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Opinión | A pie de tierra

Eclipse colectivo

Agosto suele ser -informativa, política y socialmente- un mes en blanco, habitado por hallazgos arqueológicos únicos, serpientes de verano, desplazamientos en masa y mucha playa. Este año, en cambio, empezó con España abrasándose viva por el calor sofocante y unos incendios pavorosos que pusieron en evidencia una vez más nuestra falta de previsión y de medios; continuó con uno de los mayores ejemplos de estulticia colectiva que haya conocido nuestra historia reciente en torno al eclipse del pasado día 12, utilizado por unos y otros como cortina de humo frente a la que no funcionaban ni siquiera las gafas homologadas, y quedará marcado por la invasión de Ceuta, que un mes después sigue convertida en preocupación de alcance nacional, por más que muchos se empeñen en encapsularla como algo ajeno, como si las dos ciudades autónomas del norte de África no fueran parte clave y definitoria de España.

A lo largo de este tiempo hemos oído y leído opiniones para todos los gustos, empeñados algunos en quitarle hierro al asunto, por cuanto existe un brazo de mar entre ellos y nosotros, y limitarlo de paso a un problema de carácter humanitario, que sin duda lo es. Sin embargo, lo ocurrido en Ceuta va mucho más allá: se trata de una crisis geoestratégica, territorial, política e incluso sanitaria de enorme calado, que nos ha colocado frente al espejo de nuestras propias limitaciones y ha venido a demostrar que también en esto somos un Estado fallido. Cuando un país no sabe -o no quiere- enfrentar un desplazamiento poblacional de tales características, que en pocos años aparecerá en los manuales de geoestrategia como una de las armas más eficaces de la nueva guerra híbrida -de ésa que te planta de forma pacífica en una ciudad fronteriza cien mil personas de golpe, contra las que no cabe hacer nada desde el punto de vista militar pero acaban expulsando a los propios residentes-, es un país que hace aguas.

En estos días, recuperada cierta iniciativa por quienes, ausentes, se han dado un verano de lujo asiático a costa del bolsillo de los españoles (¿cuánto tardaremos en abolir este tipo de prebendas, que tanto dinero cuestan a nuestras arcas y son tan injustas desde la más estricta óptica de la justicia social?) asistimos a todo tipo de marrullerías, argumentaciones y contra argumentaciones que, en el fondo, pretenden sólo echar balones fuera, confundir a la ciudadanía y crear un relato con el que justificar lo injustificable; pero a día de hoy Ceuta sigue siendo una bomba de relojería, que podría contagiar a Melilla y que estamos demostrando ser incapaces de desactivar.

Y, mientras, ¿qué hace la sociedad española? Supongo que bastante ha tenido con cuadrar números para poder escapar una o dos semanas de vacaciones, enfrentar con cierta solvencia la famosa cuesta de septiembre y ahorrar algo para pagar la vivienda, de alquiler o en propiedad; pero lo cierto es que sólo si los españoles toman cartas en el asunto será posible poner fin a este proceso de descomposición latente que, cuando queramos contar con la perspectiva necesaria para percibirlo, nos habrá carcomido las entrañas. Créanme, no importa el color político de quienes nos gobiernen, sino su eficiencia, su integridad moral, su vocación de servicio público, su madurez, su entrega al cargo y su honradez en el desempeño de las responsabilidades delegadas.

¿Contamos en España con alguien que encarne tales virtudes? Si lo hay, por favor, que dé un paso adelante. Todo, antes que seguir sumidos en este ejercicio inmoral de ‘resiliencia’. Acabará por pudrirnos...

*Catedrático de la UCO

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