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Opinión | Cosas

Mares

Óscar Puente ha insinuado postularse para liderar el postsanchismo. Para exorcizar esta pesadilla, no viene mal idealizar la gran canica azul en la que habitamos; la catarsis de lo grande para minimizar nuestras ambiciosas miserias. Del colegio aprehendimos aquel apabullante quebrado, las siete décimas partes con las que el agua recubre nuestro planeta. No vienen tiempos en los que esta proporción tenga tendencia a achicarse, pues el cambio climático hará que los océanos tomen posesión de nuevos dominios. Tuvalu, Kiribati o gran parte de las Maldivas son recuerdos vivientes de una tierra firme que se perpetuará en el mito como la Atlántida.

Mas, al contrario de lo que pudiera preconcebirse, el mar no separa civilizaciones, sino que es un flujo de contacto. Puesto que el verano invita a la lectura, aún estamos a tiempo de hacer dos recomendaciones: Un mar sin límites, de David Abulafia, es un gozoso recorrido de la historia de la humanidad a través de la audacia y el comercio de los navegantes. El primer capítulo comienza por el gran bagaje de los pueblos de la Polinesia, triangulando la inmensidad del Pacífico con aquellas canoas que se amistaban con las estrellas y desafiaban tifones. El último capítulo lo dedica a esos mastodontes marítimos que serpentean las grandes rutas comerciales con sus contenedores. Los grandes cuellos de botella de Ormuz, el mar Rojo, el canal de Panamá, o incluso nuestro estrecho de Gibraltar son una clara evidencia de que la talasocracia sigue viva. Recientemente, se ha puesto de manifiesto la clarividencia china, confirmando una apertura regular de la ruta del Ártico, con el permiso y las tasas de los rusos, pero acortando en 20 días el recorrido tradicional por el canal de Suez. El paso del Ártico se va haciendo menos indómito al fundirse las banquisas, pero conviene recordar la heroicidad de tantos exploradores que entregaron su vida en ese laberinto de hielo.

La segunda lectura recomendada espolea el orgullo patrio sin concesiones a los pecholatas. Se trata de Hundidos, de Carlos León Amores, una magnífica reconstrucción de nuestra vivencia común con América a través de la selección de dieciséis naufragios entre los aproximadamente mil pecios que dejó esta singladura de cuatro siglos. Todo comienza con la Santa María, reconvertida en el fuerte Navidad. Se quiebra el mito de la acción avasalladora de la piratería, pues como le ocurrió a la Armada Invencible -con permiso de otras negligencias- fue la fuerza de los elementos la que se tragó tantas naves, como el huracán de Pensacola de 1559, que hundió siete barcos. Hay historias increíbles, como las vicisitudes y reconversiones del galeón Nuestra Señora del Juncal, hundido en 1631. Y héroes juveniles que descascarillan su prestigio, como Jacques Costeau, que para una toma de sus documentales no duda en dinamitar los restos de un pecio, amén de pasarse por el forro toda conciencia ecológica dejando que se hundieran en esa zona de arqueología submarina los restos de intendencia de la filmación. Está también el mítico recorrido del San Telmo, con su desaparición en las latitudes antárticas y su indemostrada acreditación de ser los primeros en pisar esa tierra austral. El San Telmo se transformó en una leyenda para los lobos de mar, recogida por Pío Baroja en un relato. Y todo finaliza en la bahía de Santiago de Cuba, aquel pimpampum suicida que inmoló los restos de un Imperio y no la honra, una nostálgica argucia que no alivia la incompetencia. Se traza un triste círculo perfecto, pues, como dice León Amores, en el Caribe se inició la aventura americana, y también en el Caribe terminó.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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