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Opinión | Paso a paso

Astilla eterna

Una alianza pesa apenas unos gramos hasta el día en que falta la mano que la llevaba; entonces pesa una vida entera. Una fotografía es papel para quien no reconoce a sus muertos; un juguete roto, basura para quien no recuerda las manos que lo sostuvieron. La materia, tan despreciada por quienes confunden la espiritualidad con el vapor, posee una humilde obstinación: guarda lo que el tiempo intenta llevarse. Por eso conservamos cartas, mechones y prendas. La memoria, cuando teme perderse, se vuelve táctil y doméstica. El amor aspira a la eternidad, pero necesita un cajón.

Córdoba guarda uno de esos objetos obstinados. En el Palacio de la Merced, un relicario de plata protege sobre fondo rojo un fragmento de madera atribuido por la tradición cristiana al madero en que murió Jesús. El Lignum Crucis procede del antiguo convento de la Merced. Preguntar por su autenticidad no es una irreverencia, sino una obligación de la inteligencia. La fe no necesita amordazar las preguntas; solo la credulidad les teme. Pero antes de cualquier certificado, aquella madera suscita otra cuestión: cómo puede una astilla sostener tantos siglos de esperanza.

El cristianismo no nació de una filosofía para almas que aspirasen a desertar del cuerpo, sino del escándalo de un Dios con piel. Tertuliano lo condensó en una sentencia que parece girar sobre sí misma: «Caro salutis est cardo»: la carne es el quicio de la salvación. La Palabra no se hizo concepto: se hizo carne; aceptó hambre, cansancio, sed y herida. Por eso la fe moja la frente, unge la piel, pone pan en la boca y vino en los labios. No adora la materia: recuerda que Dios la escogió. También quien ama besa un rostro, no la idea del amor.

Nos consideramos demasiado modernos para las reliquias, aunque llenamos vitrinas con la guitarra de un cantante, la camiseta de un futbolista o las gafas de un escritor. Pagamos por acercarnos y regresamos con la emoción de haber rozado una vida ajena. No hemos dejado de ser religiosos: apenas hemos cambiado de santos y puesto precio a los relicarios. El peregrino antiguo sabía que se inclinaba; nosotros llamamos patrimonio, coleccionismo o experiencia a nuestras genuflexiones. Cada época elige la materia ante la que dobla la rodilla.

La investigación podrá aclarar el origen de esa madera, y la fe deberá aceptar sus conclusiones: la verdad nunca perjudica a la fe, sino a la mentira que pretendía servirse de ella. Entretanto, la astilla permanece en su cavidad roja sin exigir que renunciemos a la razón. No demuestra a Dios. Recuerda que el infinito aceptó tener peso, piel y herida. Un niño en un pesebre. Pan entre las manos. Sangre sobre la madera. La astilla apenas pesa. Pero el verdadero escándalo no es que una madera pueda ser sagrada, sino que Dios aceptara un cuerpo que pudiera ser clavado a ella.

*Mediador y escritor

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