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Opinión | Escenario

Domingueros y escopeteros

Hace años, antes de que todos -en otro tiempo, solo los ricos- tuviéramos la vida intervenida por la moda y las tendencias (primavera-verano, otoño-invierno, navidad-año nuevo, colecciones crucero y cuantas pasarelas se nos ocurran) y que repetir traje o vestido casi se considera un crimen, antes -repito- existía el traje dominguero, el que se reservaba para los domingos y días de fiesta. También llamamos domingueros a los conductores de automóvil torpes, lentos o inexpertos, que enseguida se descubren por lo inseguros que se muestran en situaciones de tráfico que requieren cierta pericia, sirvan de ejemplo las rotondas. Y domingueros son los que solo salen a divertirse los sábados y los domingos, que somos la mayoría.

Haciendo honor a esta acepción y a la anterior, los días festivos la playa se llena de domingueros. El traje dominguero que se emplea para esta actividad es tirando a zarrapastroso: bermudas y camisetas descoloridas y, a veces, rotas; y vestidos que en Córdoba no nos los pondríamos ni para fregar.

Los domingueros llenan la playa de bullicio y alegría a la vez que descargan la impedimenta y dedican un buen rato a asegurar las instalaciones: sombrillas, toldos y pérgolas para proteger del sol a las personas y a las comidas, que son casi lo más importante de la jornada, así que no faltan las neveras portátiles y las bolsas especiales para congelados. Y enseguida aparecen las inevitables palas. Los dueños de los chiringuitos, a los que me gustaría llamar chiringuiteros, aunque esta palabra no venga en el diccionario, llaman -por la forma de colgársela al hombro- escopeteros a los que llegan con sombrilla. Una forma despectiva de mostrar su disconformidad por el uso de estos parasoles, en vez de alquilar los que ellos ofrecen por el módico precio de entre 12 y 16€ -una sombrilla y dos tumbonas- según estén en primera línea o más atrás. Ni que decir tiene que los títulos de domingueros y escopeteros suelen coincidir en las mismas personas.

En cualquier caso, ya le hemos dado la vuelta al jamón de las vacaciones y estamos en la fase de apurarlo sacando los taquitos que, por cierto, a algunos es lo que más nos gusta. Y nos va invadiendo una especie de nostálgica inquietud, por la que sentimos que nuestro cuerpo sigue aquí, pero el pensamiento ya está en Córdoba. Los chiringuiteros se preparan para recibir ilusionados a lo que ellos llaman «turismo de calidad», es decir, los que vienen sin niños, alquilan tumbonas y parasoles o camas libanesas y comen en el chiringuito. Y los fuengiroleños, en general, por fin tendrán todos los aparcamientos para ellos.

*Académica

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