Opinión | Cerca de Ítaca
Hace noventa años
Acabo de terminar de leer un libro que recomiendo especialmente de Juan Eslava Galán, La Historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie, que tiene su antecedente, A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales, escrito durante tan terribles acontecimientos, que le costó tener que auto exiliarse en Londres porque sabía que estaba condenado en los dos bandos contendientes: el Republicano por criticar los asesinatos que estaban cometiendo los anarcosindicalistas, a los que se les armó sin control alguno, y el Nacional, por denunciar lo mismo que se llevaba a cabo, por parte del Ejército, de los falangistas y requetés. También la novela histórica, que se desarrolla en Baena, escrita por parte de nuestro paisano Manuel Piedrahita, El olivar de las ánimas, cuya trama transcurre en dicha localidad, antes, durante y después de la contienda, y en la que los personajes son un grupo de amigos de la niñez, de diferentes ideologías, que acaban enfrentados como enemigos irreconciliables. Un reflejo del cuadro de Goya de los dos majos embarrados hasta casi las rodillas que se acometen violentamente sin ningún tipo de piedad.
La transición, con sus luces y sus sombras, se distinguió por una actitud de generosidad por parte de todos los actores políticos, donde llegaron al consenso de que necesariamente había que pasar página y laminar las heridas de una Guerra Incivil, de una violencia inimaginable antes. A esta le precedió un siglo XIX convulso, con una reata de Borbones indeseables y degenerados en todos los aspectos, unos desequilibrios sociales y económicos, contrarios al Derecho y a la Moral, donde la pobreza, la indigencia, convivía con el lujo y derroche de una aristocracia industrial y burguesa floreciente; en su miserable existencia, apenas podía sobrevivir. Unos territorios históricos, mimados por los políticos, que exigían y siguen exigiendo el santo y la limosna, con el chantaje de una independencia imposible, que tampoco ellos quieren, por mucho que ladren. Una Primera República que nació prematura y que no resolvió el problema cantonal, hasta enterrarla, que Don Benito Pérez Galdós, en el episodio de Cartagena, la analiza brillantemente, y que murió por inanición, sin que nadie la matara. Y ya una Segunda República burguesa liberal, nacida en unas elecciones municipales, que ganó en las grandes ciudades pero perdió en el cómputo general, y que cuando la gente se tiró a la calle a celebrarla como el maná bíblico, el Rey salió corriendo con todo los que pudo arramplar precipitadamente, despidiéndose a la francesa, en el más puro espíritu borbónico de sus antecesores. Como decía, Chiquito: «¡Hasta luego, Lucas!».
Y entonces vieron las gentes de orden de aquella época, «que eran muchos para mandar y pocos para obedecer». Y el odio atávico, ancestral, de lucha de clases, de envidia soterrada durante siglos, marcada en el alma colectiva; afloró con su rostro más diabólico y terrible, en sucesos que han quedado plasmados en reportajes y fotografías que se te ponen los pelos de punta hoy, aunque hay que enmarcarlos en esos momentos históricos, en su propia dimensión. Todo ello dio paso a un Frente Popular, a una tiranía del proletariado, y su enfrentamiento con las clases privilegiadas, que se negaron a ceder ni un ápice de sus privilegios y su poder económico y social, sobre todo en una España eminentemente rural, con el arma de la marginación y el hambre como represalia.
En resumen, todos los actores del momento positiva o pasivamente levantaron «el muro», que según mi opinión abocó a lo antes descrito: un levantamiento militar para proteger la propiedad privada agredida, la Iglesia y el Ejército, y la pérdida de la Monarquía, y por contra, una Revolución libertaria, proletaria, anarcosindicalista y comunista, armada sin control alguno por el Gobierno, tanto a idealistas, gente honesta como delincuentes, cuando vaciaron las cárceles. Un choque de trenes a gran velocidad, donde el terror se instaló durante casi tres años en esta piel de toro.
Para que un gallego pícaro, sin alma y su Corte de los Milagros, se hiciera el dueño del Cortijo durante cuarenta años, más una interminable posguerra preñada de sangre y venganza, sin perdón alguno a los perdedores, en nombre de un Dios cruel y despiadado. Y porque existe la muerte, porque si no, aún seguiría dando matraca.
Por mi parte no tengo más remedio que desconfiar de quienes los esgrimen y usan como bandera política. Sean del signo que sean. Demuestran que no quieren a España. Es mejor hablar de reconciliación, diálogo, consenso, y volver al espíritu de la Transición. Aunque no se obtenga tanto rédito electoral.
Sentados en una mesa todos los actores políticos, económicos y sociales actuales, imitando a nuestra Selección Española. Unidos somos invencibles. Históricamente lo hemos demostrado. La pena es que esto ha ocurrido en contadas ocasiones, y casi siempre ante la amenaza de un agente externo. Somos una gran Nación, fruto de nuestra diversidad climática, orográfica, cultural, económica, lingüística… una riqueza extraordinaria.
También hay traer a colación la frase del escritor español George Santayana, apropiada a estos momentos: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo».
Paz y Bien.
*Abogado
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