Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Para ti, para mí

«¿Quién soy yo para ti?»

Así, con esta pregunta, el papa León XIV comenta el evangelio que se proclama hoy en las eucaristías dominicales, haciendo alusión a las dos preguntas que Jesús de Nazaret lanzó a sus discípulos, al llegar a la región de Cesarea de Filipo: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», y «vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Una respuesta es la de los hombres y mujeres de este siglo, con la que podemos estar o no de acuerdo; otra, la de la «gente de Dios»; y una tercera es la que surge en el corazón de cada uno de nosotros. Lo incuestionable es que Jesús nos interpela sobre nuestra relación con su persona. Nos queda, como referencia a tener en cuenta, la respuesta de Pedro, acorde con esa vehemencia que muestra a lo largo del Evangelio, pero que nos indica de dónde ha de brotar también la nuestra: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Parece que la respuesta satisface a Jesús, que siente una gran alegría en su corazón, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios ha dado a Simón una fe «fiable», sobre la cual, Él, Jesús, podrá construir su Iglesia, es decir, su comunidad con todos nosotros. El Señor tiene en la mente la imagen de construir la comunidad como un edificio. Por eso, cuando escucha la sencilla profesión de fe de Simón, lo llama «roca» y expresa la intención de construir su Iglesia sobre esta fe. El Evangelio de hoy se dirige a todos y a cada uno de nosotros, especialmente a los creyentes cristianos: «¿Cómo va nuestra fe? ¿En qué estado encuentra el Señor nuestros corazones? ¿Son corazones firmes como una roca o arenosos, es decir, dudosos, desconfiados e incrédulos? Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe sincera y genuina, también verá en nosotros piedras vivas con las que construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Quizá lo más importante de este pasaje evangélico sea esa «tercera pregunta» que no aparece en el texto pero que Jesús dirige a sus discípulos, es decir, a todos nosotros, directamente: «¿Quién soy yo para ti?». Nuestra respuesta condicionará, sin duda, nuestra forma de vivir.

Es probable que este pasaje evangélico y estas líneas no cuadren bien con el ambiente vacacional ni con el momento que vivimos, sobre todo, después de leer despacio a los comentaristas políticos más de fiar, cuando señalan que no sabemos nada acerca del mañana. «Ni siquiera sabemos lo que no sabemos y menos lo que no sabemos que no sabemos». Pero la realidad que tocamos nos dice que tenemos una crisis de humanidad y de valores, un grave problema educativo. La sociedad no necesita una nueva reforma educativa, sino algo que va mucho más lejos que eso. Necesita una total transformación, una «revolución» enfocada en crear personas con calidad humana, en aumentar la creatividad, el potencial, la confianza, el autocontrol, la compasión, el trabajo en equipo, es decir, los valores que engrandecen al ser humano, en vez del sistema actual ya obsoleto. La velocidad de los cambios en la sociedad tras las últimas décadas ha sido más vertiginosa que nunca antes, nuestra capacidad de adaptación a esos cambios es más lenta de lo deseado, excepto para las nuevas generaciones, que demuestran una gran habilidad para adaptarse a esa evolución. Esta es una de las consecuencias de esos cambios en la brecha creada en tan poco tiempo entre generaciones por el rápido avance de la tecnología. No obstante, y a pesar de esos constantes y acelerados cambios, hemos mantenido antiguos sistemas de educación que no preparan a las personas para afrontar los retos del futuro, especialmente en el área del desarrollo personal. Como bien nos señalara el recordado papa Francisco: «No estamos tan sólo en una época de cambios, estamos en un cambio de época». Sólo una Persona y un mensaje taladran los siglos y la historia, Jesús de Nazaret, preguntándonos hoy si «sabemos quién es» y «qué pensamos de Él». Hay un texto de Yves Congar, teólogo dominico, que enlaza perfectamente con el evangelio de hoy: «Cada día Cristo me llama, cada día me impide detenerme: su palabra y su ejemplo me arrancan de la tendencia instintiva que me retendría apegado a mí mismo, a mis costumbres, a mi egoísmo. Yo le pido que tenga conmigo la misericordia de no dejarme en mí mismo, sentado en mi tranquilidad».

Tracking Pixel Contents