Opinión | Calma aparente
Malmuerta
El lunes se anunció la restauración de la Torre de la Malmuerta; el martes, el presidente de la Gerencia Municipal de Urbanismo evitó dar plazos sobre la ejecución del proyecto: señoras y señores, he aquí una muestra más de auge y caída de una ilusión. Aunque no creo que nadie se llevase las manos a la cabeza. Este tipo de amagos, en política, son tan habituales que solo constituyen más madera para chistes. Aun así, confío en que, tarde o temprano, se termine cumpliendo el plan previsto, lo que no sé es si viviré para contarlo.
La Torre de la Malmuerta es uno de esos monumentos de Córdoba que, sorprendentemente, no suelen introducirse entre las recomendaciones turísticas. Le pasa lo mismo, por ejemplo, a la iglesia de Santa Victoria. Los forasteros dan un respingo al toparse con ellos. En el caso de la torre, solo su nombre ya justificaría un mejor estado de conservación; tanto desde el punto de vista literario como publicitario, me parece sublime. Es una fortificación de una belleza clara y rotunda, sin subterfugios, sin recovecos. Las florituras se reservan para las leyendas relativas a su origen, ninguna de las cuales, como es lógico, culmina con la plácida muerte de una mujer mientras dormía la siesta. Un arco de medio punto la mantenía unida a la muralla de la ciudad, y este, actualmente, constituye una zona de paso que separa Colón de Ollerías; además, los días de lluvia sirve como refugio mientras uno espera a que el semáforo se ponga en verde. Pero, a pesar de su encanto, diría que se cruza con más cautela que regocijo. Por un lado, el suelo de la plaza está en un estado lamentable; las junturas entre adoquines son abismos; sin duda, no se tramitan más reclamaciones por caídas porque la maraña burocrática es perfecta, es decir, disuasoria. Por otro lado, entre los picotazos de las palomas y el paso del tiempo, la torre va a terminar convertida en un queso gruyer; la piedra de cantería con la que se construyó empieza a parecer arena de playa. Los restos de la muralla tiznan las suelas de nuestros zapatos.
Lo peor de las declaraciones del presidente de la GMU no es la inconcreción en cuanto a los plazos, sino la afirmación de que la torre no requiere una intervención urgente, puesto que evidencia una ceguera manifiesta. Quizá sea necesario que un cascote fracture un cráneo para que la restauración se tramite con mayor celeridad. Porque lo cierto es que, al pasar por allí, pienso lo mismo que después de un aterrizaje: la vida me ha dado otra oportunidad. ¿Tendrá la Malmuerta un final de leyenda?
*Escritor
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