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Opinión | NO NI NA

Rafael Ruiz

Rafael Ruiz

Periodista

La tasa vecinal

Igual han detectado en sus barrios -así ocurre en la Córdoba vetusta- que ya no se abren tiendas de comestibles (genéricas o especializadas), sino una cosa que se ha venido en llamar mini markets. Donde antes había carnes, vegetales o ese artículo aspiracional de lujo llamado pescado, ahora se montan negocios con lo mínimo: tres cositas de bollería, una estantería para picoteo, leche, café, pan regulinchi y adiós muy buenas. Es decir, lo justo para tener cuatro cosas en la alacena del piso turístico. Es el formato del desavío de toda la vida, bella palabra del dialecto andaluz, llevado a la transmutación de viviendas en habitaciones de hotel.

Ocurre, si se fijan, que los locales comerciales desaparecen paulatinamente convertidos en pisos para visitas. La banca cierra oficinas y cajeros. Ahora hay que echar la peonada para tener billetes en la cartera, porque siempre hay quien añora pagar con el taco, no vayamos a prestar un servicio que merezca la pena. Se están llevando los quioscos de prensa de toda la vida tras su cierre dejando más espacio para veladores. Y, a estas alturas, es fácil pelarse en una barbería, pero sumamente complicado comprar cualquier cosa útil para la vida sin tener que trasponer hasta un polígono. Hasta los narcos están pillando la tendencia y ya se han desarticulado redes de menudeo usando cajetines similares a los que se colocan para dejarles las llaves a los turistas. El día que los camellos vuelquen su ingenio en la Biotecnología, nos salimos del parchís.

Como el alcalde Bellido, uno está en contra de la tasa turística generalizada. Es obvio que debe ser un instrumento local, adaptado a las circunstancias. Y no me creo su carácter finalista. Es decir, que euro pagado se convierta en euro invertido para unos fines concretos. Estaría bien saber no cuánto se ingresa por la tasa turística donde se cobra, sino en qué revierte. Pero lo suyo, en algunos casos, podría ser empezar a cobrarle una tasa a los vecinos ya que, convengamos, se han convertido en el elemento minoritario o secundario en este asunto. Los prescindibles.

Igual así, pagando, se podría compensar este vaciamiento progresivo, eso que se llama terciarización, que es convertir los sitios donde se podía vivir en establecimientos de paso. Las ciudades hechas negocio mismo, mientras el Ayuntamiento -y aquí viene el chiste- ha montado un grupo de alto nivel para seguir en el consejo de administración de la Organización de Ciudades Patrimonio Mundial, a celebrar próximamente en Marrakech. Que, por lo visto, es objetivo estratégico de primer nivel, aunque en el mini market de mi barrio aún no sepan para qué. En concreto, seguir ahí, en el consejo, «permite participar de manera directa en la toma de decisiones y en el diseño del Nuevo Proyecto Urbano de la organización, que sitúa la habitabilidad y el bienestar de los residentes en el centro de las políticas patrimoniales». Hombre, visto así.

*Periodista

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