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Opinión

Francisco Jiménez Romero: un cordobés de pro

Francisco Jiménez, fundador de Grupo Puma.

Francisco Jiménez, fundador de Grupo Puma. / Manuel Murillo

Hay personas que al irse se llevan consigo un trozo de la ciudad donde vivieron. Paco Jiménez era una de ellas. Córdoba amaneció ayer un poco más callada, como si sus piedras supieran que ya no volverá a cruzar por delante de ellas aquel hombre sonriente, de paso firme, que las quería tanto.

No sé escribir esto sin que me tiemble el pulso. Conocí a Paco, más intensamente, cuando su grupo empresarial entró en el capital de Bodegas Campos. Me sorprendió que el mundo le pareciera un lugar donde todo estaba por hacer y él, desde luego, se había tomado esta máxima al pie de la letra. En 1982, con la audacia del que no sabe que algo es imposible, juntó voluntades y puso en marcha lo que, con el tiempo, se convertiría en el mayor fabricante de morteros de España. Grupo Puma nació en Córdoba porque Paco no concebía que naciera en otro sitio. Y creció hasta alcanzar medio centenar de países, cuatro continentes, treinta y siete fábricas y almacenes desperdigados por el mapa, ya que su fundador tenía esa rara virtud de los grandes: soñar en grande sin despegar los pies del suelo.

Pero no es del empresario de quien quiero hablar hoy, aunque, como tal, fuera formidable. Quiero hablar del hombre que, con una agenda que habría tumbado a cualquiera, siempre encontraba un hueco para el que llamaba a su puerta. No importaba quien fueras. Si necesitabas a Paco, Paco estaba. Así de sencillo. Así de extraordinario.

Quiero hablar de alguien que trataba a cada uno de sus empleados como si la empresa entera dependiera de esa persona. Y en cierto modo lo creía, porque entendía que una compañía no son sus balances ni sus fábricas, sino las manos y las cabezas que la levantan cada mañana. Por eso impulsó el Plan Familia, por eso creó la Fundación Grupo Puma, por eso su gente hablaba de él con un respeto que no se compra con ningún sueldo. Cuidaba a los suyos. Todos eran los suyos.

Quiero hablar, también, de su amor terco por Córdoba. Le ofrecieron trasladar la sede cien veces. Le tentaron con capitales más grandes, más conectadas, más visibles. Él sonreía y decía que no. Mientras sus productos viajaban, como ejemplo, hasta la India, Emiratos, Colombia y un largo etcétera, le encantaba pasear por nuestras calles como quien lo hace por el patio de su casa. Porque Córdoba era exactamente eso para él: su casa.

Paco escuchaba. En un mundo lleno de gente que habla sin parar, escuchaba primero y opinaba después. Y cuando opinaba, acertaba con esa puntería limpia que solo tienen las personas que piensan antes de abrir la boca. Sus amigos —y los tenía a montones, porque la gente buena atrae a la gente buena— sabían que una conversación con Paco valía más que diez reuniones con cualquier otro.

Y por encima de todo, amaba a su familia. Con la misma intensidad callada con la que amaba a su tierra. Sin aspavientos, sin discursos, con hechos. Cada decisión que tomó en su vida tuvo como brújula a los suyos. Cada ladrillo que puso, cada mercado que abrió, cada noche en vela repasando números y con la presencia de su mujer Menchu, llevaban grabados, en algún lugar invisible, el nombre de su familia. Sin duda, sus hijos Carmen y Curro, así como sus nietos, seguirán su legado.

Se ha ido un hombre bueno. Un hombre que demostró que se puede construir un imperio industrial sin perder la decencia, llegar al otro lado del mundo sin olvidar tu barrio y liderar a miles de personas sin levantar jamás la voz, como pudo comprobar el personal de Bodegas Campos en sus múltiples visitas a sus instalaciones. Córdoba le debe mucho. Los que lo quisimos, más todavía.

Hasta siempre, Paco. De un cordobés a otro: gracias por todo.

*Presidente de la Fundación Bodegas Campos

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