periodista y escritora

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