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Opinión | Paso a paso

Edad creadora

A Ridley Scott le sorprendieron hace unos días dibujando mientras hablaba por videollamada. Empuñaba un rotulador grueso y, en vez de entregarse a la liturgia retrospectiva que reservamos a los hombres de su edad, iba trazando los planos de lo siguiente. Scott tiene ochenta y ocho años. Acaba de estrenar una película y ya prepara otra. Lo verdaderamente insólito no es que continúe trabajando, sino que a nosotros nos resulte insólito que alguien con ochenta y ocho años conserve futuro.

Nos han acostumbrado a imaginar la vida como una escalera que, pasada cierta edad, sufre una curiosa mutación administrativa: deja de conducir hacia arriba y empieza a llamarse decadencia. Hay años para aprender, años para prosperar, años para criar hijos y, finalmente, un vestíbulo donde al individuo se le administran revisiones médicas, descuentos, viajes organizados y una pedagogía amable de la renuncia. Cuando alguien mayor anuncia un proyecto ya casi nadie pregunta en qué consiste; se le felicita por la energía, una manera cortés de recordarle que, según el calendario, debería estar exhausto.

Scott parece poco dispuesto a aceptar esa ceremonia de despedida. Mientras otros ordenarían homenajes, él ordena escenas. Mientras podrían interrogarle acerca del legado, él dibuja un barco que todavía no existe. Y hay en ese gesto algo más interesante que la longevidad: la negativa a vivir únicamente de espaldas al porvenir. Porque quizá uno no envejezca cuando el cuerpo empieza a pasar factura, sino cuando todos los verbos importantes comienzan a conjugarse en pasado.

Cicerón escribió sobre la vejez hace más de dos mil años y puso en boca de Catón una sospecha incómoda: muchas miserias que atribuimos a la edad pertenecen, en realidad, al carácter. Desde entonces hemos conseguido prolongar la vida, pero no nuestra imaginación sobre lo que cabe hacer con ella. A los viejos -palabra que también hemos envuelto en celofán por si ofende- les ofrecemos cuidados, entretenimiento e instrucciones para no caerse; pocas veces se nos ocurre preguntarles qué demonios quieren empezar todavía.

No hace falta dirigir una película a los ochenta y ocho. Basta quizá con aprender un idioma, plantar un árbol, reconciliarse con un hermano, volver a estudiar, enamorarse sin pedir perdón, visitar por fin aquella ciudad postergada durante treinta años o abrir un cuaderno en blanco. La importancia del proyecto es secundaria. Lo decisivo es conservar algún futuro sin estrenar.

Por eso me gusta imaginar a Ridley Scott inclinado sobre sus dibujos. No como un anciano prodigioso -expresión que ya contiene su migaja de condescendencia-, sino como un hombre ocupado. Tiene ochenta y ocho años, sí; pero encima de la mesa hay una película que todavía no existe. Y mientras quede algo pendiente para mañana, por humilde que sea, la vida conserva una habitación donde nadie ha apagado todavía la luz.

*Mediador y escritor

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