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Opinión | El cuerpo en guerra

Aniversario

«Yo creo en los aniversarios. Que un estado de ánimo puede repetirse aun cuando lo que lo ha causado es trivial o se ha olvidado. En este caso no es ninguno de los dos.», escribe Sarah Kane y recoge María Sotomayor, librera de La Romántica, en Los cauces, una maravilla preciosa y delicada que brota del horror contenido y el dolor de la pérdida. Su libro me ha acompañado en esta semana de «aniversario» que inauguró papá el martes con su llamada. «Hace un año te estaban dando el alta y yo estaba haciendo el mismo trabajo que he hecho hoy». Y una angustia amarga, negra, muy negra, se apodera de mi pecho.

Lo que papá quiere decir es que ya ha pasado un año de que sigo viva y que qué bien. Lo que yo siento es que estoy anclada en el mismo lugar que hace un año, que han pasado 365 días y sigo terriblemente perdida. Que me quedé en algún lugar del hospital y no he vuelto. Que por el camino he seguido perdiendo a seres muy preciados para mí. Que estoy más sola que entonces. Que qué inocente yo al salir del hospital, que me moría del cansancio y me dormía por las esquinas y estaba agradecida por estar viva y volver con Toffee. Poco a poco, la propia vida y mi no-muerte se me echaron encima y, ya antes de que empezaran el resto de pérdidas, me quería morir muy fuerte. Lo pensé tanto... Le di tantas vueltas a cómo morirme...

En realidad, lo único que ha pasado en todo este año es que no me he muerto y que vuelvo a leer con normalidad. El resto, puro caos, ansiedad desmedida y un sufrimiento muy hondo incrustado en los ojos que no me deja ver a mi alrededor. Por favor, si ni siquiera he sido capaz de abrir una de las más de diez cajas pendientes de la mudanza. Si no me he atrevido a colgar un maldito cuadro.

Lo único que he hecho es aguantar y no matarme. Eso. Y leer, leer compulsivamente. Y dormir, dormir desmedidamente.

La vida corre y mis pies están pegados delante del portal de una casa a la que no termino de entrar. La casa es la yo que existía y tenía una realidad que se ha esfumado por los aires. Los demás han seguido con su existencia. Yo no. La llamada de papá ha desencadenado el pánico. Intento levantar los pies pero no se mueven. Miro a mi alrededor: no distingo nada.

¿En qué me he convertido? O es que sólo soy un cuerpo inerte con dolor que llora sus pérdidas. «Mis muertes son todas las palabras que empiezan por blanco. Que me muero, que me da la luz, que mi sangre caliente rabia y me estoy poniendo de los nervios con tanta impasibilidad.», escribe María y yo subrayo y asiento. Es justo eso. Y quiero azuzarme fuerte, gritarme «¡Ana, ¿a qué esperas?! Nadie va a salvarte. Ponte las pilas.» Pero no oigo nada. He perdido también la voz.

*Escritora

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