Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna libre

¿Qué te han enseñado estas vacaciones?

Durante el día a día vivimos muchas veces en modo supervivencia. Vamos de una cosa a otra, acumulamos obligaciones, respondemos mensajes mientras hacemos otra tarea y llenamos cualquier espacio vacío con algo que hacer. Y lo curioso es que, cuando llevamos demasiado tiempo funcionando así, podemos llegar a no ser conscientes de cuánto estrés estamos acumulando.

En consulta veo con frecuencia personas que llegan con problemas de sueño, molestias digestivas, dificultades para concentrarse, olvidos, dolores de cabeza o una sensación constante de cansancio. Estos síntomas pueden tener muchas causas y no todo se explica por el estrés. Pero, en ocasiones, nuestro cuerpo también nos está señalando que el ritmo que llevamos merece una revisión. El problema es que parar no siempre resulta fácil.

Porque no todos podemos hacer las maletas y marcharnos al Tíbet para encontrarnos a nosotros mismos. Tenemos trabajos, familias, responsabilidades, horarios y una vida que continúa cuando termina el verano. Por eso, quizá las vacaciones pueden servir para algo más que descansar. Pueden ayudarnos a observarnos.

Este verano he conseguido desconectar unos días. No han sido muchos, pero sí los suficientes para tomar conciencia de algo. No sé si ha sido estar en el pueblo, bañarme en el río, estar en contacto con la naturaleza, comer productos locales o, simplemente, pasar unos días sin cobertura. Probablemente haya sido la combinación de todo.

Pero ocurrió algo curioso: volví a sentir que tenía cierto control sobre mis horas. Dormí lo que necesitaba. Me bañé en agua fría. Pasé tiempo en la naturaleza. Hice cosas sin mirar constantemente el reloj. Y, sobre todo, volví a conectar conmigo. Entonces pensé en algo que veo con frecuencia en consulta: quizá muchas veces no somos conscientes de cuánto necesitamos parar hasta que paramos.

Cuando vivimos durante mucho tiempo bajo presión, podemos acostumbrarnos a funcionar en automático. Hacemos lo que toca, cumplimos, producimos, resolvemos y seguimos adelante. Hasta que, en algún momento, podemos empezar a sentirnos desconectados de nosotros mismos, de lo que necesitamos e incluso de aquello que daba sentido a nuestra vida.

No estoy diciendo que tengas que venderlo todo y marcharte al Tíbet. Pero sí creo que esta vuelta de vacaciones puede ser una buena oportunidad para hacernos algunas preguntas. Si has conseguido desconectar estas vacaciones, ¿qué has podido hacer que crees que necesitas mantener cuando vuelvas a la rutina?

Quizá has vuelto a leer, has retomado el deporte, has pasado más tiempo en la naturaleza o has tenido conversaciones sin mirar el móvil… O quizá, simplemente, has conseguido tener un rato al día en el que no tenías que hacer nada. Y hay una segunda pregunta que me parece todavía más importante: ¿Cómo podrías mantener algo de eso cuando vuelvas a tu vida cotidiana?

No se trata de intentar convertir septiembre en agosto ni de mantener permanentemente el ritmo de unas vacaciones. Se trata de identificar qué necesidades han aparecido cuando hemos tenido espacio para escucharlas y buscar formas realistas de atenderlas durante el resto del año. Porque muchas veces la vuelta a la rutina pesa precisamente porque supone romper con hábitos que nos estaban sosteniendo.

Por eso, quizá este septiembre no necesitamos empezar de cero, ponernos veinte objetivos nuevos ni convertirnos en nuestra mejor versión. Quizá solo necesitamos preguntarnos qué queremos llevarnos de estas vacaciones y empezar por ahí.

*Psicóloga sanitaria especializada en relaciones y comunicación.

TEMAS

Tracking Pixel Contents