Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Calma aparente

Piedra fría

La belleza de Biarritz no necesita explicaciones. Fue allí donde Napoleón III mandó construir la residencia de verano de la emperatriz Eugenia, un palacio que hoy, ciento ochenta años después, es un hotel de lujo. El edificio combina el rojo teja con el amarillo tostado de las molduras, y las fachadas están coronadas con el gris pizarra de los tejados; su estilo Segundo Imperio evoca un pasado aristocrático que atrae irremediablemente, por eso, tan pronto como llegamos, caminamos hasta su terraza sin dudarlo: no hay nada tan cautivador como el brillo dorado de la nostalgia. La postal es intachable: a un lado de la playa, Villa Belza, un palacete, construido sobre rocas, cuyo torreón puntiagudo le da un aire gótico al lugar y recuerda su pasado ballenero; al otro lado, el lujo resplandeciente de la ciudad balneario. Además, al esplendor del Hôtel du Palais se le suma el faro, lo que remata una estampa tan perfecta que a uno le entra la risa. Sorbito a sorbito, me pregunté si acaso por mis venas corría algo de sangre azul.

Aun así, no hay que olvidar la playa y la multitud, lo que siempre lleva aparejados deslices estéticos: las chanclas y el bañador son enemigos del sueño europeísta. Como es lógico, no niego las virtudes de Biarritz, donde además celebramos el primer aperitivo de ostras y vino blanco, pero debo reconocer que, de los días por el sur de Francia, la gran sorpresa para mí fue Bayona, una ciudad de interior partida por un río. Las fachadas encaladas, con contraventanas de madera y vigas vistas, flanquean las calles. El claustro de la catedral garantiza un paseo apaciguador. En el museo Bonnat, donde Carmen se durmió una siesta de babilla, hasta los ascensores tuvieron la deferencia de ser silenciosos y delicados. Intuí una mirada cómplice en el autorretrato de Goya. Aunque fuera una obviedad, volví a elegir las canciones de Édith Piaf. Cuando las cosas van bien, la lluvia no molesta, solo es otra excusa para seguir jugando. Supongo que el cuerpo me pedía sombra y piedra fría.

Vuelvo a terminar el verano junto al Atlántico. Este año, en cambio, no nos sobra espacio en el maletero, aunque seguimos apurando tanto los días que parece tarde cuando todavía es temprano. La capacidad erosiva del tiempo se ha incrementado los últimos meses, por eso las fotografías felices entristecen. Ya nada me libra del calambrazo súbito del recuerdo. En cualquier caso, también nos sigue sobreviniendo, puntualmente, la certeza de nuestra dicha, y la emoción nos conduce a conversaciones torpes, metafísicas y cursis.

*Escritor

Tracking Pixel Contents