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Opinión | Tormenta de verano

Mapamundi del ocio

Con la llegada del verano al hemisferio norte se produce la gran migración anual del mundo occidental y millones de ciudadanos cierran las puertas de sus trabajos con un único objetivo: desconectar. Sin embargo, el concepto de vacaciones ha sufrido una mutación radical y el turismo de masas con pulsera «todo incluido» pierde terreno. Las vacaciones de verano ya no se miden solo por el descanso físico, sino por su capacidad para actuar como un bálsamo identitario. Buscamos el reverso exacto de nuestra rutina. Para unos, significa la quietud absoluta; para muchos, implica someter al cuerpo y a la mente a situaciones de estrés controlado.

De un lado, existe el turismo de bienestar y salud. Frente a las masificaciones, una corriente creciente busca el silencio. Son las vacaciones de retiros de yoga, meditación, desintoxicación digital y tratamientos de salud en entornos rurales o de montaña. El perfil del viajero es el de un profesional urbano con un alto desgaste cognitivo que no busca ver monumentos, sino apagar el ruido mental.

El turismo cultural y urbano sigue ocupando también su espacio. Los viajeros optan por estancias más largas en una sola ciudad, alquilando apartamentos en barrios residenciales con el objetivo de mimetizarse con el entorno, priorizando los mercados, los pequeños cafés y la cultura de barrio. La concienciación climática ha consolidado un ecoturismo, de otro lado, que busca el contacto íntimo con la naturaleza sin dejar huella de carbono: arrecifes o parques nacionales registran ahora sus picos de visitas. Son vacaciones basadas en el senderismo, el avistamiento de fauna y el alojamiento en cabañas, donde el valor reside en la pureza del paisaje y la sostenibilidad de la experiencia.

Y gana terreno el turismo de experiencias límite o adrenalina. Ya no basta con visitar un lugar; hay que sobrevivir a él, dominarlo o experimentar una catarsis a través del riesgo. Actividades que antes estaban reservadas a exploradores profesionales o deportistas de élite se comercializan hoy en paquetes vacacionales. Desde expediciones de supervivencia en el Amazonas o travesías a pie por el desierto del Sáhara, hasta el alpinismo comercial en picos de gran altitud o el buceo extremo. La pregunta que se hacen los sociólogos es evidente: ¿por qué un ciudadano que pasa el año detrás de un escritorio decide invertir sus semanas de descanso en rozar el peligro? El peligro controlado o su percepción, genera una descarga masiva de dopamina y endorfinas que rompe de golpe la anestesia emocional de la rutina. Si bien, el auge de estas vacaciones extremas no está exento de contraindicaciones, como la seguridad de los turistas, la masificación de entornos naturales frágiles y la mercantilización del riesgo.

Al final las vacaciones se han convertido en un espejo de nuestras propias carencias. Ya sea buscando la paz absoluta de un monasterio o la taquicardia de un salto base, el turista actual utiliza el verano no solo para alejarse del trabajo, sino para buscar la versión de sí mismo que la rutina le prohíbe ser durante el resto del año.

*Abogado y profesor de Ética

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