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Opinión | Caligrafía

Siempre el calor

Mi socia dice que el año no termina en Nochevieja sino el 31 de julio, con el fin del año judicial. Los clementes dioses del Derecho hicieron agosto inhábil salvo para la instrucción de las penales causas, por lo que es un año de 11 meses, que empezará en septiembre. Para mí el año empieza cuando se anuncian las primeras colecciones por fascículos, o sea ya. Córdoba es un sitio terrible para vivir en el que sucesivas generaciones y civilizaciones se quedan por lo hecho por la anterior, como fantasmas esclavos, y cuanto menos poblamos la ciudad más parece recuperar algunos encantos, lo que sirve igual para el ornato católico de la Mezquita que para aparcar en Colón. Está Córdoba como un salón recién ordenado, que parece más grande. Tampoco está haciendo tanto calor estos días, ¿no creen? Juan Valera, en un artículo de 1872 que da mordiscos de serpiente a manta a la provincia; dice que un cordobés se pone la capa para ir de visita así haya 30 grados en la calle. Gautier pone la Mezquita muy bien y la ciudad muy mal, y dice que entre el calor y la quema de rastrojos estaba como un escorpión rodeado de fuego. 37 grados en Écija le parecieron un cocedero. Borges, en su cuento de Averroes, hace que el filósofo agradezca el agua, aunque no puede resistirse a mencionar «el fondo de la siesta». Somerset Maugham apunta al calor ardiente de la ciudad, sin más datos, aunque leo que cada década ganamos un tercio de grado, así que en algún momento será imposible vivir aquí, aunque sigamos haciéndolo misteriosamente, empeñados en esta empresa de milenios de habitar el fuego, como los pueblos que no dejan la falda de su volcán.

*Académico

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